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El cine iraní y una película maravillosa de Majidi

Por Enrique Fernández Lópiz

Niños del paraíso es una maravillosa película, una perla del cine iraní, un cine mal conocido en España y que, empero, goza de títulos y directores de renombre internacional.

Cuentan las crónicas que la industria cinematográfica en Irán se inició en la década de 1900, cuando el Sah de Irán Mozaffareddín Shah Qavar, en un viaje por Europa conoció el cinematógrafo en la Exposición Universal de París, encargando a su fotógrafo, Mirza Ebrahim Jan Akkás Bashí, que adquiriese la maquinaria necesaria para llevar el cine a su país.

El surgimiento del llamado cine motefavet o cine diferente en las décadas de 1960 y 1970, marcó un giro en la industria filmográfica en Irán en el pasado siglo. El llamado cine motafavet tiene como influencia el Neo-realismo o la Nueva Ola, e impone un estilo realista, de arte y reflexivo, poco comercial, haciendo que la imaginación del cineasta cobre gran relevancia. Pero con la revolución islámica de 1979, la nueva censura se cernió sobre este cine. Ya no sería hasta los años noventa, cuando el cine iraní adquirirá de nuevo un creciente reconocimiento y notoriedad.

En ausencia de una prensa libre, el cine se convierte en el estado islámico en una sutil forma de crítica social. Tras las elecciones generales en Irán de 1997, los cineastas expresaron por primera vez públicamente sus opiniones políticas. La mayoría se pusieron de lado de candidatos progresistas como el ex ministro de cultura, Muhammad Jatami. En este nuevo período llegaron películas que trataban de mujeres y del amor, como Banoo-Ye Ordibehesht (La dama de mayo) de Rakhshan Bani-Ehtemad; o Do zan (Dos mujeres) de Tahminé Milaní, ambas de 1999.

Pero el verdadero reconocimiento de los directores iraníes ya había comenzado con la película sobre el mundo infantil El corredor de 1985 de Amir Naderi. El propio Naderi dice: «Mis películas están hechas desde el corazón; se basan en mi vida y creo que esa energía es la que llega al espectador.»; fue un film muy reconocido. Marcó igualmente un hito la película de 1987 Jādeha-ye sard (Rutas frías) de Massoud Jafari Jozani en el festival de Berlín, un film que sí ofrecía una mirada negativa del Irán de entonces. Aunque estas películas no eran favorables al gobierno, el Estado iraní apoyó su distribución en el extranjero, aunque en su país estuvieran prohibidas. Y el éxito del cine iraní fue confirmado por numerosos premios. Esto provocó que los cineastas iraníes se volvieran cada vez más exigentes en la calidad de sus trabajos.

Aunque había críticas negativas de occidente al Irán islámico y tradicional, directores de renombre como Abbas Kiarostami o Alireza Davoudnejad, apuntan que sus películas presentan los problemas de su país tal y como ellos los ven, sin entrar en asuntos políticos ni religiosos.

Una fecha importante es 1997, cuando se estrenó El sabor de las cerezas (Tam-e Gilas), de Abbas Kiarostami, que obtuvo la Palma de Oro del Festival de cine de Cannes. Algunos jóvenes cineastas aprovechando este acontecimiento, obtuvieron reconocimiento igualmente, como ocurrió con Bahman Ghobadi que consiguió la Cámara de oro en 2000 por su primer largometraje, Un tiempo para la ebriedad de los caballos (Zamāni barāye masti-e asbhā); o Samira Makhmalbaf, la hija de Mohsen Makhmalbaf, que dirigió Las manzanas (Sib) en 1998, a la edad de 18 años, con notable éxito.

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Desde entonces las películas iraníes han sido regularmente nominadas o han ganado premios prestigiosos en Venecia, Cannes, Berlín, etc. En 2006, nada menos que seis películas iraníes representaron al cine de su país en el Festival Internacional de Cine de Berlín, todo un acontecimiento para el cine persa.

En este contexto, hablo hoy de Niños del paraiso. Se trata de una película magistralmente dirigida por Majid Majidi, con un gran guión del propio Majidi. Majidi se declara en este film como un excelente director, uno de esos cineastas capaces de emocionarte con una historia sencilla, casi minimalista, con una dirección brillante y lúcida. Tiene la película además una música bellísima de Keivan Jahanshahi, amén de una fotografía de lujo de Parviz Malekzade. En el reparto hay niños, también adultos, con actuaciones de sorprendentes de parte de Amir Naji, Amir Farrokh Hashemian y Bahare Sediqui.

El film trata un drama infantil en el que dos hermanos en edad escolar pasan por un trago amargo, para las precarias condiciones que viven. La pequeña Zhore, la hermana pequeña de la familia, ha perdido sus zapatos porque su hermano mayor Ali los ha extraviado, como luego contaré mejor.

En 1997 consiguió el Premio a la mejor película en el Festival de Montreal. Y en 1998 fue nominada al Oscar como mejor película de habla no inglesa.

Es una película de escasísimos medios, lo que se hace evidente en su planificación, fotografía, actores prácticamente aficionados y los escenarios de las mismas calles en los barrios pobres de Teherán. Pero algunas elipsis y escenas de singular encanto compensan con creces estas dificultades de producción. Niños del paraíso muestra de manera patente que se puede realizar un cine hermoso sin muchos medios técnicos ni económicos. Lo que hace falta es una buena historia que contar, una historia humana, y la elección de los actores adecuados (niños maravillosos en este caso). Con estos sencillos ingredientes Majidi ha creado una película exquisita cargada de sentimiento. A uno se le remueven las entrañas cuando ve los llorosos ojos de del niño o la triste cara de la pobre niñita que ha perdido sus zapatos. Película triste, sí, pero humana, cargada de esperanza y muy bella. Majadi nos da una lección: en el cine lo importante no es el dinero, sino la historia que quieres contar y las ganas de contarla bien.

Como decía y ahora explico mejor, la historia cuenta las vivencias de una familia muy humilde de los barrios bajos de Teherán, y más concretamente las experiencias de dos niños hermanos, Alí de 10 años y Zahra de 9. El relato gira alrededor de la pérdida de unos viejos zapatos de Zahra, recién reparados, y que justo al recogerlos Alí extravía en una verdulería mientras compra unas humildes patatas. Sin estos zapatos su hermana no podrá acudir a la escuela. Como quiera que haya serios problemas económicos y de salud en la familia, los dos hermanos deciden no contar el hecho a su padre, para evitar su enojo, y porque además el progenitor no tiene dinero para comprar otros zapatos nuevos. Los niños entonces acuerdan que Zahra, que estudia por la mañana, utilice las zapatillas de Alí, y éste las utilice en la tarde que es cuando él va a la escuela.

Hay escenas memorables, como cuando Zahra termina sus clases y corre agitada y veloz por las laberínticas y angostas callejuelas llenas de dificultades y charcos, calles de una gran pobreza, que son las que rodean la escuela. Y así, hasta llegar al punto de encuentro con su angustiado hermano, que la espera impaciente para ponerse él los zapatos y no llegar tarde. Así que en un momento intercambian las zapatillas por las chancletas, y entonces es Alí quien emprende una frenética carrera hacia su escuela. Lamentablemente, en varias ocasiones llega tarde con la consiguiente reprimenda del Director de la escuela; incluso en una ocasión le impide la entrada a clase, lo que finalmente evita su maestro que lo reconoce como un excelente y estudiosos alumno.

En esta joya, como digo de escasos recursos técnicos, y un Majidi entonces desconocido se sustenta en un soberbio guión del que también él es autor. La fuerza de la historia es tan avasalladora que nos empuja a seguir a sus personajes e involucrarnos en sus peripecias. Nos angustiamos y sonreímos al compás que nos marca su director, hasta que nos conduce a un final apoteósico, soberbio y efectivo.

Los niños inundan la pantalla y nos hacen olvidar los absurdos problemas en los que nos vemos involucrados los occidentales. Sus carreras por las angostas calles nos mantienen en vilo, lo cual se aleja del tópico que definía el cine iraní de lento. Es destacable una gran música muy bien utilizada que acentúa la tensión del film.

Esta joya iraní testimonial y necesaria para las personas que trabajan en la comunicación y sobre todo la educación infantil, evidencia cómo los problemas de los adultos cruzan y modifican la vida de los niños de forma muy importante, sobre todo cuando se trata de la pobreza y las desigualdades sociales.

Y no hay que perderse el emocionante final, en el que Ali tratará por todos los medios de conseguir unas nuevas zapatillas para su hermana, en una competición deportiva.

Pura poesía, cine bello y emotivo, una película que no es comercial, que no tiene efectos especiales, pero un film que deja huella.

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