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De Sudáfrica a los USA

Por Guillermo M. Rodríguez Chamorro

El director sudafricano Neill Blomkamp que nos sorprendió con Distrito 9, contándonos los problemas de su propio país, mediante el uso de una parábola metafórica, en la que unos extraterrestres sin recursos, hambrientos de comida de gato y sin aparente tecnología, debían estar “apartados” de los humanos; ha usado la misma fórmula con Elysium, su último largometraje, en este caso ha narrado los problemas propios de los Estados Unidos de América, que son aparte de las armas, la inmigración ilegal y el tema de la sanidad pública.

En Elysium podemos encontrar un planeta tierra del año 2154 donde la superpoblación, la contaminación y la falta de alimentos, ha generado que la flor y nata de la sociedad mundial, fabricara una construcción espacial donde encontrar paz y armonía donde no existe pobreza, ni hambre, ni mal alguno en este caso gracias a la tecnología.

Elysium bebe de la de la mitología griega donde los Campos Elíseos, situados en el inframundo, donde iban a parar las almas de los hombres virtuosos y los guerreros heroicos, podríamos decir que era el cielo  griego y que algunas almas podían visitar el mundo de los vivos, cosa que también se repite en la película.

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También existe en la mitología griega Tártaro el inframundo, más profundo incluso que el Hades el lugar donde el castigo se adecuaba al crimen, lo más parecido a nuestro infierno cristiano, o a Los Angeles del año 2154, población enteramente Latina, pobre, realizando los peores trabajos y su esperanza es la de poder llegar a Elysium, para poder mejorar su salud, a base de poder atravesar el espacio existente entre la tierra y el satélite artificial llamado Elysium, o contemporizando el “río grande” que separa México de los USA.

Blomkamp hace un retrato exagerado de la sociedad actual americana y su máximo exponente es la oscarizada Jodie Foster, que desarrolla un papel propio de cualquier Alcalde de la frontera con México, o como el también malogrado y ganador de un Óscar Charlton Heston, también es cierto que podría haberle sacado más partido.

En general la cinta no flaquea, algo en el final, donde deja escapar un final acorde al resto de la desbordante mala leche, que gasta en todos los enfrentamientos que en ella se desarrollan. La violencia en ciertos momentos tan gratuita como realista, se lleva la palma en el actor fetiche del director Sharlto Copley, el ex protagonista de Distrito 9, que da rienda suelta a un “psico”, con todas las letras mayúsculas la P, la S, la I, la C, y la O.

Me encantó poder verla en el cine y salí de él con la satisfacción de haber invertido bien mi dinero, cosa que últimamente sucede muy raramente, gracias a la falta de ideas y guiones serios y comprometidos dentro del cine norteamericano, que ayudados por encajar en todos los grupos cada vez se parecen más a producciones Disney.

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