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Desde Rusia sin amor

Por Adrián Pena

Nochebuena de 1988, nace John McClane, “working class hero” y padre del héroe de acción moderno. Un referente para todas las películas del género, el héroe que más nos gusta, el que tiene verdaderos problemas en su vida, el que se lleva los golpes de todos los colores, el que ante los contratiempos y el dolor físico se levanta para acabar con los malos, el poli irlandés borracho que habla solo y sabe reírse de sus adversidades y sus adversarios, en definitiva, el mejor Bruce Willis de la mano de John McTiernan.

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Una unión que convirtió Nakatomi plaza en patrimonio histórico del cine, y demuestra que para hacer una buena película no es necesario ni estrujarse los sesos, ni tener un guión complejo, ni siquiera tener grandes localizaciones. Haciendo algo simple e ingenioso, que con el tiempo se convertiría en un mito gracias a sus dosis de grandilocuencia y simpatía. Pero ese mito ha envejecido, y lo que antes era genial, ahora se ha deformado y ha dado lugar a un personaje que puede llegar a ser pesado e innecesario en nuestras vidas, a pesar del cariño y de que ya formará parte de nuestra familia cinematográfica.

Porque sí, en 1988 había motivos más que de sobra para celebrar el nacimiento de un héroe, pero a fechas de 2013 lo único que vemos no es más que una leyenda convertido en una mina desaprovechada por las productoras de Hollywood. Su degeneración ha sido progresiva y en esta quinta entrega cae en picado. Porque su primera parte fue una obra maestra, su segunda irregular pero pasable, la tercera una gran película de acción gracias a la introducción de Samuel L. Jackson y Jeremy Irons en el proyecto (y a la vuelta de McTiernan a la dirección), su versión 4.0 una involución pero admisible. Pero su última misión es algo inaceptable.

McLane pasa a ser de un héroe casual, a un héroe forzoso en vez de ser prejubilado y haber quedado como un gran campeón, dejando en el currículum de Willis una mancha más. Y no sólo él es culpable de haber participado en el proyecto, la mayor parte de la responsabilidad recae sobre las espaldas del director John Moore (de mediocre trayectoria) y del guionista Skip Woods (carente de creatividad alguna); que creen que los fuegos de artificio son los perfectos complementos de lo mezquino. Ni Hollywood, ni los guionistas parecen tener ya ideas buenas y frescas a la hora de crear un buen personaje o historia de acción, que ven a McLane marca registrada como un filón que convierte los minutos en dólares por inercia y no por calidad.

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Bruce Willis repite una y otra vez sin gracia que “está de vacaciones” y la verdad es una pena que no le hayan mandado (hasta habría sido más interesante), porque pocas cosas se salvan de la película, no hay chistes buenos, no hay guión, no hay villano con carisma, ni siquiera la introducción del hijo de McClane (Jai Courtney de lo mejor de la película y no es gran cosa) impiden que el film sea un descalabro. Ya no hay “Yippie Kae Yei” que emocione al espectador.

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