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Drácula, la leyenda jamás contada

Por Rodrigo Aliende

La actualidad del cine se ha convertido en una vorágine de noticias y rumores sobre nuevas adaptaciones de superhéroes y secuelas de exitosas aventuras de estos personajes. Está claro que ahora mismo el pastel se reparte entre DC y Marvel, pero estamos hablando aquí de Universal Pictures. A pesar de no tener un superhéroe entre sus licencias, sí que tiene un personaje mítico conocido por todo el mundo, sólo tiene que adaptarlo a lo que la gente quiere ahora mismo. Lo primero que hay que tener en cuenta que una obra se puede adaptar de mil formas diferentes y el resultado puede parecerse mucho al original o sólo en el nombre. Drácula – La leyenda jamás contada no engaña y muestra sus cartas desde el principio. Esto no es Drácula de Bram Stoker. Esto es una especie de Drácula convertido en un héroe oscuro, con poderes sobrenaturales. Tiene pequeños guiños al personaje de ficción e incluso al personaje real, pueden dar fe esos hombres empalados, aunque no sea de la forma exacta para preservar una clasificación por edades necesaria para alcanzar el máximo público posible.

Con este preámbulo quería dejar claro lo que un espectador va a encontrarse cuando vaya al cine y también explicitar que soy consciente de las intenciones de la película, y aún así, me ha parecido tirando a mediocre. Luke Evans, sin duda, es lo mejor del conjunto. Su actuación no es nada del otro mundo, el papel tampoco lo exige, pero su mera apariencia ya consigue meternos en la historia Vlad Tepes, mejor conocido como Drácula, Hijo del Dragón (¿o era del Demonio?). Charles Dance (Tywin Lannister en Juego de Tronos) es la otra estrella, cuya aparición es clave en la película, pero muy escasa como para lucirse y su aspecto demacrado quizás hace que algunos no lo reconozcan.

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En el cine hay un término que se utiliza mucho, que es el de la suspensión de la incredulidad (suspension of disbelief, también se suele escribir en inglés), esto quiere decir que por un tiempo, “desconectamos” el cerebro y nos creemos casi todo dentro de unos límites. Si entramos a ver Drácula, nos creemos que existe y que tiene muchos poderes, como convertirse en murciélago o fuerza sobrehumana. Sin embargo, hay otras cosas que cuestan mucho más creerlas y te sacan directamente de la película. No pido un guión trabajado y complejo, simplemente uno sin agujeros cada diez minutos y que te impida creerte lo que estás viendo. Después está el problema de que los personajes tampoco son nada del otro mundo, no hay nada que te haga empatizar con la familia de Vlad.

Lo que más me molestó de la película son sus escenas de acción. Si por algo fui a verla, era por esto, me imaginaba algo épico y violento, algo para recordar. Nada más lejos de la realidad. Se nota que Gary Shore es un director de cine novato y no tiene a nadie a su alrededor que le diga cómo hacerlo. Las escenas de acción son frenéticas, en el peor sentido de la palabra, y borrosas. No se puede apreciar qué es lo que está pasando ni tampoco merece la pena apreciarlo.

A pesar de que no me haya gustado nada esta nueva adaptación de Drácula (y no porque sea un sacrilegio, sino por lo que es como película), parece ser que va a conseguir el éxito necesario para continuar como franquicia, al menos aquí, en España, que ha cosechado muchas entradas vendidas durante la Fiesta del Cine. Los ejecutivos de Universal no son tontos, y por eso han dejado un final abierto, para enlazarlo directamente con una más que probable secuela. He de decir que los últimos tres minutos me gustaron más que el resto del metraje.

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