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El complejo mundo de la identidad personal

Por Enrique Fernández Lópiz

En esta película, el cineasta Gillaume Gallienne nos ofrece una obra autobiográfica en forma de monólogo dramático, con evidentes tintes de comedia y gran sentido del humor; pero no solo humor, como ahora explicaré. La historia nos narra la muy estrecha relación de Guillaume con su madre, en la cual, le da un repaso a los recuerdos y acontecimientos pasados en el seno de su familia, sobre todo con su madre, pero también con sus hermanos y su padre.

Verdaderamente es una película sorprendente esta que me dispongo a comentar, tanto más por cuanto es la Ópera prima de su autor, autor en varios sentidos como ahora veremos. El film se inicia con un actor, el propio Gillaume Gallienne, que se dispone a hacer un monólogo en el teatro, haciendo un repaso autobiográfico. Y presidido por esta situación, se nos van presentando analepsis o flash-back sobre la vida del protagonista y su singular relación con su madre y familia, compañeros de colegio, etc.

Está dirigida, escrita e interpretada en los papeles de Guillaume y madre, por el propio Gillaume Gallienne: ¡tres en uno! ¡Incluso cuatro en uno! Pues bien, la dirección es excelente, con un pulso narrativo sostenido que mantiene la atención permanente del espectador y toques de humor que cubren un auténtico drama. El guión es genial y no sólo plantea la relación, podríamos decir “edípica” (un Edipo muy complicado), de Gillaume con su madre, sino a la vez todas las cuestiones del identidad y de género, y cuán psicológicas son estas dimensiones humanas, que superan con creces el manido y estúpido tema de las hormonas o la biología, poniendo de manifiesto que el género, la elección de objeto amoroso, etc., son exclusivamente una cuestión psíquica. De hecho, la película no es más que la pregunta “¿soy yo o no soy yo?” Y es que Guillaume Gallienne, tanto en su realidad de vida como en el film, está tan apegado a su madre y se parece tanto a ella, que él mismo ya no sabe quién es. Por lo tanto, el guión es una especie de confesión y análisis de la propia mismidad, de sus cambios y de la elección sexual. La música es magnífica, así como la fotografía. Y de la interpretación nada que decir; Gillaume hace del actor que interpreta su vida en el escenario, hace de él cuando niño-joven, y hace de su propia madre ¡y todo de manera genial y convincente! ¡Nunca había visto este fenómeno en una película! Esto es, que el mismo sujeto que nos habla de su vida, sea el director, guionista y actor en dos (o tres) papeles diferentes del film: ¿Alguien da más?

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A mi parecer es una obra maestra. En la “Quincena de los Realizadores” en el Festival de cine de Cannes de 2013 ganó el primer premio (Premio Art Cinema) y el Premio SACD. En 2014 la película fue nominada en Francia a diez Premios César en su 39º edición y ganó los premios a la mejor película y a la mejor ópera prima.

Es un film sobre la búsqueda interior, de la identidad sexual de un joven inadaptado que busca desaforadamente saber quién es y las razones de su ser en el mundo. Y claro, en la película nos reímos, celebramos las ocurrencias de Guillaume y a veces nos quedamos con ese regusto cómico del ingenio del autor. Pero cuidado, como escribe Federico Marín: Convertir en imágenes los psicoanálisis de toda una vida tiene tanto mérito como la crueldad con la que destroza su intimidad familiar. Guillaume tiene tantas espinas clavadas que su plato requiere precauciones. Incluso es posible ver la cinta una segunda vez y sentir dolor sobre el rescoldo de las risas.

Porque el ser humano está sujeto, como materia, a las leyes de la naturaleza (físicas y biológicas); pero el hecho de vivir en un ambiente familiar, social y cultural le hace, igualmente, estar sujeto a condicionantes más susceptibles al devenir y al cambio en relación con la propia experiencia biográfica, con la propia existencia, tal como cuenta el personaje de esta obra. En este sentido, recuerdo aquí a un gran olvidado, el pensador marxista y gran conocedor del psicoanálisis, George Politzer (1903-1942), quien refirió el concepto la vida dramática del hombre, como acontecimiento singular: El individuo es singular, y esta vida a su vez, solamente es singular por su contenido […] los hechos psicológicos son segmentos de la vida del individuo particular”. Es decir, junto a las características comunes y universales que todos tenemos, hay que yuxtaponer y analizar la particularidad del cambiante comportamiento humano en cada cual, como proceso construido y regulado de forma activa por cada persona, por sus vínculos con los otros, por su conexión con el contexto de la familia y la sociedad que habita. El individuo es singular, y la vida a su vez, también es singular en cada caso por sus contenidos: amores, odios, venganzas, filias, fobias, apetencias, adversidades, etc., que en cada uno juegan en la construcción de una biografía, de una historia personal idiosincrásica, única. De ahí que esta singularidad sea “dramática”, al modo de los personajes en el cine, el teatro o la novela o, sin ir más lejos, como en el caso de nuestro personaje, real y cinematográfico, Gillaume. El cine tiene, como sabemos, la posibilidad de reflejar esta singularidad de la vida en la pantalla. A través del cine (también de la Literatura), se hace una aproximación a la existencia de las personas, y en nuestro caso concreto de las circunstancias y encrucijadas analizadas por el director, guionista y actor Gillaume Gallienne.

Así pues, esta película es la confesión íntima de Guillaume que se va haciendo cada vez más interesante a lo largo de su “monólogo”, acabando en un auténtico “do de pecho dramático” e incluso desgarrador y doloroso, al final de la obra; y entre el público de la sala, su auténtica madre, a la que se ve viviendo la puesta en escena de su hijo con cara de gran conmoción. Y es que este monólogo autobiográfico, de un ya reconocido actor en Francia, es muy intenso, y llevado al cine, rompe moldes. Como dice Salvador Llopart: El desafío, como obra teatral pasada al cine, consiste en romper esa cuarta pared entre público y espectador: un muro que, en el arranque, no consiguen demoler esas sevillanas impostadas -tan del gusto francés- que Guillaume se marca en un inútil viaje iniciático a La Línea de la Concepción. Pero que caen, como las murallas de Jericó, a golpe de sinceridad. A media que se hace evidente la verdad del personaje y el incógnita de una duda. ¿Soy o no soy?”

Yo diría que a pesar de que uno se ríe con el personaje y en diversas secuencias: la juerga del protagonista en La Línea de la Concepción, las humoradas sobre el psicoanálisis, la escena de las lavativas, la crítica a los estirados franceses, etc., éstas no pueden obviar el drama personal del personaje. Esta película, como ya apuntamos, es para verla dos veces y poder analizar el complejo mundo psicológico de la identidad en general, de la identidad de género en particular, y de la vida dramática que cada ser humano vive para conformarse como persona (persona viene según yo leí hace mucho tiempo, entre otros, de “per-se-una” – una por sí misma). Y este es un film sobre las dificultades que conlleva labrarse un camino singular como sujeto, como persona donde no caben reducciones, saltando por encima de la trivialidad, esquivando los infortunios, evitando las terribles etiquetas con las que los demás están siempre dispuestos a encorsetarnos y prestos a arrojarnos a la cara como afrenta, como desprecio, como insulto; esos calificativos con que nos diagnostican los demás, los agravios, y en fin, esas maneras tan comunes socialmente que nos inculca lo que debemos ser y lo que debemos dejar de ser. Y todo por no pararnos a escuchar al “otro” y así poder olfatear la enorme complejidad de la existencia y su complexión individual multiforme y a veces paradójica.

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