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El destino de Júpiter

Por Rodrigo Aliende

Conforme pasan los años tengo más claro que lo que los hermanos Wachowski con Matrix (la primera, por supuesto) fue más una cuestión de suerte y alineamiento de planetas que de talento, y espero que hagan pronto una nueva película que me quite este pensamiento de la cabeza y sobre todo este mal sabor de boca que me dejó El destino de Júpiter. Desgraciadamente, su última producción es el reflejo del cada vez más extendido modelo de negocio del blockbuster hollywoodiense, que traducido al román paladino es “mucho ruido y pocas nueces”. Con esta expresión se podría resumir la ópera espacial de los Wachowski, pero creo que se merece un poco más de extensión, al menos para prevenir a posibles futuras víctimas.

Lo primero de todo, y antes de que se me tache de extremista, destacar que El destino de Júpiter, tiene un diseño de producción excelente y una ambientación que bien merece verla en pantalla grande. Esto es a lo que realmente se tendrían que dedicar y dejar que otra persona escribiera sus guiones.

La película no comienza mal, ya que, como espectador, estamos abiertos a que nos llenen de información de un universo totalmente nuevo. La raza humana es la especie menos avanzada y comenzamos a ver otros seres que pueblan otros planetas. La protagonista, Mila Kunis, malvive limpiando casas, pero resulta que tiene sangre real extraterrestre corriendo por sus venas. Channing Tatum pasará a ser su guardaespaldas y el eje principal de las escenas de acción, todas ellas espectaculares y muy bien dirigidas.

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De los personajes poco se puede decir porque no hay mucho contenido dentro de ellos. Son tan planos y previsibles como el resto de la película. La historia de amor es lo que mejor ejemplifica todo esto: forzada hasta límites insospechados. Hacía mucho que no sentía vergüenza ajena con una escena así.

Los Wachoski han bebido de muchas fuentes para recrear este universo, pero no han conseguido darle coherencia a tantas referencias y el resultado es una amalgama poco compacta. Como ya he dicho, se salva por los apartados técnicos y eso es porque siguen trabajando con el mismo personal desde hace años. Michael Giacchino, por su parte, también hace un trabajo más que decente en la composición de la banda sonora.

Por lo demás, El destino de Júpiter no merece las dos horas que dura el visionado. Los fuegos artificiales gustan durante unos minutos, pero tanto tiempo cansan a cualquiera, sobre todo cuando no hay contenido más allá. Hacía mucho tiempo que no tenía la sensación de darme igual lo que estuviera pasando en la pantalla y eso es culpa, sobre todo, del guión a mano de Andy y Lana Wachowski.

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