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¿Dónde está el Hada Azul?

Por Javier Fernández López

Resulta muy interesante la controversia que rodea a Inteligencia Artificial, un film de 2001 dirigido por Steven Spielberg. Pero antes de zambullirnos de lleno en la película, no puedo dejar escapar la oportunidad que compartir con las personas que estén leyendo este artículo mi experiencia personal con esta película. No tuve la suerte de ir al cine para disfrutar de esta historia, así que tuve que esperar un tiempo para poder verla, aunque lo cierto es que no sabía nada de ella hasta que un día, justo cuando la pusieron por televisión, empecé a escuchar una melodía que llegaba a mi habitación. Venía del salón, donde mi madre estaba viendo una película que yo no había visto. Me dijo que se trataba de una película de Spielberg y que era “algo así como Pinocho pero en el futuro”. Al día siguiente me dispuse a verla, aprovechando que la volvían a poner en la televisión.

Yo me acerqué a ver de qué película se trataba, porque cuando es un niño, resulta difícil no sentir algo especial cuando escuchas al maestro John Williams, porque en cierto modo lo conoces. Has crecido escuchándole con cada tema, con cada melodía. Te hizo vibrar en La Guerra de las Galaxias, hizo que nos sintiésemos todos como el mismísimo Superman y nos dijo dónde podíamos recuperar esas canicas que habíamos perdido en Hook. Así pues, me puse a verla desde el principio. ¿Qué sensación me quedó cuando terminé de verla? Quizá que había visto uno de los relatos más tristes de toda mi vida. ¿Es posible que Spielberg trabajase en un proyecto donde no había resquicio alguno para la esperanza? Pero así era, todo se movía bajo un fondo melodramático de gran nivel. Se hablaba del fin del mundo, de un futuro en disputa por la supremacía del ser humano, pero sobre todo se hablaba de la historia de aquél que quería ser un niño de verdad. ¿Acaso hay un deseo más puro que ese? ¿Qué puede haber más humano que desear ser una criatura inocente, llena de ilusiones? Y a ello hay que sumar el amor que había dentro de ese deseo: recuperar el amor de una madre.

Inteligencia Artificial es a día de hoy el relato más maduro de Steven Spielberg. Quizá no sea su mejor película, no en vano hay en su filmografía una gran cantidad de películas que no dudamos en calificar como joyas del cine. La cinta está segmentada en 4 partes: un prólogo ya de por sí cargado de filosofía y reflexiones acerca de la naturaleza del amor y de cómo una máquina puede aspirar a ser algo más que un simple simulador; la puesta en escena de David y cómo va integrándose en su nueva familia, con la historia de Pinocho de fondo para avisarnos de lo que está por venir; la búsqueda del Hada Azul, la parte que muchos consideran que debería haber sido el final, y por último un epílogo propio de Spielberg pero que, personalmente, lo considero necesario aunque cruel.

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El debate que suscita esta película es que, al fin y al cabo, la idea de llevar esta historia al cine fue de Stanley Kubrick. Desafortunadamente, éste murió antes de hacerla o que supiésemos si finalmente sería él el encargado de dirigirla. Fue su amigo Spielberg el responsable de llevar esta idea a la gran pantalla, y quizá por eso muchos miraron con lupa este proyecto, porque pocos directores en Hollywood son mirados con tan buenos ojos como Stanley Kubrick, que si bien nunca consiguió el éxito de su amigo, sí hizo logró una filmografía que a día de hoy son un legado inigualable.

“Acércate niño humano,
De las aguas al confín,
Con una hada de la mano,
Porque en el mundo hay más llanto,
Del que puedes percibir.”

Personalmente, creo que ciertas críticas sobrepasan un poco los límites y no saben ver en esta película un auténtico regalo y un fabuloso homenaje. No sólo por algunos planos que claramente están cogidos de películas de Kubrick, sino por la forma de llevar a cabo el proceso de la película. Incluso la violencia que hay contenida en ella en el tercer acto o el propio cartel de la misma.

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¿Tiene Inteligencia Artificial un final feliz? Esto es algo que merece la pena discutir. Si bien es cierto que David, el niño-máquina que quiere ser un niño de verdad, consigue estar al final con su madre (el propósito original de su deseo), lo cierto es que para el espectador no es un final feliz convencional, porque ya nos explican los seres extraños que vemos en los últimos compases que ese deseo no durará demasiado. Estamos, pues, ante un final que evoca los sentimientos más profundos del ser humano. David lucha contra el romanticismo original, aquel en el que la persona sueña con algo que jamás puede conseguir y ello le da sentido a su vida. David no persigue un sueño inalcanzable, porque cree realmente que ese sueño se puede cumplir. Su búsqueda lo lleva a un tiempo donde la raza humana está extinta y el mundo ha dado paso a una nueva forma de vida desconocida. Y así, finalmente, consigue estar un día más con su madre, sólo un día más, lo suficiente para que la felicidad de David se convierta en una realidad y esta vez, por fin, pueda dormirse junto a ella para siempre.

La película podría haber terminado con David en la nave mirando al Hada Azul para el resto de los tiempos, pero creo, sinceramente, que eso no es un bien final. La clave está en que para los espectadores no es un final feliz, porque sabemos lo que pasaría si la película se alargase cinco minutos más, por lo que no queda lugar para la esperanza. Pero sí es un buen final para David, por lo cual considero ese último acto absolutamente perfecto.

En Inteligencia Artificial vi una película diferente, con personalidad. Vi un auténtico relato post-apocalíptico, pero atendiendo a la historia de un personaje movido por el amor más primario, el amor que siente una persona por su madre. Sí se podría discutir, bajo una perspectiva meramente filosófica, si lo que siente David es amor real. Al fin y al cabo, lo que se realiza en David es una impronta emocional directa entre Mónica y él, por lo que habría que estudiar qué tipo de “estímulos meca-digitales” (por soltar el primer insulto pseudo-científico que se me viene a la cabeza) se activan en David para que éste quiera a su madre de una forma tan incondicional.

Lo que sí es cierto es que aquí hay mucha filosofía, mucho amor, mucha profundidad y melancolía pero, sobre todo, este relato emotivo tiene mucha calidad. Un verdadero despliegue de emociones que te embarca en un viaje hacia la búsqueda de aquello que una vez perdimos. Porque muchos aún seguimos buscando a nuestra Hada Azul…

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