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El cónsul de Sodoma

Por Marcos Cañas Pelayo

«Yo venía a llevarme la vida por delante.» Jaime Gil de Biedma dejó versos reconocidos por su calidad y contenido. No obstante, pocos son más representativos que aquellos donde recordaba que uno no comprendía ciertas cosas hasta que se hacía mayor. Un poeta iluminado, de los pocos capaces de componer estrofas contra su propia persona.

Una personalidad atípica que se formó en una época donde todo lo que fuera inusual se miraba con lupa. Un privilegiado de una burguesía donde podía brillar con el mismo ingenio de Oscar Wilde en una reunión social, pero que también renegaba de ella con una moral que escapaba a una sociedad encorsetada.

Cuando El cónsul de Sodoma fue anunciada, cabía esperar la duda sobre el biopic. ¿Un respetable y políticamente correcto recorrido que podría ser decentemente expuesto un sábado por la tarde en sobremesa o un descenso a los secretos del biografiado? Sabido era que la biografía sentimental del artista era turbulenta. De cualquier modo, hay losas que es mejor no desenterrar.

Ya sus primeras escenas en Manila llevaron a anfictionías de defensores de la familia y el hogar a clamar contra la versión de Biedma que trajo Sigfrid Monleón, director con sentido del riesgo (2009). En primer lugar, afirmar que no es una película para todos los públicos, claramente. Pero muchas otras tampoco lo son, y no por ello son defenestradas sin el beneplácito de la duda. Quizás la mejor manera de adentrarse por los dominios de este peculiar cónsul sea albergar simplemente eso, la duda razonable…

Buenas intenciones, mas no debemos olvidar ciertos condicionantes genealógicos que explican lo que había en juego. Tiene más que ver el abolengo de lo que parece, las élites económicas e intelectuales no desaparecen, simplemente evolucionan, se mezclan y se transforman. Biedma gastó talento y vivencias en todos los rincones y estratos sociales; sin embargo, no dejaba de ser el heredero de una poderosa empresa y, si revisamos la línea descendente, el tío de la misma Esperanza Aguirre, quien fuera hasta hace poco la presidenta de la Comunidad de Madrid.

No era fácil la papeleta para Jordi Mollà. El actor catalán, de carrera tan heterodoxa como interesante, a caballo entre las Américas y España, abordó el reto de Sigfrid con un estilo personal, incapaz de dejar indiferente a nadie. Voces como Carlos Boyero, admirador incondicional de la producción literaria de Biedma, se negaban en redondo a conceder el más mínimo mérito a la caracterización del intérprete, a quien sí había alabado en otros proyectos como Nadie conoce a nadie o La buena estrella. Otras personas, como la propia Piedad, hermana de Jaime, alabaron públicamente la labor de su caracterizador, quien se atrevió incluso con la dulce manzana envenenada de recitar a lo largo del film algunos de sus escritos.

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Una ambivalencia que se tradujo en pulsos dialécticos como el de Juan Marsé con el director, los otros dos guionistas (Miguel Ángel Fernández y Joaquín Górriz) y la obra original de Miguel Dalamu, en quien en buena parte se basan para recrear el círculo burgués barcelonés del que se rodeó.

Una buena mezcla de paradojas. Bellas metáfora como la relación de Jaime con su padre, nada más hermoso que dos personas muy distintas que están continuamente esforzándose por conocer al otro. Una aguda forma de no casarse con nadie, mostrando extraños denominadores comunes en el repudio del homosexual por dos extremos antagónicos (sorprenderá poco a quienes conozcan al franquismo, pero sí es muy pertinente el repaso a los sinsabores que sufrió por parte del Partido Comunista, mucho más cerrado y sectario en determinados aspectos de lo que cabría esperar en una ideología igualitaria).

Monleón firma con sello propio un film de factura propia, que gusta o no, pero que nunca peca de no tener sentido del riesgo. Hay fallos, algunos graves y de coyuntura (cuesta imaginar rótulos en visible catalán en época de la dictadura en la Ciudad Condal, con lo perseguido que estuvo cualquier atisbo en ese sentido por las autoridades), aunque pueden ser fáciles de perdonar, según con el prisma con el que se mire.

Y la gran cuestión a la que invita la propuesta de Monleón es: ¿tiene derecho el hacedor de la biografía a adentrarse entre las sábanas? Pregunta con respuesta al gusto del consumidor. Probablemente, pudiera ser afirmativa si se hace con sensibilidad y sentido del decoro. Decoro que no debe confundirse con carácter timorato, nada debería pasar hoy en día en la gran pantalla por poner a dos señores con dos señores, un gato con una señora, una escoba y dos chicas de vida alegre… El problema es la mirada de la cámara, y la de El cónsul de Sodoma es poco inquisitorial, más bien amigable, en los buenos y malos momentos.

La auto-destrucción suele ir bastante asociada al genio. La propia condición de Jaime actuó en ese sentido, por la propia incomprensión de la mentalidad de su tiempo, un carácter que llevó a buen conocedor del hombre a decir: «La misión de un poeta es estar siempre alerta. Y Jaime fue una persona que nunca se fue a la cama tranquilo.» Intranquilo sí, pensarán algunos, pero solo nunca, a juzgar por lo que puede apreciarse a lo largo de las casi dos horas de metraje.

110 minutos para lucimiento de un Mollà omnipresente, un actor al que se le podrá acusar de muchas cosas, mas no de esconderse y de negarse a asumir retos. Con todo, una apuesta segura, habida cuenta de la hoja de servicios que tiene el protagonista en los tablados, aunque el casting tiene algunos órdagos a la grande, especialmente subir al escenario a Bimba Bosé, en la que fue su primera experiencia como actriz tras estar en las pasarelas.

«A una dama muy joven, separada.» Apenas una dedicatoria que tuvo su eco en el círculo de amigos de Biedma y aún en los tribunales, algo curioso, al fin entraban las Letras en los juzgados, pero no como ellas hubieran querido  y merecido.

Historias de amor, de sexo, de experimentación…, como muy bien han recogido previas críticas a El cónsul de Sodoma, este irregular recorrido alterna momentos de brillantez con otros que rozan el ridículo, aunque en su descargo podríamos afirmar que si bien no era una misión imposible, tampoco era nada fácil…

En ese sentido, brilla mucho Mollà en alguna de las muy buenas escenas que tiene la obra. Su Jaime siempre se muestra auténtico, tanto en sus momentos generosos como en los más crueles… No todos tienen la suerte de tener un cuadro escondido purgando nuestras faltas, por lo que hemos de apechugar con nuestros errores.

Hay una gran versatilidad en el actor para alternar generosidad y crueldad, esa crueldad que no emana de la ignorancia, sino de todo lo contrario, de la inteligencia y el refinamiento. Y ese tipo de tortura, en ocasiones auto-tortura, da mucho más miedo que la otra, cuyos pueriles orígenes no alientan el interés.

Cuando se recogió la noticia de su fallecimiento en la década de los noventa, el diario El País no dudó en definir su producción con un breve pero elocuente resumen: «Breve e intensísima.» No podría haber mejor anillo para el dedo. No obstante, entre los escasos elegidos por la caprichosa Musa de la poesía, los pasos no se miden por la distancia, sino por el estilo de las mismas… Y ahí, Jaime dejó un legado que aún hoy seguirá cosechando continuados admiradores.

Y entre otros libros y compañeros de viaje, quizás a su recuerdo los próximos años, le acompañe este irregular, irreverente, extraño, lírico, interesante, inacabado y desvergonzado testimonio fílmico.

Comentarios

  1. Jorge Valle

    A mí, que me encanta Jaime Gil de Biedma, me convenció la interpretación de Jordi Mollà, pero no la película en general.

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