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El drama de la soledad y la decadencia: un film para psicoanalistas

Por Enrique Fernández Lópiz

A veces, cuando se echa la mirada atrás, hay cosas que uno no entiende bien. Para mí, una de ellas, relacionada con el cine, claro, es el furor que cundió entre la ciudadanía española de clase media y no tanto, allá en los años del 72 al 77 más o menos, por viajar a Perpignan u otras localidades francesas o de fuera de España, para ver El último tango en París. Esta película estaba evidentemente prohibida en la época de Franco, y aquella gente, hombres y mujeres (más ellos que ellas), viajaban con la clara intención de ver una película erótica y más: de alto voltaje sexual (según pude oír en diversas ocasiones de labios de algunos que fueron a verla allende nuestras fronteras). La película se estrenó en España ya en plena transición a la democracia, en 1978. Cuando yo vi la tal película me quedé perplejo, y eso que era muy joven, pero me quedó un regusto de amargura y un sabor a dramatismo, razón por la que nunca pude entender el interés erótico o sexual del film.

Pues bien, no hace mucho volví a visionar esta película, treinta y seis años después de su estreno en España. Y entonces, más que nunca, me pareció surrealista ese valor que muchos españolitos de a pie le concedieron a esta cinta como “icono sexual” de la cinematografía. Y es que este film, para quien tenga algo de cabeza y una pizca de corazón, es lo menos erótico que se puede ver. Es más bien una obra decadente que narra la soledad de un hombre maduro (Marlon Brando) que conduce a una joven cuasi adolescente (María Schneider), a una historia de sexo sin nombres, de encuentros anónimos en los que ninguno sabe nada del otro y para los que las relaciones sexuales son un camino a ninguna parte.

La película viene a ser así: una mañana de invierno, mañana gélida, un hombre maduro y una muchacha se encuentran casualmente mientras visitan un piso de alquiler en París.  Un piso sin apenas muebles, sucio, con ratas, un hombre de vida turbia recién enviudado (su mujer se ha suicidado) y una muchacha cuyo novio sólo parece reconocerla cuando la filma con una cámara casera en todo momento. La pasión se apodera de ellos y hacen el amor violentamente en ese espacio vacío e inhóspito. Cuando abandonan el edificio se ponen de acuerdo para volver a encontrarse allí, e inician una serie de encuentros en los que llama la atención el empeño del protagonista en obligar a la joven a mantener a ultranza el anonimato, no preguntarse ni siquiera los nombres, para ceñirse al puro sexo oculto. Y, curiosamente, es la historia del cazador cazado. Brando, el hombre solitario y clandestino, al final de la cinta se enamora realmente de la joven María Schneider, quien huye de él tras la patética escena del último tango en una sala de baile de Paris. La historia acaba, obviamente, en tragedia, en un final crudo e inquietante magistralmente rodado.

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En 1973, en el curriculum de este film tenemos: 2 Nominaciones al Oscar: Mejor director, actor (Marlon Brando); 2 Nominaciones Globos de Oro: Mejor película – Drama y director; Círculo de críticos de Nueva York: Mejor actor (Brando).

Es decir, tiene su peso esta película y no seré yo quien diga que es mala, pero sí digo que es una película demoledora, una obra angustiante y un cántico a la soledad extrema y al autoengaño al que a veces nos vemos impelidos los humanos por razones intrincadas y la mayoría de las veces mal conocidas. En este film, como en su momento dijo el gran crítico Martín Santos: “Es Brando, y sólo él, quien llena la bandeja que le puso Bertolucci en este poema de un náufrago en el asfalto parisiense, que era la sombra de una miseria colectiva”. Qué bien dicho, un náufrago en una miseria colectiva, o sea, en una sociedad enferma, enferma de una enfermedad moral, “arrebatado y ya clásico retrato de la moral claudicante“, que dijo Luís Martínez.

La dirección de Bernardo Bertolucci es óptima, así como el guión del propio Bertolucci y Franco Arcalli que no dan tregua a la tragedia y la decadencia.

En cierta ocasión, alguien me decía que esa manera de relación sería para él la idónea, es decir, el mero disfrute sexual secreto y sin compromiso, y me dio todo un discurso muy racionalizado y tan hilvanado y sistematizado, como el delirio de un enfermo mental, poniendo como ejemplo al personaje que interpretara Brando, como individuo que gozaba del sexo sin preámbulos, condiciones ni compromisos. Su perorata duró un largo rato. Y sólo me bastó una pregunta para callar tamaño despropósito del tal “proyecto vital-sexual”. Le pregunté ¿tú recuerdas el final de la película? Y no supo bien qué decir.

Hace años leí de la mano del gran escritor Curzio Malaparte (1898-1957), que la decadencia occidental es en gran medida obra de los intelectuales: escritores, pintores, pensadores e incluso cineastas. Y es que esta película tiene un fondo muy perverso, no recomendable para menores de setenta años. Es una obra que encierra una profunda tristeza, una insondable incomunicación, una humanidad yerma y arruinada, una indescriptible decadencia, pero con una dosis escondida de erotismo brutal, que a alguien puede llamarle a atención como suprema manera de ejercer el sexo, como vengo diciendo. Y aunque no dudo que Brando hace una gran interpretación, que Bertolucci dirige genialmente a Brando (¿o es al revés?; pues es sabido que Bertolucci no quería problemas con el divo y le dejó a su aire, lo que fue un gran acierto en el plano interpretativo); que la Schneider (que luego caería en desgracia) cumple con modestia de aprendiz en su papel de partenaire, que la fotografía amarillenta es muy adecuada a la historia, que el montaje es brillante o que el guión es de todo punto inquietante y dramático; a pesar de todo eso digo, esta es una de esas películas que yo no recomendaría salvo para un Congreso de psiquiatría o psicoanálisis.

No es, pues, una película para estómagos sensibles, y si bien el film tiene en el plano técnico, dramático y artístico un nivel excelente, cuenta una historia que yo considero terrible, sibilina y de una tristeza infinita. De manera que ahí donde algunos ven la famosa escena de la mantequilla y a la pobre Schneider desnuda con Brando a horcajadas, yo veo una profunda enfermedad moral (tal fue el título de un libro de cuentos de nuestra escritora Soledad Puértolas, de 1982, en la que la moral de sus personajes sufre un llamativo vacío); y veo igualmente un síntoma revelador de lo que fueron las postrimerías del siglo XX y que en el actual no parecen haberse corregido, más bien al contrario: época de decadencia, corrupción, violencia, dispendio, laxitud en muchos ámbitos, actitudes casquivanas, y en lo que nos toca en relación a esta película: atletismo sexual y sin sentido en el cine por doquier; y más etcéteras. Sólo hay que leer la prensa para recocer esta realidad debilitada y perversa. Y eso se contagia, por desgracia. La película, así, debe ser entendida desde mi modo de ver como un aviso para navegantes. Amigos: ¡hay que enderezar el rumbo!

Parafraseando a Soledad Puértolas en relación a su obra antes mencionada, “Una enfermedad moral”, solamente el engranaje de la ficción nos permite imaginar qué pasaría si cruzamos la puerta de una realidad inaccesible. Y yo diría de una realidad prohibida, al modo en que el hombre transgredió los fundamentos con su engreimiento, su afán insano y sus pasiones desatadas, al modo en que lo cuentan los textos de siempre o la mitología, y que constituyen el fundamento de nuestra especie, hechos como comer del árbol de la ciencia del bien y del mal, cometer incesto como en Edipo, el fratricidio al modo de Caín, o la soberbia de construir la Torre de Babel. Y es que hay asuntos con los que no se juega.

Como en su momento indicaron eminentes psicoanalistas como Erik Erikson o Heinz Kohut, existe en todos nosotros una posibilidad de tener un “sentido transpersonal del Yo” (“narcisismo cósmico” que dijo Kohut) que se adquiere con los años y la experiencia, y que trasciende una “identidad existencial y humana”, como la que las religiones e ideologías del mundo han intentado crear. Y no podemos darle la espalda a esta posibilidad. Y esta película implica una advertencia contra todo lo contrario, algo que puede ocurrir: la soledad, la futilidad o la inconsistencia.

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Comentarios

  1. Beatriz Scorcelli

    El último tango en París, según el comentarista Enrique Fernández Lópiz, pinta el drama de la soledad y la decadencia: un film para psicoanalistas, agrega. Debo acotar como psicoanalista un trabajo de S. Freud, de 1910, llamado “Sobre un tipo especial de elección de objeto en el hombre”, donde el autor hace referencia a los mecanismos inconscientes que llevan “al amor a la prostituta” Según Freud, una mujer es para algunos hombres una madre o una prostituta, en este último caso no satisfacerá el amor, sino sólo su goce sexual. Esto sucede en aquellos que no han podido fundir la corriente tierna (amor) con la corriente sensual, ambas presentes en su devenir libidinal. En estos casos buscan mujeres a las que no necesitan amar, para poder mantener alejada la sensualidad de los objetos amados,o sea, primeros objetos interdictos por la cultura derivados de la vida infantil cuyo correlato deriva en la escisión entre la madre y la prostituta.
    Para que la sexualidad pueda exteriorizarse libremente necesitan degradar al objeto. El placer se obtiene con un objeto (mujer) degradado e inestimado. “Se produce una disyunción entre enamoramiento y deseo, si se ama no se desea y si se desea, no se ama. Esta es la razón estructural por la que muy pocos varones pueden estar con una mujer “de puta madre” , como el bien decir español lo indica. Es decir, que puedan estar a la altura de “bancarse una mujer deseante”.O sea, soportar el deseo de una mujer que evoca lo enigmático del deseo del Otro sexo.” según García Dupont.
    Y en la erótica femenina, se encuentra el requisito de la prohibición para acceder a ser partenaire de estos hombres. El apartamiento de la sexualidad y el confinamiento de la sensualidad en la fantasía se atribuye al hecho de no poder disociar la sexualidad de la prohibición en estas mujeres.Aquí surge la necesidad de la clandestinidad aún en relaciones lícitas o la infidelidad como camino al placer sexual.
    Estos son los mecanismos inconcientes que operan en los protagonistas de este film, para poder ser tales y generar “una historia de sexo sin nombres, de encuentros anónimos en los que ninguno sabe nada del otro y para los que las relaciones sexuales son un camino a ninguna parte” según Fernández Lópiz. Se debería acotar en lugar de “camino a ninguna parte”, camino al goce despojado de la vertiente tierna y escindido del amor. Camino que puede derivar aún en relaciones más perversas.

    • Enrique Fdz. Lópiz

      Estimada Beatriz, creo que tu comentario archicomplementa con sabiduría y conocimiento del tema psicoanalítico, como corresponde a una especialista como tú, mis comentarios sobre “El último tango en París”. Te agradezco tu importante aportación y estoy seguro que otros lectores/as te estarán igualmente agradecidos. Un abrazo. Enrique

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