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El descubrimiento de la vida

Por Jorge Valle

Hay un momento en Despertares en el que Leonard Lowe (Robert De Niro), un apasionado de la literatura, rompe a llorar desconsoladamente en la que sin duda es la escena más sobrecogedora de la película del casi desconocido Penny Marshall. Sus numerosos tics y espasmos, derivados de una encefalitis letárgica que le dejó casi treinta años en aparente estado vegetativo, no le permiten fijar la vista en un determinado punto, haciéndole así imposible la lectura. En frente de él está sentado el doctor Malcolm Sayer (Robin Williams), testigo de la frustración de una persona a la que se le ha privado de su mayor placer. Entre los dos nacerá una relación doctor-paciente que se terminará convirtiendo en una conmovedora y profunda amistad, movida por la obligada y sufrida superación personal de Leonard y la infinita bondad de Malcolm quien, impactado por la situación de sus pacientes, se enzarzará en una intensa lucha contra la desconfianza de sus compañeros de profesión y la crueldad de la enfermedad de unas personas ávidas de vida y experiencias nuevas. El director Penny Marshall se esconde modestamente tras la cámara, que parece casi invisible, y cede el protagonismo a sus actores: un Robin Williams al borde de la sobreactuación y un enorme Robert De Niro que nos pone de nuevo a sus pies. Juntos construyen una historia dura pero emotiva sobre el valor de la vida, del que lamentablemente solo nos damos cuenta cuando nos privan de ella.

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Despertares está envuelta en una atmósfera suave y sutil y, a pesar de su condición de melodrama, desprende alegría y vitalidad gracias a su carismático protagonista, con el que es imposible no encariñarse. De Niro consigue con su magnética sonrisa que experimentemos sus mismas sensaciones y nos contagia, al igual que le ocurre al doctor Malcolm, unas ganas de vivir inmensas. Leonard despierta de su carcelario letargo y va descubriendo, poco a poco, las cosas más maravillosas de la vida: el cariño protector de una madre, la libertad de poder pasear por donde le plazca, el seguro refugio de la amistad, la satisfacción y el gozo de leer un buen libro y, finalmente, la ilusión del primer amor. Su enfermedad le ha arrebatado treinta años de su vida pero, paradójicamente, ha conseguido que Leonard la entienda y la disfrute plenamente, pues sabe que en cualquier momento pueden arrebatársela de nuevo. Tiene la obligada necesidad de aprovechar su tiempo. La maravillosa música de Randy Newman combina tintes profundamente melancólicos con otros vivos y alegres, en un reflejo de los altibajos que sufre Leonard y que alteran constantemente su estado de ánimo y el de las personas que le rodean. Puede que el final sea demoledor, pero en él hay lugar para la esperanza y la ilusión encarnadas en el doctor Malcolm, quien ha sido curado por su amigo de dos enfermedades casi tan terribles como la suya: la apatía y la timidez. Suyo es el verdadero “despertar” de la película.

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