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El dilema (Quiz Show)

Por Enrique Fernández Lópiz

El dilema es una excelente película basada en hechos reales. Los acontecimientos se remontan a los años 1956 y 1959 cuando un profesor de inglés de la Universidad de Columbia, Charles Van Doren (Ralph Fiennes), a la sazón miembro de una acreditada familia de intelectuales, sobre todo su padre (Paul Scofield), pero también su madre escritora (Elizabeth Wilson), por razones poco ortodoxas se convirtió de la noche a la mañana en un personaje público de primer orden en los EE.UU., famoso y requerido por la prensa, por el hecho de participar y ganar ininterrumpidamente en un concurso de TV llamado Twenty One. Durante años y programa tras programa, el atractivo profesor contestaba casi sin titubear a las más insólitas preguntas que versaban sobre todo tipo de cuestiones: preguntas sobre Historia, deporte, ciencia, etc. Y justo cuando estaba en el cenit de su popularidad, otro concursante previo a él (John Turturro), que había sido eliminado con malas artes, denunció que el concurso era sin más una farsa.

Esta película es a mi parecer una de las mejores sobre el tema de concursos televisivos que he visto. Para ello, se vertebra en un gran guión de Paul Attanasio, donde se relata la absoluta falta de escrúpulos desde el primer personaje al último encargados de un concurso televisado, lo que da pie a un joven e inteligente abogado, Dick Goodwin (Rob Morrow), que es miembro del Comité Legislativo del Congreso Norteamericano, a investigar una trama que a él intuye, no sin indicios poderosos, que constituye una confabulación turbia y con toda probabilidad corrupta.

He querido empezar con el guión por parecerme muy meritorio y médula del film. En cuando a la dirección de parte de Robert Redford, mi opinión es que, de las películas suyas que yo he visto (La conspiración, 2010; El hombre que susurraba a los caballos, 1998; El río de la vida, 1992, y alguna más), para mí esta es la mejor de todas. No en vano el Círculo de Críticos de Nueva York la premió en su momento como Mejor Película. Redford sabe describir con gran profesionalidad (no diré con maestría) el mundo corrupto de los programas televisivos, mostrando los entresijos de este tipo de transmisiones y los intereses que las dirigen, donde lo que más peso tiene es la audiencia. Entonces, lo que hay que hacer es buscar un concursante guapetón, bien parecido, con una impronta académica seductora, tal el caso del protagonista. Robert Redford, nos muestra lo que realmente sucede en un concurso televisivo donde lo más importante para la audiencia no es que el concursante sepa más ó menos, sino todo aquello que logra ganar (dinero), y si además es bien parecido, mucho mejor. Este es el caso del joven profesor Charles Van Doren (Ralph Fiennes), quien desbanca de su lugar de ganador, previo acuerdo con la dirección del programa, al anterior concursante de éxito, un pobre joven desgarbado y poco agraciado que ya había cansado a la audiencia, personaje protagonizado por un enorme John Turturro, como luego referiré. El trabajo de Redford es bueno pues logra contar la historia con agilidad y sin remilgos, poniendo la mano sobre la llaga directamente. Y lo hace introduciendo a un personaje muy interesante que juega un papel preponderante, como una especie de bisagra entre la infracción de los directivos de la cadena televisiva y la falta grave de Doren como cómplice. Esto es, el abogado y miembro del Congreso de los EE.UU, Dick Goodwin (Rob Morrow), quien sin ser el guapo ni el feo, es el que logra salvar la dignidad y la ética en el planteamiento del film.

Esta película me ha recordado mi infancia, allá por el final de los años sesenta, aquellos programas de memorión en TVE, como aquel que se llamaba Un millón para el mejor y que condujeron José Luís Pécker y Joaquín Prat sucesivamente y que tuvo gran repercusión en el país por las intrincadas y difíciles preguntas que finalmente los concursantes acertaban a responder; como Mercedes Carbó, conocida como “La mamá del millón”. O ese otro concurso, ya en los setenta, Las diez de últimas, presentado José Luís Pécker y en el que salían personajes como Secundino Gallego, al que se denominó “el hombre de los pájaros”, insólito conserje experto en ornitología que conocía cualquier ave viviente; o Cesar Pérez de Tudela, el reconocido alpinista que se sabía alturas, picos, cordilleras y todo de todo sobre el tema de la montaña. Y ya entonces nos preguntábamos si se podía llegar a saber tanto sobre campos tan bastos y con preguntas tan puntillosas; e incluso hablábamos de posibles trucajes o preguntas amañadas, lo cual que nunca se investigó ni se demostró, por lo que en principio no quiero sembrar ninguna sombra de sospecha al respecto. Era una España en la que prácticamente no se investigaba nada, salvo las noticias criminales que salían en el periódico El Caso, o las cosas políticas contra el régimen, claro. Lo comento como dato histórico equivalente. Hoy los programas de preguntas son mucho más naif y ramplones.

Y seguimos. Esta película tiene además una excelente puesta en escena, la ambientación es muy cuidada, la música de Mark Isham acompaña muy bien la trama y la fotografía de Michael Ballhaus me parece magnífica.

Y referente a las interpretaciones, para mí todas están en estado de gracia. Lo hace de forma más que convincente el cínico y atractivo profesor Doren interpretado por Ralph Fiennes, quien saca buen partido de sus habilidades para un personaje con angulaciones variadas. El segundón concursante interpretado por John Turturro es tal vez el más sembrado de todos, pues hace una enorme interpretación: convincente, estelar, de excelencia. Pero tampoco está nada mal el insistente abogado y héroe de la película Dick Goodwin interpretado por Rob Morrow con una vena humorística de picante inteligencia que no se queda a la zaga del resto de actores. Y finalmente, para no extenderme, creo que hay que felicitar al consagrado actor británico Paul Scofield (1922-2008) –Oscar en 1966 por Un hombre para la eternidad- en el papel de padre del protagonista. Estos actores y el resto de reparto es uno de los méritos de Redford y sus asesores de casting, pues consigue, además de estrellas importantes, un grupo actoral cohesionado y muy competente.

Tras esta película es indispensable interrogarnos sobre el mundo de la televisión. ¿Es tan cruel, inhumano y demoledor como plantea la película? En una parte del film se compara las cadenas de TV con otras grandes corporaciones y fuerzas de la economía como las farmacéuticas u otras. Y entonces nos tenemos que preguntar si las grandes cadenas que vemos cada día hacen lo que les viene en gana, si son invencibles, si sus magnates y grandes directivos o patrocinadores son intocables. De igual modo me pregunto: si te dan setenta mil dólares por ir a un concurso para contestar preguntas que ya conoces de antemano, ¿qué harías? Por lo menos nuestro Doctor en Alaska, el abogado Dick Goodwin (Rob Morrow) es taxativo en el film: “¡NO iría!” –viene a decir. Pero el dilema, a qué engañarnos, existe, está ahí, es toda una tentación: ¿nos tientan las cadenas de TV? Pues podemos reflexionar sobre ello; o que cada cual responda según su criterio o… su experiencia.

Y termino con algunas reflexiones que a lo peor parecen fuera de lugar pero que entiendo no lo están, pues una película ha de dar para pensar y recapacitar. Lo que deseo decir es que el dilema de la película es sin más el siguiente: ¿Vas a dejar que el dinero se te escape de las manos tontamente? Si no lo haces tú lo hará otro. Por eso decía antes que el abogado Dick Goodwin es el héroe de la historia, pues él dice claramente que no estaría dispuesto por dinero a pasar por una farsa. En este punto es donde quiero apuntar que no hace tanto, autores como Fromm consideraron el carácter de las personas desde una visión ética (axiológica). Y que además hay una interacción entre la estructura socioeconómica y la estructura del carácter, siendo que si nuestra máxima aspiración es el dinero, esto implica una suerte de enajenación. E igual piensan Manheim u otros cuando apuntan que la progresiva pérdida ética de lo esencial tiene consecuencias decadentes. No hay que olvidar que “ethos” significa carácter, carácter que se logra en la educación y en la inmersión civilizatoria, y que constituye el principio intrínseco de los actos. Esta película toca de lleno este tema, el del carácter como cualidad humana y ética de un lado, o el del carácter mercantil como cualidad enajenada y malsana.

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