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Por Sergi Monfort

Si #LittleSecretFilm fuese el Dogma 95 danés, David “Malviviendo” Sáinz sería Lars Von Trier.

No en vano hago este pequeño símil: Obra 67 ha sido la primera película en lograr distribución comercial de un total de trece, pertenecientes a la mencionada iniciativa, en unión con Calle 13.
El manifiesto de este “little secret film movement” era claro: nada de anunciar la producción, trece horas de rodaje con un equipo de trece personas, todo en torno a temáticas negras, fuera diálogos escritos y, finalmente, exhibición exclusiva en Calle 13.

Así que, como el locuelo realizador de la reciente Nymphomaniac, David fue más allá de las normas y no sólo la llevó a los cines durante una semana de este enero, sino que también ha conseguido distribuir el filme que más ha dado que hablar de entre estos trece pequeños secretos.

El sudor de un equipo unido en familia y dispuesto a vencer al reloj dio sus frutos. Obra 67 es una obra maestra (de la improvisación).
Con tan sólo meras indicaciones de los objetivos, las actitudes y las biografías de los personajes, los actores son capaces de soltarse con una facilidad y una naturalidad brutales y mudan la piel para convertirse en —intentos de—allanadores, un cineasta ególatra, un convicto encabronado (monumental Dechent) y no enumeraré más por el bien de una historia que progresa para pasar de provocarte una carcajada en el pecho a darte una patada en la cara.

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Éste es otro de sus prodigios.
A falta de poder cuidar detalles que con tiempo habrían sublimado lo sublime, Sáinz y su equipo, de alguna manera se las apañan para conseguir que el delicado fundido del género cómico hacia el thriller sangriento hile tan fino que a penas se note (yo no digo nada pero atención, por cierto, a Daniel Mantero).

Los ajenos a Andalucía se van a sentir, sin embargo, un poco perdidos por la pronunciación de los personajes, especialmente al inicio. La historia tampoco es nada nuevo, no hay aquí ninguna ruptura en términos de argumento, ésta es una clara demostración de forma sobre contenido. Además, el hecho de no constreñir a los personajes a una lista de diálogos y de dejarles en libertad comporta una empatía más fácil y natural. Ergo, involucrarse es sencillo. Y, en este caso, hasta peligroso.

Me van a tener que mostrar un milagro del séptimo arte para que cambie mi opinión: esta es la mejor película española del año 2013.
Este febrero, cualquiera que se apropie del Goya principal es un ladrón. Uno de la talla de “El Candela”.

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