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El amor como impulso de vida y otras complejidades

Por Enrique Fernández Lópiz

La película Café Society se desarrolla entre Los Ángeles y New York, años 30. El personaje principal es Bobby Dorfman (Jesse Eisenberg), sobrino de un poderoso agente y productor de Hollywood, Phill (Steve Carrell) que viaja a Los Angeles para que su tío le busque un trabajo. Cuando por fin su engrandecido tío se aviene a recibirlo le encarga a su secretaria (Kristen Stewart) que le enseñe la ciudad. No tardará Bobby en enamorarse perdidamente de la bonita muchacha, sin saber que es la amante de su pérfido tío, dando lugar a un triángulo amoroso de incierto resultado. Cuando el joven se entera de la noticia de que su tío está decidido a divorciarse para casarse con la muchacha, Bobby, con un gran mal de amores vuelve a su ciudad natal New York y se hace cargo del que será un importante club de reunión de gente importante, el Café Society, término empleado en los años treinta para designar a los habituales en cafés, clubs y restaurantes de moda.

Desde Luego, así como otras veces he criticado al Allen de los últimos tiempos, admito que ante esta película hay que quitarse el sombrero, felicitarlo y agradecer una obra tan singular como bonita, hermosa y encantadora, a la vez que interesante. Con un guión escrito por el propio Allen, la película plantea con gran fluidez y un lenguaje llano y comprensible, la historia de una familia judía, en la que caben aspectos muy variados y complejos de la existencia humana. Y sin duda hay “un gran poso de amargura e insatisfacción en esta nueva historia de amor imposible, obstaculizado aquí no por la edad, como en Manhattan, sino por la división de clases y la seguridad económica. El final es muy coherente, triste y bello” (Casas).

Si alguien me preguntara qué aborda el film, yo diría que sobre todo el amor como fuerza motriz principal de la vida, y la huella que dejan los amores en nuestra vida, huellas que nos marcan para siempre (Es tan corto el amor, y es tan largo el olvido, Neruda). Se trata de una obra maestra que le permite a cualquier espectador “ver, paladear, comprender esa broma inquietante que es el sentimiento amoroso, tan inevitable y fuera de control como un «tic». Como el octogenario lo sabe todo, no necesita dar la impresión de que es sabio, y utiliza la ligereza y el sentido del humor para hablar de ello y contarnos una historia llena de ese feliz encanto de la media sonrisa pero atravesada de tristeza” (Rodríguez).

Pero habla igualmente de la familia; de encuentros y la manera de sobrevivir a ellos; de cómo cambiamos con el tiempo; del límite que implica la muerte como acontecimiento ineludible; de cómo, separarse del dolor no siempre nos lleva a la felicidad; del mundo de Hollywood de los años treinta: actores, actrices, productores, etc.; la religión, la política, e incluso el hampa son todos ellos aspectos que aborda esta excelente cinta. Siempre en aquellos felices y difíciles años treinta de Los Angeles de New York. Y es que a Woody Alen, al igual que le ocurrió al gran filósofo Immanuel Kant, que pasó toda su vida dentro o en los alrededores de su ciudad natal de Königsberg, no le hace falta salir de su barrio de Manhattan para saberlo todo del mundo y de sus habitantes y avatares.

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La música está muy bien elegida y centrada en el jazz, como no puede ser de otro modo tratándose de Allen. Tiene una excelente fotografía de Vittorio Storaro, que en cada plano discurre por el camino más sencillo e incluso simple en el mejor sentido de la palabra (Hazme una cruz sencilla carpintero,/ sin añadidos ni ornamentos […] Sencilla, sencilla, más sencilla, León Felipe). Hace un retrato del Hollywood de los treinta en que “la cámara del director de fotografía Storaro describe como un océano de luces cálidas y rostros iluminados por un resplandor de otro mundo” (Yáñez). Es interesante conocer también que por vez primera Allen ha grabado sus luces ocres y ambarinas en digital, usando una cámara Sony F65 CineAlta para esta su cuadragésimo séptima película. Gran ambientación con decorados de época nos hacen regresar en el tiempo y seguir añorando aquellas estrellas de las películas en blanco y negro que veíamos cuando éramos jóvenes, lo cual también se filtra en las conversaciones de los magnates del cine.

El reparto está compuesto por actores de primera línea que hacen sus trabajos en un nivel de excelencia. Jesse Eisenberg está redondo y lleno de matices en su rol de Bobby. Kristen Stewart es la preciosa Vonnie que no solo es muy bonita sino muy buena actriz. Eisenberg y Stewart trabajan por tercera vez juntos y la química es evidente. Steve Carell es pura expresión que se sale de la pantalla al espectador como Phil el tío de cuidado de Bobby, un actor ya consagrado que hace de agente de estrellas de cine. Blake Lively me ha encantado como intérprete y como una de esas excelsas bellezas que siempre sabe encontrar Allen, que esta vez hace de Verónica esposa de Bobby. En fin, están igualmente impresionantes Parker Posey como Rads, Corey Stoll como Ben, Jeannie Berlin como Rose, Ken Scott, Anna Camp, Gregg Binkley, Paul Schneider, Sari Lennick y Stephen Kunken. Maravillosos todos, incluyendo al propio Woody Allen que hace la voz en off.

Estamos ante una comedia romántica y ondulada, con evidentes tonos melancólicos y tintes de nostalgia, tanto por los recuerdos y añoranzas de los antiguos enamorados como porque nos muestra una imagen idealizada de aquel Hollywood de los años 30. Decía antes que es una bonita película Allen y me ratifico cada minuto que pasa, más. “Café Society es un producto 100% Allen. Suya es la voz en off que nos orienta por el elíptico relato; suyo es el Nueva York hacia el que nos conduce la historia, esta vez un Manhattan aristocrático, bohemio y también muy romántico; y son también muy suyos los chistes sobre judíos que aliñan la historia de Bobby y Vonnie. Para rematar el cóctel alleniano, uno de los cuñados del protagonista es un judío comunista con tendencias existencialistas, un personaje que introduce en la película unas pinceladas de reflexión moral” (Yáñez).

Y una escena final por la que vale la pena ver la película entera, solo para ver ese final tan maravilloso, una preciosa y mágica escena. Los recuerdos bellos que sólo los protagonistas saben, entienden y sienten.

El mismo Allen nos cuenta sus inquietudes y afanes al acometer este proyecto; habló en un tono jocoso en ocasiones, lo hizo cuando fue a Cannes a presentar la película: “Siempre me he visto como un romántico, aunque no sé si las mujeres con las que he estado dirían lo mismo […] A los que me tachan de ingenuo por idealizar Nueva York o las relaciones amorosas, sólo puedo decirles que crecí con los clásicos de Hollywood, y por eso tiendo a hacerlo”. Y continúa: “Si hubiera tenido la edad de Jessie, yo habría sido el protagonista”, afirmó y añadió: “Claro, menos mal que me ha pillado viejo. Yo soy un cómico, no un actor, y Jesse aporta al personaje una complejidad de la que yo habría sido incapaz” (algo dudoso a estas alturas para muchos de quienes le admiramos, también como actor). “Tengo 80 años… ¡no puedo creerlo! Me siento joven, como bien, hago ejercicio. Es una suerte, mis padres vivieron mucho, es algo genético. Un día me levantare por la mañana, me dará un ictus y seré una de esas personas en silla de ruedas […] pero hasta que eso suceda, seguiré haciendo películas“, añadió; y hablando de gustos y valoraciones sentenció: “”No creo en la competición para las películas, aunque es fantástica para los deportes [...] No puedes determinar si un Rembrandt es mejor que un Greco, o si un Matisse es mejor que un Picasso, en todo caso solo puedes decir cuál es tu favorito. Juzgar el trabajo de otra persona es algo que nunca haría“.

La película fue acogida en su primer pase en Canes con calurosos aplausos. “En efecto, cumplidos los 80, Allen sigue joven, ágil, mentalmente activo” (Sánchez). Le deseamos larga vida al maestro.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=Rl4X6pFfmTI.

Comentarios

  1. Alejandro Arranz

    Excelente crítica compaňero. Lo último de Allen ha sido prácticamente mi única satisfacción cinéfila este verano. Ya tengo ganas de volver a verla.
    Un abrazo

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