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El buen chico, una historia familiar

Por Javier Fernández López

Cuando Don Mancini puso sobre la mesa un guión del género de terror en 1988, pocos hubiesen dicho que la repercusión de la película iba a continuar durante generaciones. La dirección de aquél guión quedó en manos de Tom Holland, que por entonces vivía ciertas dificultades a causa de algunos proyectos que no llegaron a éxito como Belleza mortal (1987). ¿De qué película estamos hablando? De la del famoso “good guy”, Muñeco diabólico (Child’s Play), la película que narra los asesinatos del famoso muñeco asesino Charles Lee Ray, mejor conocido como Chucky.

El próximo 8 de octubre llega al mercado doméstico la sexta entrega de una de las sagas de terror más conocidas de la historia del cine. Acostumbrados a asesinos de dos metros con machetes o a algunos un poco más originales que se meten en nuestros sueños, Chucky fue todo un acierto en la gran pantalla. Pero la trampa consistía en el público escogido, porque todo hay que decirlo, si Chucky supuso un éxito a finales de los 80 fue porque una gran parte del público que vio la película fueron niños, ya que el tráiler insinuaba una película ciertamente infantil, ¿a qué adulto le podía interesar eso? Aunque al cine fueran adolescentes, la película tuvo grandes ventas en el mercado doméstico entre el público de corta edad. Déjenme decir que varios de mis amigos por entonces tenían esa película entre todas aquellas del mundo Disney.

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La primera entrega es, sin duda alguna, la más terrorífica de toda la saga. Un niño sueña con tener el famoso muñeco Good guy que tanto anuncian por televisión. Su madre, soltera y con un trabajo mediocre, también sueña con hacer feliz a su hijo. Por causas del destino, un vagabundo acaba vendiéndole el famoso juguete por poco dinero. Lo que desconoce la madre es que dentro de ese muñeco habita el alma de un peligroso asesino (interpretado por el ya más que conocido Brad Dourif), que antes de morir transfirió su alma al muñeco para salvarse.

Me gustaría señalar la que creo que es una de las mejores escenas de terror de todos los tiempos. Es tal su simpleza que llega a ser magnífica. Aviso de spoiler para quienes no hayan visto la película. Cuando Chucky ya ha matado a varias personas, la policía cree que el asesino es Andy, el niño protagonista. La madre está angustiada ante tal situación, su hijo afirma que es Chucky el culpable, ¿cómo poder creerse algo así? La madre se va a casa con el muñeco, su hijo está internado en un centro psiquiátrico, y en un momento de desesperación le pide al muñeco que hable, una motivación provenida de ese amor maternal que hace que creamos en nuestros hijos. Le grita desesperada, y Chucky sólo dice su famosa frase estándar de “Eh, ¿quieres jugar?” Ríe de locura, indignada, se va a la cocina, mira con desprecio la caja del muñeco, la coge y… ¡caen las pilas! Para mí, una escena sensacional digna de un guión bien elaborado y construido. Esa escena lleva al espectador al punto máximo de tensión, el muñeco ha estado hablando sin pilas durante toda la película, ¿qué haríais vosotros?

Con la saga Muñeco diabólico también hemos visto la evolución de algunas técnicas del cine. Con sus respectivas secuelas, hemos podido disfrutar cada vez de un muñeco mejor elaborado que iba dejando atrás el uso de dobles diminutos. Porque una de las claves de la saga es la sencillez con la que están hechas las películas, sin buscar escenas hechas por CGI ni nada por el estilo. Bien es cierto que hay a veces alguna ayuda de efectos especiales, pero poca cosa, nada de altos vuelos.

La cuarta y quinta entrega hicieron de la saga una comedia porno-gore donde Chucky, más que asesino terrorífico, es una parodia de sí mismo. En la cuarta entrega le vemos con Tiffany, una antigua novia de cuando Chucky seguía siendo humano, y que por una cuestión de venganza acaba convertida también en muñeco, o más bien, muñeca. La cuarta entrega tiene además una de las escenas de asesinato más originales de la saga (aviso de spoiler) en la que asesinan a una pareja en una cama mediante los espejos del techo.

La quinta entrega ya fue el desmadre absoluta de comedia absurda, en la que vemos al hijo de Chucky y Tiffany: Glen (o Glenda). Llevada al punto máximo de autoparodia, la película La semilla de Chucky realmente afirmaba la repercusión tan mediática de la saga, burlándose de películas de culto como El resplandor, hasta matar a la dulce princesa del pop Birtney Spears. Era una de esas películas extrañas en la que los actores hacían de ellos mismos pero parodiando sus propios egos.

Quizá la saga sea poco valorada por la crítica, pero eso quizá le da más mérito por haber superado la mayoría de los obstáculos que se ha encontrado, llegando incluso a renovarse de la forma más original posible. Ahora, este 2013 llega la sexta entrega, dirigida por su creador Don Mancini, que devuelve al muñeco a sus orígenes del género de terror. También se ha dicho que se prepara un remake/reboot de la saga, como ya ha pasado con Pesadilla en Elm Street o Viernes 13. Lo cierto es que si el encargado de ello es Don Mancini, los fans del muñeco diabólico no tienen por qué preocuparse.

Chucky dio forma a una de nuestras peores pesadillas, en la que nuestros juguetes, amigos de la infancia, acaban convirtiéndose en el mayor peligro imaginable. El legado del muñeco diabólico está ahí patente, tanto que en La novia de Chucky vemos un cameo de varios de los objetos que usaban los asesinos más famosos del cine, como la máscara de Jason Borges.

¿Y por qué el título de este artículo? Pues no es porque la saga al final fuese una historia de una familia de muñecos asesinos, sino porque al final todo queda en familia, desde el director Don Mancini, padre de la saga, hasta la actriz protagonista de la sexta entrega, Fiona Dourif, hija de Brad Dourid, quien le ha prestado su voz en cada una de las películas de la saga. En esta película, Chucky llega para terminar un trabajo que empezó hace ya 20 años. ¿Lograrán sobrevivir? Ya de por sí, les será difícil esconderse.

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