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El bebé de Rosemary

Por Javier Morales

Que Roman Polanski es uno de los grandes no deja lugar a dudas. Que su vida no es lo que podemos llamar “sencilla” o “regalada”, tampoco. Ya su infancia fue un infierno evitando caer en Auschwitz, donde su madre fue exterminada y su padre pasó unos años puñeteros. Lógicamente eso marca a cualquiera. Pero si cuando el éxito de tu vida viene acompañado del asesinato de tu mujer embarazadísima por un psicópata zumbado como Charles Manson es como para no sobrevivir.

El tipo, valiente desde luego, no sólo tonteó con el tema demoniaco en La semilla del diablo, desafortunado título español que revela toda la gracia de la película, sino que años después adaptó El club Dumas del petardo Reverte en su simpática y entretenidísima La novena puerta.

Bueno, volvamos al caso que nos ocupa, una de mis pelis de terror favoritas.

Polanski había destacado -y mucho- con películas personalísimas, propias y fantásticas como Repulsión en el 65 y Callejón sin salida en el 66 y había rodado una cinta que no tuvo buena acogida y con los años se ha convertido en una peli de culto total, El baile de los vampiros del 67, en la que conoció a la que posteriormente fue su esposa, la preciosa Sharon Tate. Por aquel entonces, el escritor Ira Levin, autor de algunas de las novelas que han marcado mi vida profesional, como Las viudas de Stepford, Los niños del Brasil o Bésame antes de morir, había presentado ya su libreto de Rosemary’s baby, que contaba la historia de un matrimonio neoyorquino que se muda a un edificio y conoce a unos vecinos peculiares que ponen sus vidas patas arriba, quizás influenciado por la fundación en 1966 de la Iglesia de Satán con Antón Le Vey como cabeza destacada. William Castle, productor de destacadas pelis de serie B se hizo con los derechos de la novela y se presentó en Paramount para entregársela a ver qué opinaba Bob Evans, tipo listo que fue quién se empeñó en que, aunque Castle la produjera, sería Polanski el que la dirigiría.

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El proyecto llegó a manos del director de manera casual, encubierto tras otra propuesta, y tras leerlo, quedó prendado y obsesionado con hacerse con la dirección y con el papel de guionista. Lo logró y sólo treinta días después el guión estaba acabado.

Para las localizaciones de la peli eligieron el simbólico edificio Dakota en Central Park, que más tarde se haría célebre por ser donde asesinaron a John Lennon, pero que fue una de las decisiones perfectas de la película.

Ahora había que encontrar un buen reparto. Y lo hizo. Estaba empeñado en que la protagonista fuera Jane Fonda o Tuesday Weld, pero Evans se empeñó en que nadie mejor que Mía Farrow lo haría. La actriz, preciosa, delicada y elegante había alcanzado la fama como protagonista de un culebrón y su matrimonio con Sinatra, pero aún no había hecho nada memorable pero con su fragilidad, sus expresivos ojos extraños y su delicada figura rozando lo enfermizo era la opción perfecta y Polanski enseguida lo tuvo claro. Como anécdota cabe destacar que aunque el corte de pelo que luce en la película siempre se ha achacado a una decisión de Vidal Sasoon para la cinta, ya lo tenía corto por exigencias de su personaje en el culebrón Peyton Place. Para su marido hubo varios interesados de por medio, Redford, Nicholson y otros tantos. Pero, finalmente, todos estuvieron de acuerdo en que la química que tenía la Farrow con John Cassavetes era inmejorable. La actriz Ruth Gordon, que acabó ganando premios a raudales por el papel, se incorporó como la vecinita anciana que esconde algún que otro secretillo y para su marido decidieron elegir a Sidney Blackmer. Ambos representaban un encantador matrimonio aparentemente incapaz de ninguna maldad y Polanski sabía que sería una de las bazas definitivas. Completando el reparto, el grandísimo Ralph Bellamy como ginecólogo malvado y Charles Grodin como contrapartida, médico bueno.

El 21 de agosto de 1967 y con un presupuesto casi independiente, de dos millones de euros, comenzó el rodaje, que aunque siempre se afirmó que siguió un orden cronológico, aprovechó el cambio de estaciones en la preciosa ciudad de Nueva York para rodar de manera bastante desordenada, pero a la vez tranquila y poco exigente con los actores, por lo que resultó bastante sencillo, al parecer. Al set de rodaje acudían estrellas como Tony Curtis, Joan Crawford o Lauren Baccal, imagínense que pedazo de privilegio.

La magia de la película es que está construida a pequeños pasos. Comienza como una comedia cualquiera de la época pero, poco a poco, se van añadiendo momentos, detalles, que el espectador va interpretando hipnotizado. Polanski juega hasta el final con la ambigüedad, mucho más que Levin en su novela, haciendo que el público dude de si el personaje de la Farrow está en sus cabales y realmente el componente satánico existe o está chiflada, como sus ojeras y mal aspecto en pleno embarazo sugiere. Era una especie de “cine de terror sin terror” que nunca antes se había tratado así.

Todo iba sobre ruedas hasta que la Paramount empezó a recibir amenazas de grupos satánicos que no se tuvieron demasiado en cuenta por desgracia. En diciembre del 67 el rodaje estaba terminado y comenzó la postproducción que redujo gran parte de la duración de la cinta y la banda sonora, una obra maestra de Christopher Komeda que aún a día de hoy me sigue poniendo la carne de gallina.

El éxito del estreno fue rotundo. Toda la prensa especializada, unánime, alababa la manera de provocar terror psicológico mostrando sólo escenas bastante normalitas y poco exageradas, incluso Truman Capote se declararía fan incondicional de la historia. Recaudó unos 34 millones de dólares, por lo que Polanski sólo podía estar satisfecho con el resultado del film. La acogida europea fue aún mejor y el mercado del VHS hizo de la película una mina de oro para la productora. Polanski pasaba a ser el director del momento, Mía Farrow, que sufrió el desdén despechada del abandono de Sinatra en pleno rodaje, vería cómo le llovían los papeles y las ofertas después de la cinta y, como hemos dicho, Ruth Gordon, que había estado nominada cuatro veces al Óscar, lo lograba por fín por el papel secundario, pero decisivo, de la vecina viejuna.

Inevitable es acabar esta crítica sin relatar la desgracia tremenda que sobrevenía en la vida de Polanski. Su mujer, Sharon Tate fue brutalmente asesinada en un estado de embarazo avanzadísimo junto a tres invitados en la casa del matrimonio. El asesino, tristemente célebre, por mucho que se cobijase en el rollo ocultista, era un loco de manual, el repelente y despiadado Charles Manson y “su familia”.

Polanski, que parecía incapaz de sobreponerse a la desgracia, salió adelante, regalándonos peliculones y dando de qué hablar a los medios con las polémicas que se le atribuían. Pero esa es otra historia, mucho peor, sin duda, que la del Bebé de Rosemary.

Comentarios

  1. Toni Ruiz

    ‘La semilla del diablo’ es probablemente mi película de terror favorita. Todo en ella funciona a la perfección. Y Roman Polanski es un auténtico genio. Me alegra que menciones ‘Repulsión’, también espeluznante en su retrato de la locura del personaje de Catherine Deneuve.

    Exhaustivo artículo, como siempre.

  2. Miguel Ávalos

    Dos palabras: OBRA MAESTRA.

    Enhorabuena por el artículo y un saludo.

  3. LUCHI

    Cuanto aprendemos con tus críticas… Sabía poco de la peli, que me encanta, pero de la vida personal de Polanski apenas nada.
    Eres muy bueno, Javier
    Mis felicitaciones

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