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Drones, cascada de reflexiones, tomar partido hasta mancharse

Por Enrique Fernández Lópiz

En esta película Espías desde el cielo (Eye in the Sky) Katherine Powell (Helen Mirren) es una señora casada con un marido que ronca; pero también es Coronel del ejército. Y como el esposo no la deja dormir, ella se levanta las cuatro de la madrugada y retoma el mando de una arriesgada operación. La Sra. Powell es una oficial de la inteligencia militar británica que encabeza una operación secreta para capturar o si se encarta acabar, con un grupo terrorista en Nairobi, Kenia. Pero el asunto cobra urgencia cuando se percatan de que los terroristas están preparándose con cinturones bombas, fusiles de asalto y todo lo propio para una misión suicida que dejará un reguero de muerte, en caso de que salgan de la casa donde los tienen localizados desde las cámaras de un dron a veinte mil pies de altura. Entonces, la Powell debe cambiar su plan de ‘captura’ por el de ‘matar’. Para esto ha de estar en permanente contacto con su general, un ministro, un fiscal de Estado y un alto cargo del gobierno. Deben calcular los daños colaterales.

En un momento, cuando el piloto estadounidense de drones Steve Watts (Aaron Paul) recibe la orden de la señora Coronel Powell de destruir el refugio de los terroristas, una niña de nueve años vende pan al lado de la zona donde explosionará el artefacto. El joven se niega y expone que hay que calcular los daños que provocará la bomba en tantos por ciento. Los políticos eluden tomar decisiones, en tanto los suicidas y sus ideólogos prosiguen la diabólica preparación para matar a discreción. Hay que tomar una decisión ¿Qué hacer? Mientras los políticos andan con mil y una cosas en diversos lugares del mundo y eludiendo responsabilidades, parece que los militares son más expeditivos. Pero siempre está la pobre niña que vende pan al lado de la tapia del objetivo.

El director sudafricano Gavin Hood hace un abordaje muy interesante sobre un gran dilema moral que a todos nos implica, y lo hace con la cadencia del suspense de calidad y unas trazas netamente clásicas. A veces en la TV he visto a Barack Obama presenciando la muerte a mano de sus marines del famoso terrorista Osama Bin Laden. Y se le ve apocado, temeroso, como de un escalón inferior o diferente a los mandos militares que están allí presentes. Pues bien, Hood nos expone en este film la secuencia al completo de “toda la escalera de responsabilidades, de decisiones, de dudas y certezas, de ética e inmoralidad, de atrevimiento y calma, de legalidad y en ciertas ocasiones criminalidad, que conlleva un acto de este tipo” (Ocaña). Esta película hace un fiel retrato de la guerra invisible que libra Occidente contra el terrorismo islámico, visto así, sentado en una butaca, como si estuvieras en tu casa. En ese sentido, Hood hace una gran película con cuya temática te identificas.

Hood se caracteriza por sus raíces religiosas y su moral, siempre que aborda un tema, como que fuera una constante en él. Pues bien: “Su acercamiento al cine bélico no podía ser menos y lo que en manos de otro sería un tratado tecnológico paranoico sobre la guerra moderna y aséptica, en las suyas es una pieza de cámara asceta en la que deber, responsabilidad, remordimientos, pecado, culpa y redención acaban teniendo más peso que la simple estructura de película de guerra” (Fernández).

La propia Mirren, que en este film interpreta a la dura Coronel Katherine Powell, mujer con mentalidad militar y fría que debe tomar una terrible decisión, nos dice en una entrevista como actriz que: “Cada individuo que vaya a ver esta película va a tener que hacerse esa pregunta. Yo soy demasiado cobarde para tomar una decisión de ese calibre, se lo dejaría a otra persona con más poder que yo. Eso es precisamente lo que refleja la historia, nadie quiere ser responsable de esa decisión. Todos miramos al otro lado y dejamos que otro apriete el botón”. La actriz hace gala de mujer clara y sincera.

El guión de Guy Hibbert es sencillamente genial, pues sabe trasferir al libreto los dilemas, las contradicciones, el papel de militares y políticos, la toma de decisiones difíciles, la incertidumbre del qué ocurrirá y toda la carga moral del film, escena a escena, convirtiendo esta película de guerra y drones en un auténtico test para que todos respondamos y nos autoanalicemos y, en suma, tomemos partido, pues ya no podemos quedarnos en la autocomplacencia; dilemas éticos desde todos los ángulos, para que el espectador sea partícipe. Parafraseando a Gabriel Celaya en un bello poema que transcribo al final de estos comentarios; ni nos podemos lavar las manos y desentendernos, ni evadirnos, hay que tomar partido hasta mancharse. Esto es el guión, junto a unos diálogos muy bien construidos. Buena música Paul de Hepker y Mark Kilian y brillante fotografía de Haris Zambarloukos.

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En el reparto, para mí la mejor y fundamento principal del film es sin dudarlo una genial y efectiva Helen Mirren que en un rol difícil de Coronel del ejército, debe desplegar un variado repertorio interpretativo que va desde la disciplina, pasando por la exasperación, hasta el drama interior que conlleva su decisión. Alan Rickman brilla igualmente como General que tiene que conciliar la vehemencia de la Coronel con la cautela e incluso pusilanimidad de los políticos. El resto de secundarios son un lujo para la película, con nombres de la talla de Aaron Paul, Iain Glen, Barkhad Abdi, Phoebe Fox, Carl Beukes, Richard McCabe, Tyrone Keogh, Babou Ceesay, James Alexander, Lex King, Daniel Fox, John Hefferman y Luke Tyler.

Así la película toca de lleno esta nueva guerra, más aséptica y menos arriesgada para el soldado, que es la guerra con drones, esos aparatos o aviones que se tripulan desde tierra con unas posibilidades que parecen increíbles. Hasta drones en forma de escarabajo volador o pájaro que sobrevuela y capta imágenes del entorno inmediato que se pretende investigar. En este sentido, esta cinta es la mejor película hasta la fecha sobre esta nueva manera de guerra con aparatos manejados a distancia.

Pero claro, los drones los manejan personas y los controlan militares, políticos, fiscales y otras personalidades que ven a dónde se dirigen sus bombas destructivas con total nitidez, siendo que no siempre acuerdan con las órdenes de disparo, hasta no conocer los daños colaterales. Por eso, este film es un tensísimo thriller que plantea el debate moral de esta nueva manera de agresión desde puntos de vista diversos: el militar, el político, el del piloto en tierra que debe lanzar un misil a Kenia desde la base de Las Vegas, y rondando siempre, las víctimas colaterales. Este encadenamiento de mandos es lo más interesante de la película, junto a la disyuntiva de si es mejor perder una batalla política, pero ganar la guerra de la propaganda, o al contrario.

Precisamente, una de las frases más terribles que se oyen en el film es cuando alguien de los “buenos”, la exasperante congresista, dice, hablando de la política de propaganda: “Prefiero ochenta muertos de los nuestros a manos del Estado Islámico, que la muerte de una niña en las nuestras”. La propia Mirren ha declarado con relación a ese diálogo que en “ese momento te hiela la sangre ¿verdad? Al menos eso me ocurrió a mí. Si queremos conquistar los corazones y las mentes, deja que maten tantos como ellos quieran, mientras nos sentamos a mirar y dejamos que ocurra. Es curioso que esa frase salga de la boca de una mujer (una congresista) que hasta ese momento parece estar en el lado de la humanidad, cuando en realidad lo único que quiere es salvar su propia política. También mi personaje funciona con una lógica: para salvar vidas humanas hay que sacrificar otras. Y esa es la eterna pregunta ¿Es moralmente defendible sacrificar a uno para salvar a ochenta?”

Y al final, cuando la congresista de marras, un miembro del gabinete del Primer Ministro británico acusa al General Frank Benson (Rickman) de haber disparado contra civiles, acusándolo de hacer una guerra de sillón, el militar le responde orgullosamente: “Nunca más vuelva a decirle a un soldado que no conoce las consecuencias de la guerra”. Y añade que ha visto en vivo cuatro atentados terroristas en su versión real.

En definitiva, considero esta película como una obra compleja, con gran tensión en la trama, cargada de sátira política, moralmente compleja con reflexiones de calado sobre la ética de la guerra, y muy profética para lo será el mundo de las confrontaciones bélicas en las próximas décadas.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=huKI88L9FPc.

PD: Y para el final, dejo este gran poema de Gabriel Celaya, que por alguna razón me ha venido a la mente mientras redactaba estos comentarios. Espero que le sepáis encontrar el sentido, que lo tiene.

La poesía es un arma cargada de futuro

Cuando ya nada se espera personalmente exaltante, 
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia, 
fieramente existiendo, ciegamente afirmado, 
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente 
los vertiginosos ojos claros de la muerte, 
se dicen las verdades: 
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas 
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados, 
piden ser, piden ritmo, 
piden ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto, 
con el rayo del prodigio, 
como mágica evidencia, lo real se nos convierte 
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria 
como el pan de cada día, 
como el aire que exigimos trece veces por minuto, 
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan 
decir que somos quien somos, 
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno. 
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo 
cultural por los neutrales 
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden. 
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren 
y canto respirando. 
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas 
personales, me ensancho.

Quisiera daros vida, provocar nuevos actos, 
y calculo por eso con técnica qué puedo. 
Me siento un ingeniero del verso y un obrero 
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía-herramienta 
a la vez que latido de lo unánime y ciego. 
Tal es, arma cargada de futuro expansivo 
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada. 
No es un bello producto. No es un fruto perfecto. 
Es algo como el aire que todos respiramos 
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo 
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado. 
Son lo más necesario: lo que no tiene nombre. 
Son gritos en el cielo, y en la tierra son actos.

Gabriel Celaya (1911-1991)

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