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Deprisa, deprisa

Por Enrique Fernández Lópiz

Pude ver anoche en un programa de TV a Carlos Saura, por quien no pasan los años, justo antes de que proyectasen la película que ahora comento y que él dirigió en 1981: De prisa, deprisa, peli del tipo Perro callejero, 1977 de José Antonio de la Loma (que tendría otras partes); Yo, El vaquilla, 1985, también de José Antonio de la Loma y su hijo; y otras que se rodaron por esos entonces sobre el mundo de los quinquis o chorizos como se dice ahora. La de Saura es una película que, también como otras de este género, fue rodada con actores aficionados, jóvenes adolescentes tomados de los mismos fondos de delincuencia que trata el film y que tuvo el sorpresivo mérito en aquel año de ganar el Oso de Oro a la mejor película en el Festival de Cine de Berlín.

En esta obra Saura vuelve a los ambientes delincuenciales, ambientes marginados y pobres en todo sentido, con esta historia que incluye a varios adolescentes: Pablo, “El Meca”, “El Sebas” y Ángela; cuatro muchachos que a toda costa desean escapar de una realidad muy difícil en la que viven. Para ello necesitan dinero. Pero eso de trabajar, según su mentalidad, es de “pringados”, es lo que han hecho sus padres por sueldos exiguos. Y es que los personajes de esta cinta no tienen buenas relaciones con su progenitor varón, no así con las mujeres, abuela, madre, etc., a quienes incluso hacen obsequios con el dinero de sus robos y fechorías. Pero además, los personajes quieren autos, droga, piso, electrodomésticos, etc. Por ello, estos adolescentes van “deprisa, deprisa”, para conseguir la “guita” rápidamente en algún atraco, huir y poner pies en polvorosa, y disfrutar del botín; y también la cosa de vivir deprisa, apurando el riesgo, al filo de la navaja y sabiendo que al final, en cualquier momento, les espera el precipicio, la muerte.

Dice Saura que se decidió a hacer este film por unas columnas que alguien escribía en un diario de tirada diaria en nuestro país que ponía bastante mal a estos grupos de choricetes. Y que él entonces pensó investigar la tal situación de estos adolescentes, pues que creía que la cosa no era para tanto.

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Corría el año 1981 cuando se rodó la película, pero podían ser los setenta o algo más avanzados los ochenta. Y para los que tenemos memoria, sabemos que en aquellos años la delincuencia, muy vinculada al tráfico y consumo de drogas, era una auténtica pandemia y una preocupación de primer orden para los ciudadanos de a pie, para establecimientos diversos como Farmacias, Joyerías, etc., y cómo no, para el propio gobierno cuyas fuerzas de seguridad procuraban poner un poco de orden en aquel caos (al que se unían las matanzas de ETA). Y entonces me sorprende que Saura tenga una visión, hoy día, tan complaciente con ese fenómeno que acabó con la vida y hacienda de una y otra parte, es decir, que tanto morían los pobres chavales –al fin un producto de las malas circunstancias sociales y de marginación del momento- como fruto del enfrentamiento con la policía o por sobredosis de heroína, como caían igual los asaltados por la calle, oficinas bancarias, policías, etc. En aquellos entonces, circular por la noche por ciudades como Madrid, Barcelona u otras urbes grandes, conllevaba estar mirando por el rabillo del ojo, a ver si algún sospechoso se te acercaba, es decir, se vivía con cierto temor y recelo. Así que yo recuerdo que entre la delincuencia y la ETA, los de a pie estábamos un poco-bastante atemorizados (ya sé que ambas cuestiones son distintas, pero sin duda ambas peligrosas y frecuentes en aquel momento histórico).

Para los más jóvenes diré que en esta época de la peli (1981), tras la muerte del dictador Franco, recién salíamos de la profunda crisis de las subidas del petróleo en los años setenta, lo que arrojó durante años un futuro sombrío en las empresas y terrenos productivos. Y también, la caída del dictador en 1975 relajó las costumbres y los ánimos. De manera que estos muchachos vivían, además de momentos de dificultad económica y social, un instante histórico en que advino de pronto la “libertad”, y a veces una libertad del “todo vale”. La droga empezó a ser moneda común, sobre todo en los barrios bajos; era la droga que mataba, heroína esencialmente, amén de alcohol, hachís, etc. Jóvenes sin trabajo, abocados al fracaso escolar, sin trabajo o con trabajos precarios y en tantos casos, como el de los protagonistas, abocados a la delincuencia ¿Nos suena? Pues que ahora estamos, si bien en otro momento histórico, pasando igualmente por una gran crisis que también acarrea mucha penuria sobre todo para los más jóvenes.

Yo diría que la dirección de Saura es acertada, y además saca un buen partido del reparto actoral de aficionados con los que trabaja. El guión de Blanca Astiasu basado en historia del propio Saura, está muy bien logrado, con diálogos ocurrentes y acordes a la realidad que cuentan. Y acompaña la música tipo flamenco plan rumbas de los Chichos o Lole y Manuel que por aquel entonces triunfaban, sobre todo en los barrios bajos; preferentemente los Chichos. Pero también en general artistas flamencos como el caso de los ya míticos Lole y Manuel. Así que la música acompaña, con canciones que ahora me han resultado hasta bonitas. Y la fotografía de Teo Escamilla arropa la acción y las escenas a veces trepidantes del film.

En resumen, esta película, a pesar del transcurrir del tiempo sigue ejerciendo su atractivo, tal vez por la verosimilitud de la misma, interpretada muy bien por sus jóvenes y aficionados actores que, como decía, provenían del mundo que representan (de hecho, el propio Saura aseguraba en TV que el protagonista falleció a los diecisiete años por una sobredosis de heroína). Y además de lo verosímil, me parece muy importante a modo cuasi documental, lo bien que retrata la atmósfera de post-dictadura, muy bien reflejada en el film, atmósfera que aún tenía sus secuelas de desconcierto, de indolencia y de enfermedad moral inoculada por tantos años de manu militari. Como se evidencia en la actitud, el comportamiento desconcertante, la mirada magnética y el rostro bello de Berta Socuéllamos, una joven limitada como actriz pero cuya cara atrae e incluso fascina: ¡toda una metáfora de la época, este personaje femenino en el film!

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