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Descenso a los infiernos

Por Jorge Valle

Shame comienza con un plano cenital que nos muestra a Brandon (Michael Fassbender) recién despertado, tumbado en una cama de matrimonio que acoge con frecuencia a distintas solteras de la ciudad pero que no posee una dueña propia, y cobijado por unas sábanas cuyo poderoso color azul contrasta con la blanquecina piel del actor irlandés. La mirada, inquietante, también de un profundo azul, se pierde en la inmensidad del techo de la habitación. Hay algo en esta primera escena que ya nos avisa de la abismal soledad en la que vive instalado este treintañero neoyorquino que parece poseerlo todo –un buen trabajo, una cómoda y holgada situación económica, un atractivo suficiente para llevarse a la cama a cualquier mujer que se proponga- pero que en realidad sufre un gran vacío sentimental que solo es capaz de llenar con el sexo, una adicción que le persigue a todas partes y que sacia con revistas pornográficas, cibersexo o prostitutas. El dúo formado por el director Steve McQueen y el actor Michael Fassbender ya sorprendió a la crítica con Hunger, cinta que fue aclamada en numerosos festivales y que catapultó a la fama a estos dos nombres que este año han conquistado Hollywood con la también excelente 12 años de esclavitud. En Shame retratan con verdadera maestría, y de nuevo envueltos por una absurda polémica –se habló más del desnudo frontal del actor que de su gigantesca interpretación-, la adicción de la que se ve preso un hombre vapuleado duramente por la vida.

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Sabemos  muy poco de este depredador solitario, pero podemos intuir, pues todo está narrado con misterio y ambigüedad, una infancia difícil que Brandon parece haber arrinconado sin demasiada fortuna, pues hay cosas que no podemos olvidar aunque nos empeñemos en negarlas. También se adivina un conflicto en el entorno paterno –cuando su compañera de trabajo Marianne (Nicole Beharie) le pregunta por su familia, él solo menciona a su hermana-, que parece haber marcado profundamente su carácter y personalidad, así como la relación con su hermana Sissy (Carey Mulligan), sobre la que siempre sobrevuela el incesto aunque nunca se llegue a especificar. La convivencia entre ambos en un mismo piso supondrá un explosivo cóctel que sacudirá sus vidas y romperá todos sus esquemas, acostumbrada ella a la compañía de hombres a los que engancharse física y emocionalmente y habituado él a una cómoda y hasta buscada soledad que le hace permanecer casi incomunicado con el mundo que le rodea. Michael Fassbender es el encargado de meterse en la piel de este hombre incapaz de mantener relaciones sexuales con una mujer por la que siente afecto y con la que podría iniciar una relación sentimental, pero sí con una prostituta seguidamente. Un hombre que escucha tras la pared extrañado y con actitud pasmada a su hermana suplicándole a su novio que no la deje, pues no puede vivir sin él. Unas palabras que él no entiende y que nunca ha pronunciado: jamás ha amado ni ha tenido una relación estable. Un hombre que no puede ni sabe establecer vínculos afectivos con su entorno, incluyendo su propia familia. Un hombre incapacitado para el mayor don del ser humano: el amor.

Este mundo tan frío y desolador está perfectamente reflejado por una fantástica fotografía de colores fríos, donde el azul y el gris conforman la paleta afectiva en la que se mueve el protagonista. El descenso a los infiernos de Brandon queda perfectamente reflejado con esa fantástica metáfora en la que el protagonista baja las escaleras del bar de alterne gay, fotografiado con un rojo endiablado, al que ha decidido impulsivamente entrar, en un acto de auto-destrucción y pérdida de la identidad. Shame es una obra perturbadora y magistral, siempre al borde de la sugestión, que supone una prueba inapelable del talento de dos actores mayúsculos –Fassbender y Mulligan están excelsos en sus respectivos roles- y de un director cuya lentitud y pulcritud en la narración y cuya asombrosa y sorprendente capacidad para adentrarse en sentimientos tan esquivos como la soledad, el miedo y la frustración puede desesperar a algunos, pero a otros nos inquieta y sobre todo fascina. Por todo ello, Shame es una de las películas más completas de los últimos años, una muestra de ese cine difícil y complejo que cada año nos llega del continente europeo para conformar auténticas obras de arte que bien merecerían ser expuestas en un museo.

Comentarios

  1. Esteban Rojas

    Jorge te felicito por tu crítica la verdad que Shame es de las películas que mas me han gustado y cautivado los últimos años, la actuación de Michael Fassbender es desgarradora, hace años que no veía una interpretación tan solida, potente y real. Es un actorazo y la dirección de Mcqueen, tan cuidada y valiente, convierten a Shame en una delicia para los adictos al cine como yo. Sin duda cuando esta década culmine, Shame estará entre los mejores filmes de este tiempo. Excelente crítica y saludos desde Chile, su página es lo mejor.

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