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El abismo de la venganza

Por Enrique Fernández Lópiz

Fui anoche a ver esta película que tan buenas críticas ha cosechado en tan poco tiempo. Para mí es buena a secas y no doy más. Hay algo importante y que viene a ser una constante del cine español, esto es: que no se entiende lo que dicen los actores, que no vocalizan. Eso no ocurre con el cine argentino o con películas españolas dobladas, ni con cine de otras nacionalidades. De manera que me quedé un largo rato sin entender de la misa la mitad, por culpa de unos diálogos ininteligibles por su pésima dicción. Los podían al menos haber subtitulado (y no hablo de broma) o doblado. Un actor/actriz que no sabe hablar, mal lo tiene. Es mi opinión.

Pero yendo al grano, Tarde para la ira es una película que trata sobre un robo cometido en Agosto de 2007 en Madrid en una joyería. Los ladrones, tras saltar la alarma, escaparon con el botín tras dejar un reguero de sangre y muerte, pero el conductor que los esperaba fuera, Curro (Luis Callejo) fue atrapado y metido en la cárcel donde pasó ocho años de su vida. En tanto, mantiene una relación con su pareja Ana (Ruth Díaz), con la que tiene un hijo fruto de sus relaciones en prisión con ella. Jose (Antonio de la Torre) es un hombre huraño y callado que frecuenta el Bar de la novia de Curro, al punto que la seduce y mantiene relaciones con ella. Cuando Curro sale de la cárcel deseoso de iniciar una vida nueva con su novia y su hijo, se topará como con una situación que no podía imaginar, una situación inesperada y a la vez a un desconocido, Jose, que en el atraco perpetrado por Curro y sus colegas lo perdió casi todo: familia, novia, dinero, etc.; ahora sólo anida en él el amargo sabor de la venganza que le ha acompañado durante años. Jose monta a Curro en su coche e inician un periplo extraño donde ambos afrontarán los fantasmas del pasado, lo que necesariamente acabará en el terreno de la venganza, una venganza descomunal que sólo un psicópata o un perturbado puede incubar tan largo tiempo y con tanta saña.

El novel director Raúl Arévalo hace un trabajo sin alardes ni planos accesorios, centrándose en la ira de Jose tras todo ese tiempo largamente esperando que los culpables del robo y de la muerte afloren, den la cara. Es una cinta que trata sobre “la gestación lenta y paciente de la ira, y el abismo que la separa de la reconciliación y el perdón” (Casas). Venganza en estado puro rodada a golpe de furia, ímpetu y malignidad.

El guión de Raúl Arévalo y David Pulido ha sido escrito concienzudamente, con el tesón y la perseverancia de cinco o seis años de serio trabajo y en él se está muy “pendiente de hacer que todo encaje, que cada línea de guión explote” (Martínez).

La música de Lucio Godoy del tipo flamenquito y similar me va poco y me gusta regular. Sin embargo, la fotografía de Arnau Valls Colomer es bastante buena y la cámara se pega literalmente a los personajes tensando la mirada del espectador hasta llegar por momentos al desasosiego. Y no hay que olvidar ese Súper 16 mm que aporta grano y suciedad a la propuesta. La puesta en escena es acorde con la concisión de los personajes.

El reparto es bastante bueno con dos actores en plétora, Antonio de la Torre y Luis Callejo, y un descubrimiento inesperado que actúa como si anduviera por su casa (lástima que no se le entienda bien) que es Ruth Díaz, amén de un actor de reparto de lujo como Manolo Solo; están igualmente muy bien Alicia Rubio, Raúl Jiménez y Font García.

A mí, como digo, me ha parecido buena, pero un tanto alejada de tantas críticas elogiosas y comparaciones (odiosas) con Saura o Peckinpah que, cada uno en su estilo, ya han hecho historia y dejado películas inolvidables y cimeras del cine de todos los tiempos. La violencia de Peckinpah es mucho más explícita y plástica que la de esta cinta, como en por ejemplo en el caso de Perros de paja (1971); y Saura ha dirigido películas sobre la España cainita de postguerra geniales, tal La caza (1965) que está varios escalones por encima de esta que ahora comento. Para que nos vamos a engañar.

Pero tampoco hay que negarle sus méritos a esta película, es decir, es una obra que a Arévalo le ha salido bien, aún con su dureza y esa atmósfera incomprensible y turbia, en la que “los personajes huelen a calle y a supervivencia, los diálogos y las situaciones son creíbles. Es una película con olor y sabor, meritoria” (Boyero).

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Y como el personaje está atravesado por la ira y el odio, me atrevo aquí a citar al gran Dante Alighieri (1265-1321). En el Canto VII de la “Divina Comedia”, en el cuarto círculo, Dante escribió de los iracundos así: “Vi en sus ondas a seres que se herían,/ no con las manos, con los pies, los dientes,/ la cabeza, los codos. Se arrancaban/ unos y otros los miembros. Parecían/ fieras enloquecidas y en sus mentes/ sólo el odio y la ira se mostraban. […] ¡Son imposibles! Y no hay quien acabe/ con su queja. Amargaron la tierra,/ despreciaron lo bello y lo bueno,/ y aquí infectan el aire cuando corre/ el hueco inmundo que su humor encierra”. Así es. Existe la violencia en cada uno de nosotros, pero la ira es un pecado capital y tal vez el peor de todos, como ya advirtiera la magistral película Seven (1995) de David Fincher; la venganza se sirve en plato frío y científicos y filósofos como Konrad Lorenz (“Sobre la agresión el pretendido mal”), Sigmund Freud (“pulsión de muerte”), Erich Fromm (“Síndrome de decadencia-malignidad”) y muchos otros autores de gran talla han referido esta realidad de cómo la violencia habita en nuestro interior. Y Arévalo lo retrata con la fuerza exponencial del furor largamente anidado, describiendo “una historia de intento de regeneración y de venganza trabajando muy bien las características de los personajes, perdedores estigmatizados por un destino adverso” (Casas).

Lingotazo de furia y novedad en nuestro cine patrio, un retrato de los bajos fondos, aunque no tan bajos, expresado todo con cierto humor ocasional que no oculta intensas pasiones y la “descripción seca, sucia que la imagen desgrana con voracidad narrativa, en la que cada personaje, cargado de fatalidad, lanza a la pantalla esa moneda con la que se piden los deseos” (Rodríguez Merchante), en un “un temple casi westerniano” (Yáñez); thriller indómito de venganza pura y anómala construido con rabia, pasión y virulencia.

Además, Arévalo abreva en otras fuentes entre las que no hay que olvidar un costumbrismo cuasi cañí con tonos noir y en el western crepuscular, ese que tanto me gusta. Arévalo “tiene intuición a la hora de construir atmósferas viciadas, y consigue trazar un itinerario de odio a ritmo de road movie para componer una tragedia telúrica en la que los personajes se encuentran atrapados en sus propias miserias. Desde una estilización formal tan ruda como precisa. Con brío y bilis, pero también mucho corazón (Beatriz Martínez).

En unas declaraciones de Raúl Arévalo, él mismo dice del film: “Me surge porque quería hablar sobre la violencia de una persona normal. […] En caliente uno no sabe cómo va a reaccionar, si nos vamos a desmayar o a paralizar, pero… ¿y en frío? Esa cosa que por mucho que fantasees… Reflexionar sobre todo eso me parecía interesantísimo”. Y prosigue: “[…] la película tiene libertad, con sus defectos y sus virtudes, pero me he sentido muy libre, y en esa libertad reside también parte de la dificultad para levantar el proyecto, porque cosas que ahora en Venecia la gente resaltaba allí a algunos ejecutivos le sonaba al demonio, a poco comercial”. Añadiendo: “[…] referentes hay muchos, aunque luego las películas cobran vida cuando entra el equipo a trabajar, que es lo que más me gusta del oficio del cine, que de repente llegas y le cuentas al director de fotografía lo que tú has soñado durante tantos años, al director de arte, a peluquería y maquillaje, los actores… y cada uno aporta su granito de arena y se hace lo que tú quieres, en esencia […] Yo la suerte que he tenido es que he podido elegir a un equipo técnico que conocía como actor, muy bueno. Yo quería una cosa y ellos me ofrecían a veces cosas mejores. Pero de referentes que he tenido, desde cine europeo como Jacques Audiard, de los hermanos Dardenne, Mateo Garrone; o cine de Carlos Saura de los 70 o los 80, cine kinki de Eloy de la Iglesia. También cine de los 70 de Estados Unidos como Terrence Malick, ‘Defensa’ (‘Deliverance’), Sam Peckinpah. Un poco popurrí de todo. Me inspiraban sabiendo que tampoco iba a llegar a ese nivel”. Continúa: “[…] la violencia es un sentimiento inherente al ser humano y que todos tenemos y podemos entenderlo. La venganza es algo que todos podemos entender en cierta medida, mi intención era esa, algo que puedes rechazar completamente, pero que al final puedas entenderlo. Lo que sale en la película es una historia muy cruda […] (hay un) cine que es más catártico, es el cine de Tarantino. Hay buenos, malos y estás deseando que le corten la cabeza y tú sacas toda la adrenalina. Yo quería hacer otro tipo de cine, más reflexivo, de intentar que la contradicción que tenga el personaje la tengas tú y te digas pero cómo haces eso. Lo entiendo pero es que no lo entiendo. La ambición de la película era entender a los personajes a la vez que, inevitablemente, les juzgas”. Y para finalizar estos extractos: “Me pedía muy poca música, pero algo muy concreto y muy fino. Me violentaba un poco contratar a un músico y decirle que quiero que hagas poca, pero fue genial, porque cuando me reuní con él me dijo que antes de nada quería decirme una cosa, que veía poca música. Fue maravillosa.”

Amigos, es la película de alguien que se lo ha trabajado, un director novel con agallas que se sale de lo común. Pero de ahí a que de pronto lo declaren heredero de los grandes maestros dista un trecho.

En cuanto al «tarde» del título no me parece que aluda a una parte del día, sino a un tiempo ya a destiempo, que es lo que claramente pone en evidencia el film: una venganza fuera ya de lugar. Pero esta es la temática y este es el personaje Jose, un individuo inaudito.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=PWxUqppEG_g.

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