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El club de los poetas muertos

Por Enrique Fernández Lópiz

Volví a ver de nuevo esta película tras haber asistido a su estreno allá por 1989. Yo la tenía (ahora diré por qué hablo en pasado), por un cuasi icono del cine de las últimas décadas, en el estilo drama ceñido a la educación y la enseñanza. Y ahora que la he vuelto a ver digo lo siguiente: me parece que esta película ha estado sobredimensionada y ahora resulta un tanto desfasada en cuanto a las propuestas educativas que propugna y a otros aspectos a los que me refiero a continuación.

Por empezar diré, para quien no ha visto la película, que se desarrolla en un elitista y estricto colegio privado de Nueva Inglaterra, donde un grupo de alumnos, mediados por un carismático profesor de Literatura, descubrirán la poesía, el sentido de la fútil existencia y el significado del “Carpe Diem” –vivir el momento-, así como la necesidad vital de luchar por alcanzar sus sueños. Y todo ello, digo, gracias a un excéntrico profesor que despierta sus inmaduras mentes a través de recursos didácticos y pedagógicos poco ortodoxos. Ni que decir tiene que los chicos están encantados de que un profesor en ese contexto de severidad les diga que arranquen las páginas de un libro (¡horroroso visto por mi desde este momento de mi vida!), les haga escribir o improvisar poemas, les sugiera aventuras extraescolares (las reuniones del Club de los poetas muertos) o les invite a subir de pies encima de la mesa del profesor para ver la vida desde otro ángulo. No sé por qué en aquel 1989 estas cosas dieron tanto que hablar. Asocio con la para mí película igualmente sobrevalorada Rebelde sin causa de 1955 (película de Nicholas Ray) cuando un mediocre actor como James Dean se queja y rebela y protesta airadamente sin que nadie sepa por qué (de ahí el título, claro).

En cuanto a la reiterada alusión al Carpe Diem, todos sabemos que los jóvenes utilizan esta idea al modo equivalente del nihilismo que lleva a la fiesta o al exceso de determinada forma de vivir más o menos alegre, o como apología de la irresponsabilidad. Sin embargo, en el sentido original, según he podido analizar mejor, Carpe diem es una alocución latina de las Odas de Horacio que literalmente significa ‘toma el día’, que quiere decir ‘aprovecha el momento’, en el sentido de no malgastarlo. Así, es, no sólo “tomar el día” que apelaba a la belleza, sino también a la responsabilidad en el presente. O sea, en términos castellanos sería el dicho de: “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”. Y en la película, el sentido que se le quiere dar es un tanto al gusto del adolescente y no tal cual es el dicho.

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No sé si esta historia, contextualizada en la época a que se refiere el film, o sea, en la década de los cincuenta, cuando el clima y la realidad de los severos colegios privados eran asfixiantes, tenía alguna razón de ser. Eso es lo que parece contar el film, y cómo, el destino de unos estudiantes varones de uno de esos colegios se verá trastocado con la llegada del nuevo profesor, John Keating (Robin Williams), cuyo entusiasmo por la creatividad choca de manera frontal con el sistema tradicional de enseñanza.

Se trata de un film bien dirigido por Peter Weir y que obtuvo el Oscar al mejor guión de Tom Schulman, guionista a la sazón de corta trayectoria y al que le llovieron no pocas críticas, pues de las nominaciones, él era quizá el menos favorito, y fue el que se llevó el “gato al agua”, quedando Weir y Robin Williams en el dique seco. Además, el film mereció 4 nominaciones al Globo de Oro: Drama, Director, Actor, Guión; BAFTA: Película, Banda sonora. Nominada a Director, Actor, Guión, Montaje; y David di Donatello: Film extranjero. Nominada a Director y Actor extranjeros.

Hay películas de temas educativos muy llamativas y que para mí son más relevantes que esta, como Semilla de maldad de 1957 de Richard Brooks e interpretada por Glenn Ford (crítica en estas páginas); o Rebelión en las Aulas de James Clavell, 1967, con Sidney Poitiers. Sin embargo, esta película que comento, superó en fama y trascendencia a las otras. Y visto con calma el film, el drama que plantea carece de suficiente entidad por parte del guionista, desde mi modo de ver, y contrasta con el esfuerzo puesto por el director Weir, que procura no exagerar ni simplificar los puntos álgidos de la cinta, pues el guión es yo diría ondulante, con puntos de alto voltaje y otros en los que decae. La película quiere dar la sensación de rebelión, pero al no haber causa ni motivo para ello, lo único que queda es la historia simple de unos estudiantes de secundaria, en edad difícil y con los problemas de identidad propios de la adolescencia, y cómo se dejan maravillar y se hacen ilusiones con un profesor que es justamente eso: un ilusionista. Bien es cierto que procura una educación más participativa en la que el alumno se implica más. Así, no voy a negar que en esta obra el profesor colabore de manera efectiva con los alumnos para que éstos descubran sus propios caminos en una búsqueda conjunta, rompiendo con algunas pautas de la escuela tradicional. Pero ¿es eso suficiente argumento para una historia? Lo digo porque al final todo converge en un manido drama donde el joven Neil Perry (Robert Sean Leonard) gran aficionado al teatro, tiene un duro enfrentamiento con su severo padre, enfrentamiento que también me parece hipervoltado. Y tanto las reacciones del padre como las del hijo se exageran en el guión y dan lugar al drama y al linchamiento del profesor progresista como presunto ideólogo ante sus alumnos del desafío hijo-padre que desencadena la tragedia.

Resumiendo, Williams y Weir tienen un papel meritorio en este film bueno pero sobredimensionado; quizá haya que destacar a Weir en el eficaz clímax final. Igualmente son meritorias la banda sonora de Maurice Jarre, y la fotografía de John Seale rehuyendo de las luces de refuerzo y captando con naturalidad y sobriedad la toma de los paisajes de Nueva Inglaterra. Creo que es una película razonablemente buena, sin alharacas, correcta, aunque se ha exagerado su dimensión cinematográfica.

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