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Dos películas en una: biopic que se niega a sí mismo

Por Enrique Fernández Lópiz

El hombre del corazón de hierro es una película de aceptable factura que, empero, no pasará a los anales del cine. Entre otras y como ahora comentaré, por una evidencia de la que cualquiera se da cuenta: ¡son dos películas en una! Y eso se paga, pues no se puede escindir una especie de biopic inicial, para de pronto pasar a una segunda parte del más puro cine bélico, aunque se siga refiriendo al más malo entre los malos, que era de quien se hablaba en toda la parte primera del film.

La película arranca en los finales de los años treinta, con un oficial de la marina alemana expulsado del ejército por cuestiones morales relacionadas con faldas, bajo la acusación probada de “conducta impropia para un oficial y caballero”. Se trata de un hombre violento y ambicioso con gran perspicacia para el control y probadas dotes para la maldad. Su nombre es Reinhard Heidrych (Jason Clarke), y una vez fuera del ejército, corriendo el año de 1942, se dejó aconsejar por quien será su esposa, Lina von Osten (Rosamund Pike). Lina, que pertenecía ya al partido Nazi le sugiere que haga lo mismo. Después de inscribirse en el partido y tras una entrevista con Heinrich Himmler, militar de alto rango y Reichsführer de la Schutzstaffel, es nombrado jefe de las temibles SS. Su carrera creció meteóricamente por la brutalidad de sus métodos de liderazgo y sus violentas formas represión, que hizo que el mismísimo Adolf Hitler le otorgara el apodo de “el hombre con el corazón de hierro”. Cuando el III Reich está en su máximo apogeo, el siniestro personaje es enviado a Checoslovaquia a controlar la oposición al nazismo y de paso a fulminar a los judíos (se le llamó “El carnicero de Praga”). Y aquí la historia da un vuelco para adentrar al espectador en la denominada Operación Anthropoid, conducida por la resistencia checa en Londres, a fin de matar a Heidrych. Es una operación militar muy ambiciosa llevada a cabo por dos jóvenes reclutas, Jozef Gabcik (Jack Reynor) y Jan Kubis (Jack O’Connell), que son enviados a Praga con la misión de asesinar al jefe de la temida SS, la Gestapo.

El guion de Audrey DiwanDavid FarrCédric Jimenez es una adaptación de la novela de Laurent Binet, HHhH, novela de curioso título que es el acrónimo de “Himmlers Hirn heisst Heydrich” -“El cerebro de Himmler se llama Heydrich”, que obtuvo en 2016 el Premio Goncourt a la mejor primera novela. Un texto basado en hechos reales y una especie de biografía sobre Reinhard Heydrich, el malévolo SS impulsor de la denominada “Solución final”, el plan para exterminar a los judíos durante la II Guerra Mundial. Un policía de raza y turbia mente cuyo fuerte era la burocracia. Pues bien, el guión tiene su parte buena, en el sentido de que es un libreto trabajado y sólido; pero a la vez contiene en su estructura un error (yo lo veo así), consistente en partir en dos el film, como apuntaba antes, dejando cortada la figura y personalidad del perverso Heydrich, la cual narraba con pasable resultado, y haciendo de la parte final una especie de crónica del conocido atentado en Praga, que tiene su pizca de emoción, pero que rompe la interesante línea argumental del comienzo. Además, el final de la película deviene especie de tiroteo plan western, donde un puñadito de resistentes checos poco entrenados y con armamento de escasa solidez, poco menos que acaban con un batallón de soldados alemanes organizados y bien pertrechados.

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Con estos ingredientes, su director Cédric Jimenez logra en la primera mitad “atrapar la aparatosidad, y la esencialidad, de la parafernalia nazi, y retratar a un matrimonio de una aterradora complejidad”, y algún episodio en que se deleita en el espectáculo del horror. Pero hete aquí que en la segunda mitad, la cámara se centra en el comando checo llegado y entrenado en Inglaterra, que perpetra el atentado. Y en este punto, la película pasa a ser una cina bélica que narra también las atroces represalias nazis sobre la población civil. A pesar de esta ruptura entre la primera y la segunda parte, la conclusión es un producto aceptable que mantiene la atención del espectador.

Meritoria y poderosa música de Guillaume Roussel que arropa muy bien el drama y una genial, esplendente y potente fotografía de Laurent Tangy.

En el reparto destaca un Jason Clarke de mentón mussoliniano, que interpreta al jefe de las SS con fuerza y enorme furor, transmitiendo bien su talante frío e implacable; las escenas en las que aparece Clarke se elevan con enjundia y lucimiento sobre las demás. Rosamund Pike hace un gran trabajo en el personaje de esposa del malvado Heidrych, que oscila entre la firmeza a la flaqueza con gran vis dramática. Jack O´Connell y Jack Reynor, los dos valientes encargados del atentado, pasan el corte, pero desde mi modo de ver no aprovechan la ocasión para cierto lucimiento. Acompaña un elenco profesional de actores y actrices que hacen una encomiable labor: Mia Wasikowska, Geoff Bell, Volker Bruch, Barry Atsma, Kosha Engler, Krisztina Goztola, Björn Freiberg, Luca Fiorelli, James Fred Harkins Jr. y Kristóf Ódor.

Lo que se nos ofrece en el film es una aproximación al retrato del tristemente recordado Reinhard Heidrych, “en el que tanto pesan sus obsesiones y crueldades como sus aspectos familiares” (Oti Rodríguez), con un superficial intento de estudio de su personalidad diabólica a lo que ahora me referiré. Pero ocurre que en un punto, hacia la mitad del film, parece como si su director Cédric hubiera dicho: “Ya no puedo más con este Heydrich”; y entonces la cámara se pega a los movimientos de la resistencia, a sus preparativos para eliminar al malvado SS, y las terribles consecuencias de la tal operación, “dándole de lado a su protagonista y negándose como «biopic»” (Oti Rodríguez). Esta duplicidad y escisión impide que los personajes tengan la consistencia deseada y así mismo despoja de sentido el ritmo del relato.

Y observo para mi disgusto, que ni la dirección ni el guión aciertan a auscultar con un mínimo de profundidad y capacidad de análisis serio, el “carácter maligno”, del “carnicero de Praga”, pretendiendo la película dar una versión simple y falsa del asunto, pues que nadie se hace tan perverso y diabólico simplemente por “un lío de honor espoleado por una dama metida en el partido nazi […] que crea un monstruo” (Marañón). Esto es una banalidad y más le habría convenido al director y a los guionistas leerse la muy interesante obra de Erich Fomm de título Anatomía de la destructividad humana”, obra que analiza el impulso destructor del hombre desde diferentes ópticas. Pero lo más importante es que Fromm, en este libro analiza el carácter de conocidos y crueles aniquiladores del pasado reciente como Stalin, Himmler y Hitler, cuyos rasgos, postula, derivan del denominado “síndrome de decadencia” (vs. de “crecimiento”), es decir: amor a la muerte, a la simbiosis incestuosa con una madre posesiva y autártica, y al denominado narcisismo maligno donde predomina como rasgo de identidad, más el ‘tener’ que el ‘ser’. Fromm habla muy acertadamente de personajes ‘necrófilos’, que sienten pasión por la muerte o lo muerto: elementos mecánicos, apetencia por poseer cadáveres y otras lindezas de puro psiquiatra.

Pero dejando de lado estas críticas o reparos que siempre cabe colocar a una obra de cine, se puede considerar este film un aceptable producto tipo hollywoodiense, con gran fuerza visual, y un Jimenez que, digamos, puede compensar en parte las deficiencias estructurales de la cinta, con su ímpetu y gran interés en la dirección.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=de3axiOSmqI.

Comentarios

  1. Andrea

    Que gusto da leerte. Una buena crítica que deja hueco al que la lee para decidir si verla en el cine o no. Encima me has dado una idea de lectura para este verano con el libro que comentas de Erich Fomm.

    • enrique

      Gracias por tus palabras y me alegra mucho te sean de utilidad mis comentarios. Un abrazo

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