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El alacrán te va a picar

Por Manuel G. Mata

Probablemente el mejor título en lo que llevamos de año en España, al menos, mejor título de aquellos que han tenido una distribución nacional amplia (soy de provincias, aquí no nos llega todo lo que se hace) y creo que injustamente no elegida por la Academia para representar a España en los Oscar; las otras tres fueron Caníbal, La gran familia española y 15 años y un día, siendo esta última la elegida. ¿Por qué injustamente elegida? Porque pienso que 15 años y un día se ha elegido simplemente por haber sido dirigida por Gracia Querejeta, la hija del reconocido productor Elías Querejeta  (al que no confíe en que reina la influencia y el amiguismo en el cine lamento decirle que está equivocado) fallecido en 2013, y porque de las cuatro, creo que es la que reúne todas las características para gustar en el mercado internacional, dada la universal temática que tiene como a la magnífica puesta en escena que posee.

El realizador madrileño vuelve a la ficción tras su primera ópera prima El truco del manco, y lo hace contándonos la historia de Julián, un neonazi aficionado a las artes marciales que se verá seducido por el boxeo, el cual le ayudará a tener distintas perspectivas que harán tambalearse su mundo. El mérito de la cinta es que cuenta con una historia con mucha fuerza (en la ficción, el racismo es un tema que llevado a cabo con buena mano puede hacer maravillas narrativamente, despertando fuertes sentimientos en el espectador, cosa que Zannou consigue) y que el elenco sabe llevar a buen puerto. El reparto trabaja a la perfección, se nota no sólo que Zannou sabe rodearse de buenos actores, sino que sabe sacar lo mejor de ellos. Álex González defiende su papel haciendo un trabajo más que digno, Miguel Ángel Silvestre deja a un lado su rol de guaperas rompe bragas y nos brinda, tal vez, su mejor actuación hasta la fecha en la gran pantalla (en Verbo, Los Pelayos o Los amantes pasajeros está para matarlo) los hermanos Bardem están soberbios, aunque Javier se hace con la cinta cada vez que aparece en pantalla con una interpretación muy veraz. El debutante monologista Hovik Keuchkerian deja de lado la comedia y nos brinda una construcción de su personaje descomunal (nominación al Goya sí o sí, seguro) y Judith Diakathe, tal vez, es la más floja del reparto, no porque trabaje mal, sino porque su personaje desentona un poco en la historia.

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De inicio la película comienza prometiendo bastante; tiene una temática interesante, unos personajes bien definidos y que saben llevar las riendas de la historia con firmeza y buen pulso narrativo, pero la historia de amor desentona mucho. Se utiliza bien, pues es el detonante para la evolución del personaje interpretado por González, pero los acontecimientos se desarrollan tan rápido y de una manera tan excesivamente visceral que todo lo que vemos en pantalla comienza a perder, de algún modo, la credibilidad que ganaba al principio.

La historia que nos cuenta Santiago es interesante, instructiva, tensa y con toques dramáticos que ponen la piel de gallina pero, por desgracia, se desinfla durante la trama, teniendo cierta subida en el desenlace, no por la evolución de los acontecimientos, sino porque lo que vemos en pantalla pone los pelos de punta, haciendo aflorar en el espectador esa sensación de frustración que suele acompañar a ciertos dramas.

En conjunto, valorando las interpretaciones, el montaje (la película es muy ágil, muy dinámica) el buen uso de las subtramas, el vestuario (muy lograda la estética skinhead, tal vez más cercana a los skinheads originales que a los skinheads nazis), la puesta en escena, la tonalidad marginal de la cinta y el manejo de los conflictos internos de los protagonistas, nos encontramos con una buena película, tal vez la más seria y lograda que se ha hecho en 2013 en España. Cierto es que a mí, la manera en la que se ha tratado la relación sentimental que surge en torno a “Alacrán” no me ha gustado mucho, pero no por ello Alacrán Enamorado deja de ser un buen ejercicio audiovisual.

Vaticino un porrón de Goyas, y el de Hovik ni lo dudo.

Manuel G. Mata

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