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El club del fuego infernal

Por Marcos Cañas Pelayo

No importa lo mucho que corramos, el pasado siempre nos sigue de cerca para recordarnos nuestros fantasmas. Existen muchas maneras de abordar la crítica de una película tan original y oscura como es El Club (2015), dirigida por Pablo Larraín, pero la imagen de un pasado tormentoso es una de las más factibles.

La premisa resulta de una apariencia absolutamente simple, una historia enmarcada en un remoto y perdido pueblo costero de Chile. Lugar de gentes modestas, dentro del enclave sobresale una casa aislada del resto, donde conviven cuatro sacerdotes…

El club del fuego infernal

La cámara nos adentra con un nuevo huésped que se presenta en el citado hogar, sin ser conscientes de que acabábamos de recibir la invitación del film para formar parte un club con derecho reservado de admisión. Los padres hacen su día a día en un tranquilo anonimato, con la única compañía y asistencia de una especie de monja. Sin embargo, la llegada del nuevo elemento, una quinta persona, genera una gran ansiedad en sus anfitriones. Nadie llega a ese hogar de hijos pródigos sin un motivo concreto, es preciso portar una marca de Caín en la frente.

El inteligente guión firmado por Guillermo Calderón, Daniel Villalobos y el propio Larraín emplea uno de los trucos más viejos pero efectivos que existen: el público puede sufrir mucho más con lo que está obligado a imaginar que con la violencia más explícita. Aunque se nos dan pinceladas y pistas, solamente podemos intuir aquellas circunstancias que llevaron a los superiores de estos religiosos a mandarlos a una especie de Limbo tranquilo, un destino en que olvidar y ser olvidados.

Los escándalos sexuales relativos a los abusos protagonizados por algunos miembros de la iglesia y el interés de cúpulas por ocultarlos de la primera plana han sido un fecundo campo para el séptimo arte en los últimos años. Spotlight (2015) sería el ejemplo perfecto de las trabas que los investigadores encuentran en ese terreno, mientras que El Club iría un paso todavía más allá, Larraín y su equipo pretenden adentrarse en la cueva de los monstruos, mostrando que no es incompatible hacerlos más de carne y hueso, pero sin suavizar nunca la oscuridad que desprenden.

Los padres García (Marcelo Alonso),  Silva (Jaime Vadell), Ortega (Alejandro Goic), Ramírez (José Soza) y Alfonso (Francisco Reyes) componen un rosario de personalidades sumamente bien caracterizadas, lo cual es un mérito enorme por parte de dichos intérpretes, ya que tienen que transmitir el bagaje de sus personajes con muy poco margen de tiempo para desarrollarlo, debido a que, ante todo, el film de Larraín es una historia coral, un retablo misterioso que llevará a creyentes y no creyentes a plantearse preguntas que son universales.

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La rutina de los residentes se verá alterada por un suceso que obliga a los responsables de la diócesis a mandar al padre Vidal (Alfredo Castro), el cual tiene celoso empeño en que todo discurra por unos cauces discretos que no salpiquen ni empañen el buen nombre de la institución que representa y en la que ha depositado su fe. Pronto, sus principios se pondrán en tela de juicio cuando entre en colisión con unos “hermanos” que se sitúan en las Antípodas de todo lo que predica su condición.

Más allá de la fuerza de este planteamiento descarnado, Larraín afronta un serio reto porque sería muy fácil caer en este punto en el trazo grueso, en una denuncia que se quede en la superficie en la búsqueda del aplauso fácil. Pero no resulta así en El Club, donde todo transmite la sensación de haber sido fríamente calculado.

Estamos en el centro exacto de un círculo de fuego…

Amores perros

Localidad de La Boca, comuna de Navidad, carrera de galgos. Durante generaciones, los seres humanos han puesto una notable confianza en la representación del perro como un amigo fiel de la caza, un celoso guardián de su alianza con el hombre. Como fuere, aquí, la crianza esmerada de los padres en tener un can veloz oculta otros motivos; como todo lo que acontece, ha sido premeditado.

En medio de cualquiera de las sub-tramas que van confluyendo, la cámara siempre termina deteniéndose en algún momento en la Madre Mónica, la guardiana de las llaves, quizás la única que conoce todos los secretos de sus huéspedes. Un personaje fundamental para llegar al alma de una historia descorazonadora, encarnada en una actriz de gran fuerza, una Antonia Zeger que da todas las ambivalencias de discurso y forma que tiene una dama de aspecto apacible pero intenciones inciertas. Si hay transformaciones asombrosas en la investigación y quienes la rodean, Mónica se lleva la palma en ese sentido. Solamente alguien así puede acceder a ser la cuidadora y confidente de una casa tan atormentada, plagada de Cruces que sus moradores cargan.

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Siguiendo esa metáfora canina, uno de los vecinos de La Boca tiene la expresión característica de un perro apaleado sin motivo por su amo, una cicatriz de dolor y extrañas frases que generan gran inquietud en cada uno de los protagonistas.

Roberto Farías da vida a ese extraño merodeador, el cual ejerce la profesión de pescador, oficio de resonancias más neo-testamentarias imposible. Conviene detenerse en este actor, verdadera revolución en la cartelera chilena en los últimos años, una vivencia personal que explica por qué es tan especial El Club.

Farías pertenece a esa raza aparte en el séptimo arte que son los intérpretes de instinto. Desde unos inicios muy humildes, hoy en día es toda una personalidad en Chile, debido a su característica y única forma de hablar, de moverse y expresar emociones. Él mismo ha afirmado en alguna entrevista que desde crío supo en primera persona lo que era una dictadura, qué suponía tener que aprender a callar, a salirse de un bar con sus amigos si entraban los milicos. Ese dolor silencioso se lo otorga a su Sandokan, una criatura atormentada a todos los niveles.

Decía Clint Eastwood en Sin perdón (1992) que uno jamás mataba a otra persona: lo hacía dos veces. Asesinabas lo que había sido hasta ese momento y le quitabas todo lo que podía llegar a ser. Alguien traicionó algo más que unos votos con él siendo niño, rompiendo y resquebrajando todo lo que ese joven pudo llegar a alcanzar de felicidad. Como Dave Boyle en Mystic River (2003), una mano oscura impidió a un nombre realizarse, quedando todo a medio escribir…

No habrá paz para los malvados

El acto del lavatorio de pies es uno de los más recordados en los evangelios, hasta el punto de que, a día de hoy, en muchos países de tradición católica, sigue escenificándose los Jueves Santos con los propios obispos escenificando el momento en el que Jesús de Nazaret hizo ese acto de humildad con sus discípulos. Independientemente del credo religioso (o ausencia del mismo) de cada cual, es un ceremonial con una liturgia repleta de tradición y belleza en su mensaje. Es curioso que dos cineastas de gran talento lo hayan usado para dos películas poderosas, ambas rodadas en América Latina.

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La primera de ellas sería, obviamente, Él (1953) del maestro Luis Buñuel, donde el sencillo acto es aprovechado para mostrar la atormentada y morbosa personalidad del protagonista. La segunda, corre a cargo del propio Larraín, quien utilizará ese elemento para escenificar los males de una idea pervertida, terminando su trazado del círculo alrededor de su particular Club del Fuego Infernal, uno que, pese a no tener poderosos mutantes entre sus miembros, nada tendría que envidiar en tormento y oscuridad a la institución creada décadas atrás por Chris Claremont y John Byrne.

Abandonamos la casa con el firme propósito de no volver a pisarla, aunque sabedores de que nunca podremos olvidarla…

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