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El cruel Dios de la montaña

Por Marcos Cañas Pelayo

Crom se ríe de los Cuatro Vientos, se ríe desde su montaña- Conan the Barbarian (1982)

Jack London tiene un cuento maravilloso y cruel. Excelente por la manera en la que su pluma lo narra, su contenido es desgarrador. El genial escritor nos traslada en La ley de la vida a los sinsabores de una tribu de esquimales que se ven forzados a emigrar por el cambio de estación. Hay un protagonista principal, el anciano Koskoosh, quien va viendo como sus fuerzas flaquean mientras lo que ha sido su vida va pasando a través de sus ojos.

Una de las imágenes que más retiene su memoria es un episodio de su juventud, cuando vio a una jauría de lobos devorar a un viejo alce que había quedado rezagado de sus compañeros. Pronto, Koskoosh comprende que es el destino que a él mismo le aguarda, puesto que no es capaz de seguir el ritmo del resto, por lo que quedará solo, con apenas un poco de leña.

Ese sentimiento terrible de verse rodeado en la nada de un medio hostil en el crepúsculo de la vida habría podido ser comprendido con facilidad por cualquiera de los integrantes de una película japonesa muy especial, La balada de Narayama (1983). Remake del film del mismo título dirigido por Keisuke Kinoshita, esta versión de Shôhei Imamura alcanzó un gran prestigio internacional, coronado por la Palma de Oro que obtuvo en el Festival de Cannes. ¿Cuál es el secreto que esconde esta historia, inspirada la obra de Shinichiro Fukazawa?

Toda la trama se sitúa en una región ficticia y remota, una pequeña aldea de gentes humildes que están a los pies de una imponente montaña, la cual recibe el nombre de Narayama. Cronológicamente ambientada en algún momento del siglo XIX nipón, no hemos de tener grandes conocimientos históricos sobre la tierra del Sol Naciente, puesto que lo que nos muestra la mirada de Imamura es universal al máximo; la pobreza, miseria y la búsqueda de un poco de felicidad por parte de unas pobres gentes que viven aisladas del resto del mundo, como si ese gigantesco accidente geográfico los tuviera en una especie de pequeño coto privado.

A pesar de la atmósfera de cuento que rodea todo, La balada de Narayama tiene muy poco de realidad edulcorada o dulce fábula, todo lo contrario, pues es una exhibición innegable del tremendismo que inunda el día a día de cada uno de esos humildes hogares. Incluso, algo muy meritorio en el séptimo arte, casi puede olfatearse el sudor de los esforzados campesinos, el olor que impregnan las chozas por la convivencia con los animales, los pies destrozados por los caminos pedregosos, etc.  En muy poco tiempo, nos sentimos muy familiarizados con el enclave, si bien quedaremos sorprendidos a cada instante por las peculiaridades de sus vecinos.

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Como hubiera dicho el inolvidable Tevye en El violinista en el tejado (1971), este tipo de lugares están repletos de tradiciones, muchas de las cuales no tienen por qué sustentarse en bases lógicas.

La mayor particularidad de los habitantes próximos a la montaña es la regla de que todas aquellas personas que cumplen setenta años deben desplazarse a vivir en la cima. Se trata de un momento clave para toda la comunidad y que siempre se cumple. En contadas ocasiones, alguien lo ha eludido, pero siempre ha dejado marcado esa falta al infractor y a todo su linaje.

Ello nos sirve de excusa para conocer a la familia que es el eje central del drama, a la cual pertenece la anciana Orin (Sumiko Sakamoto), la cual está en vísperas de realizar dicho viaje. No obstante, ella no puede permitirse desplazarse a ese paraíso prometido de deidades sin antes ordenar determinados asuntos relativos a sus parientes, especialmente en materia relativa a encontrar esposa a su prole.

Orin es un personaje mostrado bajo una mirada muy tierna. Junto con el buen hacer de la actriz, hay que sumar para todo el elenco un ejercicio de casting muy veraz, poco dado a idealizar. Los dientes sucios y rotos, expresiones agotadas y cierta brutalidad de maneras, producto de un aislamiento casi total del resto de la civilización, se aproximan bastante a lo que podía ser el día a día en uno de esos pasajes remotos.

El sexo juega, evidentemente, un papel fundamental en todo ello. A pesar de los matrimonios negociados por los más ancianos, los parajes y la intimidad de la naturaleza permiten hacer florecer contactos que se alejan de los convencionalismos o puritanismos que en aquellos momentos podía tener la cultura japonesa en zonas más urbanizadas, donde podía ser mal visto el simple contacto de manos entre extraños. Se trata de una dualidad de lo atávico y lo libre que no deja de resultar llamativa, alternándose el sano deseo sin culpabilidad con barbaridades como la petición a un joven de que vaya turnándose para contentar a todos los varones de una misma casa.

Imamura no se pone ninguna cortapisa y no elude en ningún momento realidades tan brutales como la zoofilia o el sistema de justicia inhumano con el que procede la aldea. Los castigos son ejemplares y ejercidos de una manera ejemplarizante, el simple robo de comida de un matrimonio hambriento convierte al resto en un enjambre implacable capaz de enterrarlos vivos como medida de advertencia a futuros infractores. Se trata de un marco denso y La balada de Narayama es un film que llega a causar desasosiego. Como fuere, merece la pena resistir el envite, puesto que todo el sendero se ha ido trazando para llegar a un tercer acto demoledor, uno que Jack London habría podido firmar con orgullo.

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En ocasiones, pareciera que la juventud y la vejez estuvieran condenadas a no entenderse nunca. La segunda mira a la primera como una criatura sin seso que piensa que va a vivir para siempre, incapaz de oír advertencias que no vengan de sus pasiones naturales. La primera, por su lado, observa ese anticipo de su propio futuro como un estorbo, una molestia y carga a soportar.

Ello se refleja muy bien en el film a la hora de ver cómo las nueras resuelven cuitas personales repartiéndose el escaso botín que ha dejado el suegro o la suegra de turno al subir a la montaña. Un festín de cuervos que no deja de exhibir que la codicia puede darse incluso donde inunda la pobreza. De cualquier modo, los ancianos no son los únicos azotados por los dioses crueles. Las acequias de Narayama están regadas con sangre de bebés recién nacidos abandonados.

Siempre ha sido muy extendida la opinión de que Kinoshita rodó una primera versión de esta balada de mayor nivel artístico. No es que ninguna de las dos sea mala, todo lo contrario, ambas pueden ser consideradas como dos películas de gran calidad, pero Imamura resulta mucho más explícito, existe una crudeza más descarnada. La película de 1958 tiene asimismo una gran naturalidad, pero determinados aspectos no son mostrados en su salvaje esplendor. Resulta sumamente recomendable ver ambas para observar dos miradas artísticas diferentes para mostrar este universo ambivalente de valores familiares y crueldad.

Junto con la carismática Orin, destaca el hijo mayor de esta, interpretado con gran maestría por Ken Ogata. El vínculo materno-filial entre ambos está repleto de complicidad, hasta el punto de poder entenderse sin palabras, dando algunos de los momentos más humanos, lo cual es muy de agradecer en un metraje extenso y que carga al espectador de hoy en día con la barbarie de la que se impregna toda esta comunidad, como si ellos mismos fueran parte de la fauna que los circunda.

Ogata transmite la fuerte carga en los hombros que siente su personaje, el cual comprende mejor que el resto los sacrificios a realizar y su terrible peaje. Una enfermedad de honor que en distintos tiempos ha arrastrado a afrentas imaginarias, duelos a muerte sin sentido, a la marginación por criterios de sexo, etc. El hijo de Orin teme el recuerdo de su padre, quien no fue capaz de cumplir, cuando llego su momento, con la terrible exigencia de la aldea.

El gran acierto de Narayama es que ni condena ni perdona, simplemente explica. Sus personajes, incluso en las circunstancias más abominables, actúan movidos por cuestiones tan terrenales e imprescindibles como el hambre. Con toda la violencia que está presente en su día a día, no dejan de ser capaces de fascinarse en su mirada ante la presencia de la nieve. Son mucho más complicados de definir que con una catalogación, son personas con muchos rostros, imperfectos y capaces de sentir dolor.

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Tanto Orin como Koskooh tuvieron que alzar la vista ante el cruel dios de la montaña, aunque hay quien dice que no había temor en sus miradas, sino un asomo de compasión por esa deidad que no podía comprender sus risas y lamentos…

Comentarios

  1. Enrique Fernández Lópiz

    La balada de Narayama, basada en la novela homónima, escrita por Shichirō Fukazawa, refleja una tremenda, primitiva y rudimentaria realidad que nos dice que no siempre el trato hacia los ancianos en oriente (Japón) es ni mucho menos cariñoso, apacible o respetuoso. Muy buena crítica, mis felicitaciones a Marcos Cañas Pelayo, que tan buenos comentarios escribe. Saludos amigo. E.

  2. Marcos

    Muchas gracia a ti, Enrique. Efectivamente, refleja una realidad brutal y universal de una manera descarnada.1 abrazo

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