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Dulce imaginería audiovisual

Por Enrique Fernández Lópiz

En un rancho de Montana vive un niño de diez años con un gran talento para las ciencias y la inventiva en general. Se llama T. S. Spivety vive con su caótica y extrañafamilia: su padre es un cowboy silencioso y apegado a la tierra; su madre es una científica obsesiva, entomóloga, especialista pues en capturar y clasificar insectos;tiene un hermano mellizo con un desgraciado destino con final de muerte, que hará sentir culpable a Spivet (éste es un aspecto psicológico muy importante en la historia);y la hermana mayor “parece” (aunque no lo sea del todo) la más normal.Esta gran capacidadcientífica de Spivet se verecompensada, pues una institución científica de gran prestigio en Washington, le concede un acreditado premio por sus investigaciones sobre la llamada “Máquina del movimiento perpetuo”. Así, meramente con una maleta, se marcha desu casa para atravesar el país de punta a punta,a fin de recoger el galardón, con todo tipo de aventuras y avatares en el camino.En medio de tanto ímpetu y deseo de volar de T. S. Spivet,hay un misterio recóndito que esconde la eventualidad de un drama.

En lo científico, la película refleja las dos maneras clásicas de ver y entender el mundo: la empírica-racional (que nos conduce a comprender los mecanismos de la naturaleza); y la intuitiva y centrada en impulsos más primarios (que nos acerca al reino animal del que descendemos). Como dice el colega Eu TheRocker: “Como un náufrago a la deriva entre ambos mundos, T.S. nos enseña cómo el ser humano, es capaz de engañarse a sí mismo creando visiones parciales de la realidad, cuando la única verdad que existe es que el mundo que se abre ante nosotros, sólo se puede disfrutar si nos olvidamos de los prejuicios del presente, de las esperanzas de futuro y de los errores del pasado”. Profundo mensaje, complejas verdades, insondables asuntos que sólo se pueden contar con magia y la capacidad soñadora de un niño.

También, la película encierra toda una crítica a los organismos científicos de alto nivel con sus ambiciones y también sus ingenuidades de bulto. E igualmente le da un repaso a los medios de comunicación, sobre todo a la TV.

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Nadie va a negar a estas alturas que Jean-Pierre Jeunet ha creado su propio y preciosista estilo de fantasía, personajes empáticos o un discurso fraccionado. Javier Ocaña lo describe magistralmente cuando escribe: “Desde que en 1989 y antes de debutar en el largo Jean-Pierre Jeunet encontrara su sello de estilo con el exquisito corto Foutaises, en el que Dominique Pinon enumeraba ejemplos de cosas que le gustan y le disgustan, esa narrativa fragmentada, casi siempre acompañada de un plano en gran angular y de una serie de aditamentos formales (especial uso de la música, gráficos, sonidos de posproducción…), perfectamente moldeables con su modo de relatar, entre lo cotidiano y lo estrambótico, y con mucha voz en off, se ha ido repitiendo a lo largo de (casi) toda su carrera. Una metodología que sigue intacta en la tan traviesa como inane, tan brillante como reincidente, El extraordinario viaje de T. S. Spivet, con la que recupera parte de sus mejores esencias tras la irregular y algo impúdica Micmacs (2009). […]Como en Amelie (2001),Jeunet se beneficia de la irresistible empatía que provoca su protagonista, un niño prodigio de 12 años de la América profunda que ha logrado un premio de una institución científica, que lo cree adulto, y del estilo editorial de la novela en la que se basa, con continuos mapas, gráficos e ilustraciones en los márgenes, perfectos para las fabulosas desconexiones narrativas del francés.

Verdaderamente Jean-Pierre Jeunet aspira en su cine a que éste sea una maquinaria de relojería perfecta, virtuosa al máximo, con la integridad de las creaciones esféricas y pulcras. Él mismo define su cine al modo de un mecano: “Dentro de la caja tienes vestidos, diálogos, música […]De lo que se trata es de construir el juguete más bello y más autónomo posible utilizando todas las piezas de la caja. Ésta es mi concepción del oficio de cineasta“.

Esta película es deslumbrante y sin embargo hay algo que hace ver en ella a la par que fulgor, agotamiento. Quizá su director se empeña siempre en girar sobre sí mismo como exclusivo medio expresivo, sin dejarse arrastrar por la novedad o el riesgo de aventurarse más allá de su maquinaria perfecta de la que hemos hablado.

Jeunet no se ruboriza al declararse un cursi, y doy fe que lo hace con soltura, con convencimiento, y sin empacho. Claro que conforme transcurren los minutos tanto deslumbramiento acaba por cansar, por empalagar. Como escribe Luís Martínez: “El empeño por dramatizar cada gesto, por buscar la cosquillas de cada plano en esa utilización casi desaforada de los objetivos cortos, deja sencillamente exhausto. Y como dice Jeunet: “Me encanta la idea de poder sintetizar toda una escena en un fotograma […] Mi deseo es crear una forma gráfica de cine“.

Y hay que decir también que en el film hay un sorprendente entramado de personajes y emociones; y creo que Jeunet peca de un exceso de ternura. Como muy bien escribe Salvador Llopart: “… si las películas fueran, no sé, como los yogures o como los zumos, entonces deberían presentar de forma bien visible la digamos información sobre dietética sensiblera. Las calorías, grasas y azúcares de conmoción que contienen. Si así fuera, El extraordinario viaje, de Jean-Pierre Jeunet, contendría un aviso bien visible: ´No apto para diabéticos emocionales´ […] Aquellos que reaccionan mal al exceso deberían inocularse antes una buena dosis de insulina de escepticismo, para compensar”.

En definitiva, gran dirección de un Jean-Pierre Jeunet al uso, guión edulcorado pero hermoso, y a la vez con un humor puro y muy efectivo del propio Jeunet junto a Guillaume Laurant, basado en una novela de Reif Larsen. Fotografía de lujo que le valió el Cesar en 2013 a la mejor fotografía, y una música muy bonita adhoc. Las interpretaciones están presididas por un Kyle Catlett, un genial actor debutante y empático de apenas diez años que borda el papel de T.S. Spivet. Le acompaña un equipo actoral en toda regla como Helena Bonham Carter (que está sensacional), Robert Maillet, Judy Davis (en uno de esos papeles que ella defiende como nadie), Callum Keith Rennie, Julian Richingso el inseparable colaborador de Jeunet y genial Dominique Pinon,por mencionar los principales.

En resolución, hay magia y poesía en esta preciosista y singular fábula. Jeunet vuelve con esta obra a sus orígenes dotando de corazón el mero envoltorio, tal vez con excesos de glucosa, sin duda, pero merece la pena.Quizá la parte final se alargue demasiado y por ello el clímax resulta un tanto forzado. Pero el final es hermoso, como para que no lo olvidemos. Como dice la colega Pableras: “Azúcar por doquier marca Jeunet, sí, pero muy nutritivo, en una fábula bucólica quizá más pensada que sentida, pero apreciable y muy emocionante para corazones sensibles y almas aventureras”. Pues eso.

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