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El baile del cazador

Por Marcos Cañas Pelayo

No existe ninguna edad en que seamos críticos más pasionales que durante nuestra infancia. Piensen en que cuando les leían un cuento que les encantaba, no importando oírselo recitar a sus padres una y otra vez. De hecho, pobres de ellos si se saltaban una parte o acortaban algún tramo por cansancio; de inmediato, el niño o niña, que ya se lo sabía de memoria, les corregía. Y es que daba igual saber el inicio, nudo y desenlace. De hecho, producía un tremendo placer conocer como la palma de su mano a cada pieza, las cuales iban a llevar a ese punto magistral que nos embelesaba de aquellas páginas.

Desde hace algún tiempo, empieza a rondarme la idea de que El ciudadano ilustre (2016) va a adscribirse a esa categoría en la videoteca. El film de Mariano Cohn y Gastón Duprat impacta la primera vez que se ve. Ambos artistas narran el viaje de vuelta a su pueblo natal de un premio Nobel de literatura, Daniel Mantovani. El lugar se llama Salas y es de los que no se olvidan. Pero, superada la impresión de ese primer visionado, el film aguanta futuras visitas, sin que importe lo más mínimo que ya sepamos de carrerilla el prólogo y los cinco capítulos que componen este retorno.

La invitación, Salas, Irene, El volcán y La cacería. Cada pequeño capítulo de ese quinteto sirve para vertebrar la cinta. Como en las grandes narraciones, cada escena tiene su propósito oculto, no se presentan personajes, ni siquiera los más secundarios, a no ser que tengan el propósito de ir orientado a la audiencia acerca de cómo se va a ir efectuando esa danza.

Oscar Martínez da vida a Mantovani, siendo creíble desde la antesala de relato, un inusual discurso de aceptación del galardón en Suecia. O quizás no tanto. Talentos como Vargas Llosa han pasado por ese ritual aseverando algunas palabras que luego pudieron volverse en su contra. Cecil B. DeMille afirmaba que toda historia debía comenzar con un terremoto y luego ser capaz de mantener esa sensación ante la persona espectadora de la misma. Con todo, El ciudadano ilustre es una erupción paulatina, aunque su lava termine inundando todo, un perfecto exponente de lo mejor que puede ofrecer el cine argentino.

El protagonista es un personaje peculiar, más en un país donde Messi es tachado de pecho frío y Borges fue nombrado inspector de aves de corral. Talentos siempre bajo sospecha. Lo afirmaba Ángel Cappa, cuando expulsan a un futbolista de la cancha, el entrenador afectado decide sacar al mejor de su equipo y colocar a un defensa áspero. Mantovani, pese a la gentil invitación, no ha cosechado tanto cariño en su tierra como pudiera pensarse.

Pero el escritor acepta, buscando algo que perdió. Tal vez, como él mismo bromea con un tinte de cruda realidad, sienta que el galardón marca un antes y un después para su labor creativa. Casi imperceptible, si bien dice mucho, el gesto de su representante cuando Mantovani decide acudir alejado de boato a Salas, el lugar desde donde huyó para acabar en Barcelona. Tampoco es casual la ubicación en la Ciudad Condal, máxima representante de aquel movimiento editorial avalado por Carmen Balcells y que se conoció como el boom de la literatura de América Latina.

Sin ese eficaz apoyo, el literato se va a ver solo ante el peligro. No es casual, la invitación debe mostrarle obstáculos amables fáciles de superar, que se irán tornando en más agresivos conforme se vaya entrando en la trampa. Este Nostoi particular le hará enfrentarse con sus propios miedos, pues no fue capaz de volver allí ni tras el fallecimiento de sus padres. No sorprende contar tanto de un protagonista en tan poco tiempo, sino el fino humor negro con el que todo se realiza.

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Cuando los guionistas de la mítica Cheers decidieron hacer un spin off sobre uno de los personajes más queridos del ficticio bar de Boston, el doctor Frasier Crane, se dieron cuenta de una cosa. Frasier iba a ser la serie sobre un psiquiatra talentoso con problemas para enfocar su propia vida, incapaz de aplicar en sí mismo los consejos que daba a sus oyentes en un prestigioso programa de radio en Seattle. Los escritores del show sabían que muchas veces harían gags sobre su pedantería y falta de pragmatismo; eso sí, desde el primer instante se prometieron que nunca traicionarían la inteligencia del personaje. Se burlarían de él mucho sin quitarle los méritos que eran suyos en justicia.

Mantovani está cortado por el mismo patrón. Presenta las dificultades logísticas de un urbanita poco propenso a lidiar con el mundo rural. Eso sí, cuando acaba perdido en una carretera de mala muerte con un peculiar chófer enviado por el pueblo, es capaz de improvisar un maravilloso cuento sobre dos hermanos bajo la hoguera. Si se conocen bien las debilidades de alguien, parecemos más predispuestos a disfrutar de sus virtudes.

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¿Qué es Salas? Cada vez que la cámara nos la presenta, advertimos cosas nuevas. Ante un no muy favorecedor busto de su persona, Mantovani hará una cita sobre una frase que un día le habría dicho García Márquez. Igual que el añorado Gabo, el recién llegado ha inventado poco de su Macondo particular. No es realismo mágico, simplemente se trataba de tener ojos y sensibilidad para trasladar al teclado un lugar muy concreto.

El casting efectuado es brillante. Intérpretes de carácter y que dejan la sensación de conocer muy bien a estas pintorescas gentes. Eso sí, en muchas de esas personas late una ofensa que tiene un punto de legitimidad. Este tipo tan celebrado que exhiben con reinas de la belleza los desnudó ante el mundo, mostrando sus miserias sin la más elemental piedad. Borges, quien nunca ganó el Nobel en una de las decisiones más injustas que se recuerdan en las letras, hubo de combinar la adoración que suscitó en sus compatriotas con otro sector de los mismos que le tachaban de vendedor europeizante, encantado de entretener a los más esnobs del otro lado del Atlántico con sus rarezas.

Un impecable Marcelo D´Andrea es el actor que lidera esa oposición, siendo el líder del pequeño círculo de académicos locales. Indignado ante ese hijo pródigo a quien, ironías de la vida, ha leído más que cualquier de los críticos literarios que le premiaron, es el estilete que le acusa con el dedo de vende-patrias. Siempre se ha dicho que cuando se cayó el corralito, el cine argentino comenzó a pensar y a hacerlo muy bien; pocos filmes han exhibido mejor ese hecho que los inteligentes, vivaces y tragicómicos diálogos que jalonan esta función.

Los directores tampoco se hacen grandes ilusiones sobre el club de fans de quienes admiran a Mantovani. Su primera clase magistral en Salas estará repleta de incondicionales. Sin subrayarlo en exceso, iremos viendo en cada capítulo cómo se va vaciando el hemiciclo. Eso sí, los que permanecen disfrutan enormemente de su ingenio, de la viveza de sus palabras. Siendo un film netamente albiceleste, ese fenómeno de patria chica, retorno agridulce a Ítaca, no deja de tener un carácter universal que puede ser entendido en cualquier parte.

Sirve el cuento asimismo para poner el dedo en la llaga en las políticas culturales de trazo grueso. Manuel Vicente es Cacho o, mejor dicho, el señor intendente. Una clara parodia e ironía de lo que hay en la actualidad traficando con una palabra que debería ser sagrada, aunque, no podría ser de otra forma, también tiene parte de razón en su posición conservadora en el conflicto. Mantovani estará unos días y se marchará lejos, siendo él quien tendrá que lidiar con los “académicos” del pueblo cada día.

Finalmente, llega La cacería. Y no importa qué adivinemos por qué se ha ubicado al final este desenlace tan anhelado. No importa intuir el final entre los párrafos de la novela si nos ha llevado por donde ella ha querido, haciéndonos cómplices. El nudo de todo es el conflicto emocional más profundo de los que van a suceder con Mantovani. La tensión soterrada que existe con su mejor amigo de Salas, casado con Irene, la ex novia del propio escritor.

Dady Brieva es Antonio, uno de los pocos que puede llamar afectuosamente por su mote al ciudadano ilustre en Salas. Reflejo de la realidad, al propio Mantovani le cuesta reconocerle la primera vez que se reencuentran. Eso sí, conforme avance su estancia, aflorarán emociones de su amistad, si bien no exenta de riesgos. Brieva capta a la perfección lo que en cultura popular está empezando a conocer como cuñadismo, esa actitud de un integrante del círculo familiar cercano que enerva por su sabelotodismo de lo divino y lo humano, capaz de asegurar que conoce el mejor atajo en carretera o la manera perfecta de cortar la carne.

Pero Antonio ganó en algo a su amigo más talentoso. Él sí supo apreciar a Irene. Andrea Frigerio está contenida y precisa como está Penélope cansada, fruto de que su Ulises se desvaneció por arte de magia sin llevarla consigo. Un incidente con la hija de la pareja agravará la guerra fría amistosa, el brindis envenenado y los silencios de una convivencia matrimonial. Hay mucho sobrentendido cuando Daniel e Irene se hablan. A su manera, cada uno ha fallado mucho al otro. De igual forma, cada cual tuvo sus motivos para tomar esas decisiones. Como la vida misma.

Queda la frutilla del postre. Un epílogo sorprendente y a la vez lógico. Ni el propio Mantovani lo hubiera escrito mejor. Salas deja cicatrices, si bien también curtió su talento, allí donde fue cazador y presa. En la sonrisa contenida de superviviente que exhibe Oscar Martínez se esconden los secretos de uno de los mejores cuentos que jamás se han filmado.

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Comentarios

  1. Enrique Fernández Lópiz

    Argentina tiene un gran cine y excelentes actores, este film que tan bien comentas es una prueba. A mí ya me prendó como otras muchas cintas del país austral que por suerte visito a menudo. Enhorabuena por tu crítica. Por si tienes ganas y tiempo, esto escribí en su momento: EL CIUDADANO ILUSTRE (2016) http://www.ojocritico.com/criticas/gran-film-sobre-el-espiritu-humano-en-un-pueblo-pequeno-y-profundo/

  2. Marcos

    Mentiría si no te dijera que me inspiró bastante tu crítica para hacer la mía, amigo Enrique. Llevas razón, Argentina ha encontrado en las últimas décadas un tipo de cine inteligente, ácido y fundamentado en una excelente camada de intérpretes. Muchas gracias por leerla, un abrazo

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