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Desternillante road movie con el tándem De Niro-Grodin

Por Enrique Fernández Lópiz

En Huida a medianoche, Jack Walsh (De Niro) es un cazador de recompensas, ex-policía de Chicago, que sólo piensa en abandonar esa profesión para poner una cafetería. Pero hete aquí que recibe el encargo de capturar a un contable, Jonathan Mardukas, de mote “El Duque” (Charles Grodin), que se ha fugado con quince millones de dólares de la cuenta de Jimmy Serrano (Dennis Farina), un peligroso mafioso del crimen organizado. Serrano es por cierto el responsable de que Jack tuviera que dejar el cuerpo de policía y a su propia familia. Por ese trabajo Walsh cobrará cien mil dólares y plata manda. Además, parece un trabajo sin complicaciones; lo difícil será llevar a El Duque de Nueva York a Los Angeles en unas pocas horas. Mardukas tiene pánico a volar, por lo cual tienen que trasladarse en tren, luego en coche, y así. Y mientras, el FBI (con Alonzo Mosely al mando), otro caza recompensas, y los propios hombres de Serrano, los buscan a ambos con fines distintos: para hacer que testifique, devolverlo a la justicia o eliminarlo para que no “cante” lo que sabe. Las peripecias que han de pasar juntos unen a Jack y Mardukas convirtiéndolos en verdaderos amigos.

Estamos ante una revoltosa road-movie en la que De Niro y Grodin, a ritmo trepidante, recorrerán Norteamérica en todo tipo de transportes, huyendo de todo tipo de personajes y pasando por mil y una aventuras. Habría podido ser una película tipo thriller y todo habría quedado genial. Pero el director Martin Brest decide hacer una mezcla de géneros y la verdad es que el invento le salió redondo. Siendo una película de los años ochenta, es sin embargo bastante más simpática que la mayoría de su estilo y de ese tiempo; con diferencia. Es divertida, con alegres golpes de comedia, con persecuciones, dinamismo, emoción y, en fin, hay todo tipo de avatares inesperados que se producen en un viaje que parece no tener fin.

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El guión de George Gallo es inteligente, excelente, mantiene la tensión todo el metraje y hace que la trama resulte auténticamente divertida. En realidad la cinta sigue las pautas de ritmo marcadas por la progresión narrativa asentada en el blockbuster de los ochenta (con sus tres actos, multiplicidad de amenazas, cambio de paradigma y arco de los personajes bien definiditos para que nadie se pierda y todo el mundo se divierta), consiguiendo ser uno de sus ejemplos más característicos y un entretenimiento directo y efectivo. Buena la música de Danny Elfman y una pasable fotografía de Donald Thorin. No hay que olvidar la calidad del montaje.

Fue muy pero que muy acertada la elección de los dos protagonistas principales, un Robert De Niro en su cénit y un magnífico Charles Grodin tal vez en su mejor película; geniales actuaciones de estos dos actores que aportan a sus personajes una complicidad merecedora de risas y de las mejores sonrisas. Como dijo Ebert: “Quien quiera que eligiera a De Niro y Grodin debió tener un sexto sentido, dada la química surgida entre los dos.” Los secundarios aportan solidez y crédito a esta extravagante historia, con un plantel conjuntado y muy bueno donde destacan Yaphet Kotto, John Ashton, Dennis Farina, Joe Pantoliano y Philip Baker Hall.

Entre premios y nominaciones en 1998 tuvo: Globos de Oro: 2 nominaciones incluyendo Mejor película comedia o musical. National Board of Review: Mejores diez películas del año. Festival de Valladolid – Seminci: Mejor actor (Charles Grodin).

De manera que yo, que no la había visto –confieso-, cuando la cacé al vuelo hace unos días, disfruté mucho con el visionado y me dejó un gran sabor de boca, pareciéndome una de las mejores road movies que he visto. Como escribiera Morales: “Comedia de acción la mar de divertida”. Efectivamente, y además, pienso que es un film subvalorado y que merece mucho la pena descubrir… o, para los adelantados, redescubrir.

El director Brest, a la hora de perfilar psicológicamente a los personajes principales lo hace sin exabruptos ni histrionismos, siendo que ambos son dos caras de la misma moneda. El nombre de “El Duque” sirve a modo de fondo y base, mientras De Niro, aun sin saberlo, encarna al plebeyo que siempre acompaña a su señor. Los papeles se invierten de manera divertida y no caen en la pedantería ni se recrean en ella. Fueron una de las mejores parejas de aquella década ochentera. Esta película sigue los 10 mandamientos para hacer buen cine que proclamó Billy Wilder: «Los primeros nueve son: no aburrirás. El décimo, tendrás derecho al montaje final». Pero es que además cuenta con un gran libreto, elemento crucial y principal en una película. Conclusión: se ve con sumo agrado.

Esta película tiene los ingredientes necesarios para convertirse, pues aún creo que no lo ha hecho, en una auténtica cult movie”; los aficionados al género la deberían tener muy presente por ser una pieza clave en su modalidad. Sin duda la mejor obra que dirigió Martin Brest, pues tiene la enjundia y también el encanto de otras relevantes en su filmografía, como Superdetective en Hollywood de 1984, que si bien sobrevive con los años, no llega al nivel con mucho del presente film.

Tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=eGtdPkcoHYc.

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