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El árbol de la vida, la dimensión del alma

Por Benjamín Obiang

Terrence Malick y El Árbol de la Vida; amados por muchos, pero quizás odiados por muchos más. Es una de las situaciones en las que no hay unanimidad: la mayoría de los amigos la consideran aburrida, lenta, indigerible y toda clase de calificativos que vienen a expresar sensaciones cercanas a acomodar la cabeza en una almohada. Otros, sin embargo, hemos tenido la afortunada oportunidad de percibir otras sensaciones que parecían imposibles expresar mediante una cámara. Iré más allá; ni siquiera el mejor libro puede tejer lo que sí ha tejido Terrence Malick. Sí; soy un fan de esta película y la he defendido varias veces ante conocidos y amigos.

No es lo que cuentas, si no cómo lo cuentas. Una máxima que ha llevado a teñir una historia común en algo inolvidable. Si no me explico, coja cualquier película dramática. La más reciente que yo tengo ahora mismo es The Lovely Bones y compare. Si sigo sin explicarme lo desarrollaré.

Terrence Malick, lo primero que hace es situarnos en un contexto: el religioso; de hecho el suceso que subyace a toda la historia (la muerte de un familiar) es casi irrelevante. Ese contexto religioso viene marcado por una contraposición de fuerzas: la realidad espiritual contra la realidad material, el amor a lo divino y su creencia por encima de todas las cosas contra el amor a lo terrenal. Esa contraposición está representada por el matrimonio O’brien: ella (Jessica Chastain) educa a sus hijos desde el amor y la ternura; mientras que él (Brad Pitt) utiliza la disciplina. Ella es inmune a los movimientos continuos de la sociedad, él pretende hacerse notar, ganar dinero y que sus hijos lleguen a ser lo que él nunca fue.

¿Pero qué es lo importante en El Árbol de la Vida? ¿Cuál es el mérito de esta obra? Llegar hasta donde otros no pueden. Una vez situado el contexto Terrence Malick quiere transmitirnos el dolor; pero el dolor contado desde el amor a los hijos, desde la infancia e incluso desde el odio y la confusión por lo extraño. Son cosas que parecen sencillas para describir, casi lo es; lo difícil es tocar el alma, sentirse identificado con las sensaciones, transmitir la realidad, poner la cámara donde otros no son capaces; en definitiva describir ese árbol al que le afecta toda clase de factores desde el nacimiento hasta su muerte. Hay un principio básico: a Terrence Malick no le importa lo que tú pienses, de ahí que muchos cataloguen la película como un simple documental o una simple secuencia de imágenes. No es así.

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Para entender el dolor primero hay que entender el amor: el hijo de los O’brien se despierta en una casa moderna, de dos pisos, va a trabajar entre bosques de tecnologías, interactúa con personas a las que les preocupan temas banales. Quizá ha conseguido lo que tanto deseaba el padre; pero antes le despertaban las bromas de su madre, caminaba y corría entre la naturaleza con sus hermanos, sentía el manto de su madre; quien le enseño amar a Dios, quien le enseñó –en definitiva- a amar. El hijo de los O’brien está en la búsqueda de algo. Todas estas sensaciones están descritas perfectamente: la expresividad de Sean Penn, los planos de la cámara, la ubicación de las escenas; todo está milimetrado para que el espectador sea suficientemente intuitivo para saber que está pasando.

El hijo, ha sido el mejor testigo del comportamiento de la madre (quien le enseñó a amar), y también ha sido el mejor testigo del comportamiento del padre (quien le enseñó a triunfar en la sociedad). Ese día en el que se levantó vacío se había dado cuenta que había olvidado el camino que le enseño su madre. La cámara enfoca a un hombre que camina entre rocas, se le nota perdido. La madre se pregunta qué es en manos de Dios, lo que le hace entrar en un mundo confusión y de enigmas: el origen del universo, el cielo, la tierra, el principio y el final. Al final, hijo y madre se reúnen en la orilla de una playa: junto a los seres donde fueron felices un día, junto a los seres perdidos; junto donde aprendieron a amar y perdonar. Y ese camino no sólo lo hacen los personajes de la película; si el espectador activa su sensibilidad posiblemente los acompañará en ese recorrido de dolor, amor y confusión. Y ahí está el triunfo de El Árbol de la Vida.

Dentro de esta era cibernética; donde nos “fusilan” una y otra vez con películas apocalípticas y robóticas en tres dimensiones. El Árbol de la Vida aporta una cuarta dimensión: la del alma; y esa cuarta dimensión no siempre debe estar en bandeja al espectador.

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Comentarios

  1. Adrian Pena

    No entiendo el cine de Malick, me parece pretencioso y de sobrado. Su actitud es arrogante, no concede entrevistas y se cree que va 10 pasos por delante del resto. El cine es arte que entretiene, no secuencias de bellas imágenes que pretenden decir algo y no dicen nada. Si quiere exponer su cine que lo haga en salas de arte y no en cines. En El Árbol de la vida se ríe de Jessica Chastain, Sean Penn y Brad Pitt, tres actorazos que con sus buenas interpreataciones (espacialmente Pitt y Chastain) se ven eclipsados por la prepotencia del texano, que lo que realmente está haciendo es contarnos su vida. El cine como vía de escape, entretenimiento y arte si, cine como el de Malick no. Si no fuera tan de sobrado no tengo ninguna duda de que sería un director mucho más laureado.

    • Jorge Valle

      Adrián, no creo que el cine tenga que entretener solamente. Hay películas que van más allá del entretenimiento y que buscan, como comenta Benjamín, tocar el alma del espectador. Son estas últimas películas (quizá el ejemplo más claro sea ’2001: Odisea en el espacio’, más recientemente ‘La vida de Pi’) las que nos permiten calificar al cine como el “Séptimo Arte”. Pues el arte no busca entretener, sino emocionar.

      • Nadie

        No creo que el cine busque emocionar. O no creo que deba buscarlo. Eso es lo que hace de muchos directores unos pretenciosos, y los lleve por mal camino. El camino del cine, a mi ver, es entretener, y si lo otro va de sí, es que algo se está haciendo bien.

        Creo que confundes el que el cine se destine a un publico con “ir a emocionar”.

        Malik se destina a un público en el que no confía: lo llena todo de imagenes evocadoras, lo carga. Luego hay quien cree que esto es poesía. Yo creo que la buena poesía esta hecha de cosas simples que lo dicen todo, de un buen poeta y de un buen descodificador. No de cosas masticadas que no llevan a ninguna parte.

        Saludos.

  2. Javier Fernández López

    Bueno, yo sí creo que haya directores que busquen emocionar con sus películas. Otra cosa es que lo logren. Malick es un director demasiado pretencioso. ‘El árbol de la vida’ tambalea debido a toda la carga argumental que hay contenida en sus imágenes, tanto que llega a convertirse en un pseudo-documental con aspiraciones a largometraje que no consigue llegar del todo al espectador. Habrá quienes vean en esas imágenes un sentimiento y una filosofía, pero en mi caso no fue así. Demasiados planos que buscan atraparte, cuando lo que estaba era deseando que acabara la película.

    Y no estoy de acuerdo en que películas como ‘La vida de Pi’ o ’2001: una odisea en el espacio’ sean las que permiten llamar arte a este mundillo. Para mí es arte el entretenimiento más palomitero como ‘Transformers’ hasta una película tan personal como ‘The fighter’. Otra cosa es que yo prefiera lo segundo porque me gusta ver una película y llevarme algo más que un rato de entretenimiento.

  3. Áralan Aidir

    Una de las mejores definiciones de “arte” que he visto es “lo que los críticos dicen que es”. Es buena la crítica por ser cínica, porque nadie jamás se va a poner de acuerdo en qué es esto. No hay cánones, no hay reglas no hay un corpus para decidir qué es arte y qué no, tampoco en cine, donde críticos (esos que no me acuerdo quién decía que eran una mala mezcla de pésimos escritores y directores frustrados) presuntamente elevados catalogan a una película desde un 1 a un 10. Y se supone que son los que saben.

    Así yo me quedo en ¿me gusta? Las dos que he visto de Malick (La delgada línea roja y El árbol de la vida) no me han gustado. La primera porque no existe coherencia entre el fondo, la situación, los personajes y la historia. Malick sabe de cine más que yo de aquí a Plutón, pero de situaciones y psicología de combate quizá yo sepa más que él. Esta película era una soberbia tomadura de pelo y un ejercicio de pedantería sin igual. Sencillamente, usa la guerra como podría haber usado las andanzas de una hormiga por el desierto para hablar del sufrimiento y de otras cosas. Pero lo hacía de una forma muy hermosa, y los que ha estado en una campaña ya saben que la guerra tiene tanta belleza, poesía y filosofía como un bloque de granito.

    Con El árbol de la vida le ocurre lo mismo. De cine sabe un huevo. Se nota. Sabe dónde debe poner la cámara, sabe de fotografía, hay unos planos de quitarse el sombrero… pero era un aburrimiento como la copa de un pino, carente de emoción y carente de fondo real. Y los planos, los travelling y el ritmo son calcados a aquella. Y repite mucho el mismo tipo de plano en El árbol de la vida, con lo que pasa de sorprender a aburrir.

    Y lo siento, a mí me parecía estar viendo un cruce entre Cosmos, el National Geographic, un documental sobre las familias de los 50 más típicas y tópicas y preguntas pretendidamente profundas llenas de parábolas visuales, algunas de ellas muy desafortunadas si de verdad quería tratar temas filosóficos de calado (¡ay, Bergman!, cómo te añoro). Así, para mí esto no es una obra de arte de cine porque no me entretiene, porque no me emociona, porque no me enseña nada que ya no conozca. Necesita esas cosas para poder llamar arte a una película (para mí). Incluso que tenga dos de los tres elementos.

    Y de verdad, repito, que el entretenimiento no está reñido con el arte. Ya lo hablé con Diego B. hace tiempo a colación de 2001: Una odisea del espacio. Puede haber arte y ser entretenido (Bladerunner, El séptimo sello, La lista Schindler… y muchas más). Incluso en un tema tan árido, tan abstruso y tan plomo como la filosofía, David Hume con sus Diálogos sobre religión natural o Bertrand Russell con su Por qué no soy cristiano hablan de temas complicados con maestría, con gracia, con fluidez, con ganas de entretener, de enseñar y, sobre todo, con sencillez.

    Todo esto echo de menos en las películas de Malick que a mí personalmente me impiden catalogarlo como arte. Incluso como una buena película.
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    Realmente, ¿cuánta gente hará visionados continuos de esta película? Porque, creo yo, cuando a mí me gusta un cuadro no me canso de mirarlo una y mil veces.
    Y El árbol de la vida la he visto una vez más de lo que era necesario en mi vida.

  4. Áralan Aidir

    Por cierto, por si os interesa y cómo anécdota, esto dijo Sean Penn cuando vio la película: “No encontré en la pantalla la misma emoción que tenía el guión. Una narrativa convencional y más clara hubiera ayudado al filme sin, en mi opinión, afectar a la belleza de la película o a su impacto. Francamente, aún estoy tratando de averiguar qué hago allí y qué se supone que añadía mi personaje en ese contexto. Es más, el mismo Terry nunca pudo explicármelo claramente”.

  5. Juan Ignacio

    No entendí nada de esta película.

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