Image Image Image Image Image Image Image Image Image

El buen pacifista de Gibson es todo un ángel exterminador

Por Enrique Fernández Lópiz

Vengo de ver esta nueva película de un Mel Gibson que llevaba diez años sin hacer cine. Su título español, Hasta el último hombre, y menos mal que venía con la aureola del antibelicismo y el antimilitarismo pues si hubiera sido lo contrario, la sala habría estallado en mil pedazos. O sea, que aún me estoy quitando, no sólo la metralla y la sangre salpicada, sino que también siento ciertas secreciones salivares y lacrimales alrededor de la arquitectura castrense, cuando se suponía que tenía que haber salido limpio henchido de gozo por una severa crítica a las guerras y a los estamentos que las propician. Pues no. De eso nada. Para la Historia del cine quedará el paradigma de un cine de pura guerra cruenta, “donde Gibson se hace paradoja: el pacifista más sangriento del mainstream yanqui” (Sánchez).

Se cuenta en la película la vida inspirada en hechos reales de Desmond Doss, que figura en la historia del Ejército estadounidense como el primer objetor de conciencia capaz de ganar batallas y el primero también en recibir el más alto galardón del país americano, la Medalla de Honor del Congreso. Estamos ante el biopic de una especie de mártir inicialmente incomprendido, pero que acaba demostrando su arrojo y heroicidad ante los descreídos que habían disfrutado humillándolo e incluso agrediéndole. Este joven enfermero militar (de médico nada) se desempeñó como tal en la Batalla de la colina de Okinawa, colina de nombre Hacksaw Ridge, que es como originalmente se titula el film, en el Pacífico, durante la II Guerra Mundial.

La película no se interesa tanto en los avatares de este homérico joven, como en el poder real y “bélico” de su fe, matiz éste importante para su director Gibson, quien declara estar preocupado por hacer una película coherente con su ideario: “Siempre he hecho cine entretenido, educativo y, lo más importante, elevado. Es decir, que intenta elevar al espectador por encima de la simple historia“. Gibson, hombre que se dice muy cristiano, católico para más señas, sustenta su carrera curiosamente “en unas fuertes convicciones que se manifiestan en su querencia por lo truculento. Este férreo correaje pastoral le permite […] observarlo todo desde su posición cenital favorita […] (y dotar de) una dosis de trascendencia que, jugada con tino, eleva un argumento que habría podido devenir en telefilme de héroe de sobremesa a la categoría de dignísimo cine de la II Guerra Mundial” (Marañón).

el-ultimo-hombre-2

El protagonista, Desmond Doss, salvó de morir él solito, cuando ya todos se habían batido en retirada, a setenta y cinco hombres gravemente heridos en unas circunstancias terribles y teniendo que descolgarlos colina abajo plan acantilado, con la mera ayuda de una soga y sus brazos. Con el mismo ardor con que combatió a las autoridades militares que no lo querían en el ejército por negarse a manejar armas, se jugó la vida en condiciones extremas rescatando de las llamas y el fango a una buena parte de sus compañeros de filas. Pero hay un elemento primordial cuando nos preguntamos cómo sobrevivió Doss a aquel infierno de fuego y violencia descarnada sin ni siquiera una simple pistola. Gibson, desde su inconmovible fe cristiana, “filma la historia casi como un milagro, porque aunque ocurrió realmente, parece una ficción” (Quim Casas). Así es, la historia es verídica, pero en el film, las constantes invocaciones del protagonista a Dios para que le ayude a salvar más vidas “hasta el último hombre”, la biblia siempre junto a él, etc., ofrece toda la impresión al espectador de estar contemplando una maravilla del Cielo en toda regla, una acción casi sobrenatural.

La director de Gibson es sin duda encomiable, con aspectos notorios, como esa capacidad “para detonar en las retinas” (Martínez); una pericia técnica de la que resulta una calidad abrumadora, que consigue construir “una de las mejores (y más duras) secuencias bélicas de lo que va de siglo” (Marañón).

Buen libreto de Robert SchenkkanRandall WallaceAndrew Knight, aunque una parte importante de él se queda en el aspecto formal, sin que me haya parecido que aporte nada nuevo a esta tipología del cine bélico. Además, el guión tiene dos planos cruzados que son antagónicos. De un lado el pretendido buenismo de la objeción de conciencia, el mandato divino que el muy religioso protagonista lleva a rajatabla de “no matarás” y por lo tanto la decisión de no hacer uso de instrumento de guerra alguno. Y de otra parte, el mismo protagonista formando parte y con orgullo de toda la maquinaria castrense, gente impelida a matar o morir y de la que Doss se siente orgulloso e incluso inspira como luego diré. O sea: “Con su eficacia habitual, Mel Gibson defiende el derecho de objeción a tiros” (Marañón). Curioso artilugio semántico, a eso se le llama “servir a dos señores a un tiempo y tener a cada uno contento”.

Buena música de Rupert Gregson-Williams y una esplendorosa e intensa fotografía de Simon Duggan. Excelente puesta en escena, efectos técnicos y exteriores.

El reparto hace aguas en sus personajes principales. Andrew Garfield interpreta un papel que no le va ni da la talla para él con ese remilgado carisma que pretende ofrecer y que más bien parece un híbrido de individuo entre lánguido y místico por no decir otra cosa como anémico, atolondrado o similares. La novia-esposa está interpretada por una equivalente Teresa Palmer que, empero sus limitaciones, es una muchacha monísima para mi gusto, aunque le toque un papel cursilón y flojo. Y me parecen mucho mejor los actores de reparto; la mayoría hacen de militares, claro, como Sam Worthington, Luke Bracey, Vince Vaughn, Hugo Weaving (excelente como padre alcohólico, excombatiente y atormentado), Rachel Griffiths (actriz con recursos), Richard Roxburgh, Matt Nable, Nathaniel Buzolic, Ryan Corr, Goran D. Kleut, Firass Dirani, Milo Gibson (hijo de Mel Gibson) y Ben O´Toole.

Premios y nominaciones en 2016 hasta la fecha (6/12/06): Festival de Venecia: Sección oficial (Fuera de concurso). National Board of Review (NBR): Mejores 10 películas del año. Critics Choice Awards: 7 nominaciones incluyendo mejor película y director. Satellite Awards: 9 nominaciones incluyendo mejor película y director.

La película es abundante en escenas de gran dureza y realmente espectaculares, con cuerpos reventados al ritmo de las bombas, cabezas estallando por la balacera de las armas automáticas, intestinos enfangados, amasijos de carne sanguinolenta, en fin, impactante. Me recordaba a las escenas del desembarco de Normandía de la famosa película de Spielberg Salvar al soldado Ryan (998). Pero en este caso son incluso más fuertes, más ofensivas, como un grito universal, un contundente regreso de Gibson al drama violento que excita el pulso y sube la tensión arterial, escenas fuertes y crudas.

Por lo demás, sigue la línea gibsoniana de sacar a la luz la barbarie y los impulsos más primitivos de nuestra especie: crudeza, suciedad, sin dejar nada desagradable o maloliente como las ratas sobre los cadáveres, al margen, todo en el foco; algo que ya vimos en películas suyas como Braveheart (1995); La pasión de Cristo (2004); o, Apocalypto (2006), cintas todas cargadas de plasticidad, cromática sangrienta y enorme acrimonia.

La cosa es que sin duda Gibson tiene talento, es un director de los buenos. Sin embargo, el manto antibelicista y antimilitarista con que ha pretendido vestir esta película es un manto traslucido que hace mucha agua. Como prueba evidente, al final, lo que se puede ver, lo que se subraya, la conclusión principal y lo que vale es cómo el poder de la fe del joven Doss, ese convencimiento absoluto del soldado-enfermero en el poder de Dios, es lo que le da ánimo y fuerzas a todo batallón para que se convierta en una auténtica maquinaria de matar nipones a docenas en el segundo asalto a la colina, batalla que por ganada ya ni se muestra (a.D.g.). Pero hete aquí que Doss se ha transmutado de joven bueno y cristiano de Indiana, en el mesías que inspira a todo el escuadrón, cual Santiago mata moros, a cargarse a cuanto japonés se ponga por delante, y no a lo contrario: la concordia, la fraternidad, y todo eso. Creo que Gibson hubiera podido prescindir al menos de esta basura, de este mesiánico y maquiavélico mensaje que además dudo que fuera cierto. Este es un punto crucial, por confuso, engañoso y contradictorio con el espíritu supuestamente antibelicista del film.

Amigos, yo, muchos de nosotros hemos visto películas antimilitaristas y anti-guerra que no dudan un ápice en su desarrollo sobre este extremo que presumen. Sin querer ser exhaustivo, recomiendo varias de estas obras cumbres para que podamos entender la diferencia grande entre estas cintas y la de Gibson. Así, Senderos de gloria (1957), de Stanley Kubrick; El cazador (1978), de Michael Cimino; Apocalipse now (1979), de Francis Ford Coppola; La chaqueta metálica (1987), también de Kubrick; o, por no extenderme, En el valle de Elha (2007), de Paul Haggis. Y hay más. Una obra anti-bélica o anti-militar debe poner en evidencia y sin fisuras que la guerra es detestable, que cualquier guerra está, al fin, compuesta de batallas y victorias pírricas encadenadas en las que todos sin excepción pierden. Aquí Gibson mete la pata estruendosamente.

Concluyendo, Gibson podría haber hecho (al parecer quería) una película que ensalzara las virtudes de la no violencia, y el resultado es la producción más brutal de Hollywood en muchos años. Además, el universo moral de la obra no puede ser más simple y a la vez contradictorio. Eso sí, con golpes de efecto dramático que rozan la tosquedad como nunca antes en sus otros films: soldados que gritan envueltos en llamas, miembros despedazados, decapitaciones, vísceras por doquier, ratas; pura casquería a mayor gloria de la era digital y los efectos técnicos. Y Doss cual figura mesiánica es mostrado bautizado en sangre o en posición crucificada o literalmente ascendiendo a los cielos. Y para más, el bueno de Doss no tiene reparo alguno en que su santidad infunda ánimo a sus compañeros para que sigan matando a todo meter. Se puede incluso pensar que esta película sirve para “glorificar la intransigencia religiosa y predicar la superioridad moral de quienes practican la fe” (Alegré). De pacifismo nada, de violencia, mucho. ¡Ay Mel, Mel! ¡Es que se han metido mucho contigo, Mel! ¿Por qué sería?

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=QzajsOxaLYA.

It's only fair to share...Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on LinkedIn0Email this to someone

Escribe un comentario