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Doña Clara (Aquarius)

Por Alejandro Arranz

-Enérgica radiografía social y delicado prisma observacional sobre la dicotomía tiempo-espacio y su relación con la identidad en base al estudio de un personaje maravilloso.
-Sonia Braga completa una de las mejores interpretaciones del año, sencillamente inmensa.

Llevaba bastante tiempo con esta película apuntada en la lista de pendientes de 2016. Había leído cosas muy curiosas sobre ella y además el anterior trabajo del director, Sonidos del barrio, fue fruto de mi interés, en especial por lo mucho que tenía que decir. El director y guionista tras estas dos películas se llama Kleber Mendonça Filho. Es curioso que el título de este nuevo filme cambie tanto -aparentemente- en la traducción de nuestro país. El título original es Aquarius, el edificio dónde transcurre la película, mientras que en España la película se titula Doña Clara, nombre de la protagonista a la que da vida Sonia Braga. Ambos personajes, edificio y mujer, forman parte el uno del otro. De eso precisamente trata esta película.

Lo material y lo personal irremediablemente unidos por la acción de la vida. Un mensaje que se mantendrá central en la historia de esta mujer, Doña Clara, a la que acompañaremos en tres capítulos titulados: “El cabello de Clara”, “El amor de Clara” y “El cáncer de Clara”. Nombres relacionados con la personalidad de la protagonista y como los hechos del pasado le han ido dando forma. El primer capítulo sucede casi cuatro décadas antes del presente de la cinta. En una playa, en los años 80, con una canción totalmente relevante para el personaje y el discurso. Después una fiesta que concluye con un fascinante fundido encadenado del salón a través del que pasan 36 años. Un retrato brillante del desarrollo de la vida así como el paso del tiempo sobre el espacio físico y su importancia. Si antes conocíamos a una joven Clara de pelo corto, ahora entra en escena más madura y extendiendo su larga melena. La entrevista posterior será solo el punto de partida de ese mensaje sobre el valor histórico, cultural y vital de los objetos y del arte; así como de las vivencias y emociones que surgen inherentes a los mismos. Si ésto fuera tachado de “materialismo” sería por una triste estrechez de miras.

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En especial, porque lo que Mendonça Filho nos ofrece es una apasionante alegoría política y social que sorprende al decidir fijar su mirada en los detalles y los sentimientos, en el terreno humano, su personaje principal. Una mujer incomprendida, en su decisión, por todos a su alrededor; pero que defiende sus valores arraigados a lo largo de una vida. Una suerte de dualidad entre abuela y niña, entre su amor a cada recoveco del pasado y su rebeldía y libertad para afrontar el presente. Y al igual que el Aquarius, afectada o quizás reforzada, por el paso del tiempo; que puede haber hecho mella en su cuerpo pero también la ha convertido en una mujer llena de vida en cada gesto, como el edificio está lleno de historias y emociones en cada viga. Gran parte de ésto se lo debemos a la magnífica interpretación de Sonia Braga, que aguanta la película con una sofisticación y vigor increíbles, a la par que construye un personaje repleto de matices y sensibilidad. La mayor pega de la cinta es su giro final, que seguramente generará debate, y un desenlace demasiado precipitado pero cuyo impacto es irreprochable.

Doña Clara profundiza en una historia en la que se podrían haber tomado muchas malas decisiones. Sin embargo el cineasta elige no tomar como centro la pelea entre individuo y sociedad empresarial, sino simplemente al individuo como narración de una vida, de sentimientos y experiencias que va acumulando de diversas maneras y le dan forma como persona. Por esa razón esta es una película genuina y a menudo extraordinaria. También porque Sonia Braga es el alma resistente y hermoso de la película. Al final no importa si hablamos de un apartamento, un vinilo de John Lennon o una obra cinematográfica, realmente hay cosas que no tienen precio.

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