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El desafío: Hunt contra Lauda

Por Jorge Valle

«Es la única persona a la que he envidiado en toda mi vida.»
(Nikki Lauda sobre James Hunt)

Normalmente una carrera de Fórmula 1 está llena de altibajos, con momentos de trepidante acción –la salida, la entrada en boxes, los adelantamientos- y otros en los que el interés decae por la clara superioridad de algún piloto o por el nulo intercambio de posiciones. Rush, la última película del polifacético Ron Howard –ha tocado casi todos los géneros cinematográficos, algunos con más suerte que otros-, tiene mucho en común con el deporte que escenifica: el proyecto es grandioso y las cámaras de todo el mundo están puestas en él, conviven pilotos mediocres (Olivia Wilde) y pilotos colosales (Daniel Brühl) y la adrenalina está reservada únicamente para ciertos momentos, que son justamente los que enganchan al público a la pantalla y glorifican la Fórmula 1.

En el caso de Rush, la emoción se deja para el final, en una última media hora de infarto que glorifica tanto el deporte como el cine. Howard nos regala un maravilloso y agotador crescendo que, acompañado por la siempre omnipresente música de Hans Zimmer, contribuye aún más a mantener al espectador inmóvil en la butaca y con los nervios a flor de piel. Pero el comienzo y el desarrollo de la cinta, sin ser aburridos, no terminan de enganchar, produciendo una ligera sensación de indiferencia ante la abundante dosis de información que Howard proporciona con claridad –es imposible perderse en la trayectoria de ambos pilotos- y distribuye con eficacia. Las historias personales de cada uno pierden interés cuando se distancian –sobre todo, la que tiene que ver con Hunt y Suzy-, pero cuando se acercan y se entrelazan cobran aún más relevancia e intensidad.

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La relación entre Hunt y Lauda es la de dos personas que se quieren y se odian al mismo tiempo, que se envidian y se admiran a partes iguales. «Es la única persona a la que he envidiado en toda mi vida», dijo Lauda, una persona muy segura de sí misma y de sus habilidades, sobre su némesis. Un sorprendente y convincente Chris Hermsworth como James Hunt y un notable Daniel Brühl como Nikki Lauda son los encargados de dar vida a estos dos pilotos que mantuvieron una fuerte rivalidad durante los años que coincidieron en la Fórmula 1, especialmente en el Campeonato del Mundo de 1976 en el que Lauda sufrió un gravísimo accidente que casi le cuesta la vida. Su intenso antagonismo, que por momentos puede parecer hostil y deshonesto, se torna finalmente en una amistad basada en la admiración y el respeto mutuo. Aunque las diferencias sean abismales, siempre hay lugar para el perdón, el reconocimiento y el aprecio.

Howard enfrenta con maestría no sólo dos modelos de conducción, sino también dos formas totalmente opuestas de vivir, que mucho tienen que ver con lo apolíneo y lo dionisiaco nietzscheanos o incluso con los héroes de la Ilíada homérica. Hunt apuesta todo a una sola carta –la del placer-, buen sabedor de que el que no arriesga no gana, tanto en una carrera de Fórmula 1 como en la carrera de la vida, que al fin y al cabo, es la verdaderamente importante. Al igual que Aquiles, no teme a la muerte, pues anhela ante todo la fama, el renombre, la inmortalidad. Y Lauda es más precavido, más familiar, un Héctor que confía plenamente en sus posibilidades de cara a la victoria y que no tiene ningún apego en proclamar su superioridad sobre el resto. Hunt representa el placer, la orgía, el desenfreno, lo pasional, mientras que Lauda tiene más que ver con la norma, la moderación, el trabajo bien hecho, lo racional. Sus motivaciones son también completamente distintas: el austriaco sólo quiere llevar una buena vida con su esposa mediante el poderío económico –«si tuviera talento para otra cosa que me diera más dinero que la Fórmula 1, me dedicaría a ello»-, mientras que el británico corre por amor a la adrenalina y el riesgo, por la pasión que siente por el deporte que practica. Ambos sólo tienen una cosa en común: el amor por la victoria y, sobre todo, el amor por la vida, aunque la entiendan y la disfruten de formas totalmente antagónicas.

El resto es historia: Lauda pasó a formar parte de la historia de la Fórmula 1 por méritos propios, y está considerado junto a Alain Prost y Ayrton Senna como el mejor piloto de todos los tiempos. Y Hunt disfrutó plenamente de su corta pero fructífera vida, viviendo cada día como si fuera el último, no sin antes haber demostrado su valía y talento, que se vieron recompensados con ese Campeonato del Mundo de 1976 que enfrentó a dos titanes y que todavía se recuerda como una de las mayores y mejores rivalidades de la historia del deporte. Hunt y Lauda nos demuestran que no importa qué camino escojas en la vida, pues lo más importante de todo es vivirla siguiendo tus propios preceptos y siempre persiguiendo tus sueños. Y ambos vivieron la vida que quisieron vivir. Rush no sólo es una oda a los valores del deporte –respeto, compañerismo, admiración-, sino también a la amistad y a la vida, entendida como un regalo del que todos deberíamos disfrutar plenamente. Hunt y Lauda sí lo hicieron. Bravo por ellos.

Comentarios

  1. Adrián

    Una crítica positiva más, muestra de que Howard ha hecho un gran trabajo. Si dudáis si verla o no, ¡Ir a verla insensatos! Todavía no he visto ningún apunte negativo para una de las películas que probablemente se encuentre entre las 9 nominadas para los Oscar.

    Por cierto, muy buena crítica. Un saludo.

  2. Jorge Valle

    La verdad es que ‘Rush’, sin maravillarme, me gustó bastante. Sin haber visto las películas que más suenan de cara a la temporada de premios, sí me gustaría que la incluyeran en la lista de las mejores películas del año (aunque los Óscar no suelen acertar). Para mí, la mejor de Howard junto a ‘Una mente maravillosa’.

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