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Desde el amor hacia la maravilla

Por Jorge Valle

«Acabo de nacer. Me has sacado de entre las sombras. Me has levantado del suelo. Me has devuelto a la vida… Subimos la escalera hasta la Maravilla.»

To the wonder, que en español podríamos traducir como “Hacia la maravilla”, es el título de la última película del director Terrence Malick quien, tras regalarnos ese incomprendido milagro cinematográfico que es El árbol de la vida, donde profundizaba en temas como la existencia humana, la creación del universo, la necesidad de creer en la divinidad o la forja del carácter en la infancia, nos ofrece ahora un retrato del amor tan personal condenado, de nuevo, a ser rechazado por la inmensa mayoría del público. Consciente de que lo trascendental y metafísico de la vida no puede contarse con palabras, el director norteamericano abandona la narrativa convencional y se entrega por completo a la imagen, a la que mima en cada plano con sutileza, convirtiendo su particular cine en auténtica poesía visual. Sus versos nos van mostrando -porque Malick no cuenta, sólo sugiere- las distintas etapas del amor y su capacidad de redención, su extraordinario poder para hacernos mejores y sentirnos más completos, para hacernos volar “hacia la Maravilla”.

La protagonista indiscutible de esta película es Marina (Olga Kurylenko), una mujer que desborda amor por sus cuatro costados y se entrega por completo a sus sentimientos, muchas veces irracionales, sin importarle las consecuencias. Cuando se enamora de Neil (Ben Affleck), decide abandonar París junto a su hija Tatiana (Tatiana Chiline) y mudarse a la pequeña población de Oklahoma donde vive Neil, con la intención de emprender una nueva vida y olvidar el pasado –probablemente repleto de amores fallidos y desengañados-. Neil también quiere amarla, pero se ve frustrado al no poder satisfacer y corresponder el amor de Marina. Hay algo que le frena, pues no se arroja con total seguridad a los brazos de su amada, es incapaz de empaparse de un sentimiento en el que se ve superado. Cuando su relación entre en crisis, ella volverá a París envuelta en un mar de dudas y soledad, mientras que él intentará retomar la relación con una antigua amante del pasado, Jane (Rachel McAdams). Sin embargo, la relación tampoco prosperará debido al miedo de ambos a exponer su corazón a una nueva decepción. Malick se basa en parte de su biografía para construir esta historia pues, al igual que Neil, estuvo viviendo una temporada en Francia, donde conoció el amor, para finalmente casarse con una antigua novia del pasado.

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«Si no sabes amar, tu vida pasará como un destello», decía el personaje de Jessica Chastain en El árbol de la vida. El amor es un sentimiento tan universal –todos hemos amado alguna vez- que provoca unas emociones perfectamente reconocibles por todos, aunque luego nos cueste tanto describirlas: es un afecto que nos trasciende, que sobrepasa nuestros límites más racionales. Es algo que todos buscamos, pues el amor es entendido y mostrado en esta película como un vehículo a través del cual alcanzamos la plenitud, la “maravilla”. Pero esta pasión casi siempre desemboca en el sufrimiento, y este en la desesperación y la soledad. Estos personajes sufren porque aman; han decidido entregar su corazón al otro en un arriesgado pero admirable acto de valentía. No obstante, Malick no sólo quiere hablar del amor de pareja, sino que sus pretensiones engloban también el amor más puro e irracional que existe: el amor a Dios, encarnado en el Padre Quintana (Javier Bardem), a quien acudirán Marina y Neil en busca de consejo espiritual. Este sacerdote, al igual que el San Manuel Bueno de Miguel de Unamuno, vive instalado en una crisis existencial provocada por sus dudas acerca de su amor, pues siente que no es correspondido.

Quizá a algunos les parezca aburrida o pretenciosa, y nadie podrá quitarles la razón, pero a otros nos fascina la capacidad de este director texano para convertir en arte todo lo que toca, para reflexionar sobre los temas más profundos de la vida –en este caso, el amor- con una sensibilidad lírica y un talento únicos. Temas sobre los que todos alguna vez hemos intentado asomarnos, aunque rara vez hayamos encontrado alguna respuesta satisfactoria. La conexión entre To the wonder y su predecesora es clara, aunque esta presenta un carácter más intimista y le sirve a Malick para radicalizar aún más su estilo narrativo y visual en el que el diálogo es reducido a su mínima expresión –hay secuencias de varios minutos sin que se pronuncie palabra, mientras que otros diálogos quedan inconclusos o son totalmente irrelevantes-. La ausencia de conversación concede aún mayor importancia a la música, que parece mover con delicadeza las imágenes a su antojo, y a la exquisita fotografía de Emmanuel Lubezki. Cada película de Malick es un paso más en su carrera y en su vida hacia lo impenetrable e incomprensible de nuestra existencia, una prueba más de la grandeza del cine y, por extensión, del arte más humanista, para hacernos reflexionar sobre nuestra propia condición humana y nuestro lugar en el mundo. Y todo acompañado de una belleza exquisita, pues citando al crítico de cine Pablo Kurt: «el norteamericano es el único director del mundo que coloca la cámara en el lugar donde reposa la belleza y la empuja con la yema de los dedos de un poeta.» No se podría haber descrito mejor. Malick ha vuelto a componer otra sinfonía de imágenes que nos hace rendirnos, de nuevo, a sus pies.

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