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De magnetismos y viajeros del tiempo

Por Mª José Toledo

Tras once años sin Bryan Singer como cabeza organizadora y tres desde la última aventura de los X-Men al completo, llega para abrir camino a la temporada estival X-Men: Días del futuro pasado. Puede que se haya escrito y dicho todo lo que se podía decir sobre esta película, según muchos entusiastas una de las mejores dentro de las adaptaciones de superhéroes, pero permitidme que vuelque y comparta mis sensaciones en esta reseña, por supuesto que subjetiva, no vamos a engañarnos. Luces, cámaras, ¡acción!

Una vez hemos dado por válido que el ser humano desarrolla mutaciones que hubieran vuelto loco a Darwin, en esta nueva entrega nos encontraremos con una historia de viajes en el tiempo. La teoría teletransportadora parece basarse en el principio que la física cuántica denomina Superposición. Abrid bien los ojos y las orejas, a ver si lo entendéis mejor que quien escribe: la capacidad de que un sistema cuántico, pongamos un electrón, posea de forma simultánea dos o más de sus valores posibles. Por ejemplo: dada la probabilidad de una trayectoria A o B, el electrón se encontrará en ambas al mismo tiempo. Este fenómeno se relaciona con otro concepto de nombre Entrelazamiento: conexión entre dos partículas que consiste en que cualquier modificación en una de ella se reproduce en la otra. Con estos datos puramente científicos, Singer se permite idear la excusa perfecta para reunir a todo el casting mutante. Así, Xavier y Magneto decidirán en un momento crítico del mundo que hay que resolver la situación convirtiéndose en viajeros del tiempo para regresar a un día concreto de 1973, cuando, por lo que nos explican, se gestó el desastre.

Evidentemente, enseguida nos surgen una serie de dudas que el guión no aclara pero que tampoco le interesa aclarar. A saber: cómo es posible que el asesinato de un presidente de los Estados Unidos no se condene con mayor contundencia ni provoque el pánico anti mutante de un modo radical; en cambio, que eliminen a un científico sí que lo hace. Es más: cómo es posible que Magneto cometa el desliz que comete con Mística delante de las cámaras de televisión, un riesgo innecesario; o hasta qué punto los sucesos que hemos visto hasta ahora podrían cambiarse evitando la existencia de los Centinelas. El dilema moral no tiene sorpresas y los problemas depresivos de Xavier, a quien dejamos tan tranquilo en La primera generación, nos pillan desprevenidos. Coherencia, la justa.

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A parte de previsible en casi todos sus aspectos, la historia no ahonda en ninguna gran emoción ni aporta demasiada entidad psicológica a los personajes, a diferencia de lo que vimos en la versión de Matthew Vaughn. Liviana y grandilocuente, simpática y entretenida, prefiere desdramatizar el contenido y cargar el continente a través de una puesta en escena de eficaz detallismo visual, con cámaras lentas que configuran la acción y un enfoque renovado de los poderes en el que prima el lado mas espectacular, admirable e intenso del don mutante. Ahí nos queda el Quicksilver de Evan Peters desplegando super velocidad al ritmo impensable del Time In A Bottle de Jim Croce, o el estadio arrancado por cortesía de Magneto, de quien es evidente que aprovechan al máximo su atractivo poder y su atractiva presencia.

De hecho, X-Men cuenta con un arma secreta que ya quisieran otras películas: el apartado interpretativo. Hugh Jackman repite como Lobezno, enlace entre pasado y futuro, todavía joven, fuerte y sin esqueleto de adamantium, aunque teniendo en cuenta que hay una gran variedad de personajes, escasean sus oportunidades para intervenir en la trama. Peter Dinklage es la incorporación más importante, demostrando que es un actor versátil y carismático, si bien su Bolivar Trask, el pretendido villano, apenas nos cuenta nada. Los veteranos Ian McKellen y Patrick Stewart ponen las pinceladas de veteranía y nostalgia tras tantos años viéndoles como Magneto y Profesor X, y la actriz de moda Jennifer Lawrence en el papel de Mística aumenta su protagonismo, en mi opinión inmerecidamente.

Sin embargo, a mi parecer son James McAvoy y Michael Fassbender quienes le dan a Días del futuro pasado (así como se lo dieron la primera vez junto a un genial Kevin Bacon) un plus de superioridad incuestionable. Obviemos el espantoso cabello que McAvoy luce y dejémonos inspirar por su suave y natural contundencia interpretativa proveniente de tierras escocesas. Me encanta. Claro, que me gusta más el imparable Fassbender. Abro aquí un paréntesis de confesiones íntimas para declararme fan incondicional de este señor, interprete increíble en cada faceta que toca, ya sea el esclavismo erótico-fanático de 12 años de esclavitud o el universo Marvel y su mutante irritado. Talento y sex appeal unidos en un físico de catalogo que derrocha los mismos gramos de perverso magnetismo como de elegante sofisticación. Que no se desvíe del camino, porque terminará conquistando el mundo, así en plan Magneto.

Un consejo: aguantad con paciencia todos los créditos para no perderos el mini epílogo “apocalíptico” que anticipa la próxima aventura. X-Men: Días de futuro pasado resulta amena en su facilidad de acción, diálogos y visión de conjunto, aunque dudo que enganche o entusiasme a quienes se acerquen a ella sin conocer la saga. Si buscas pasar un rato desenfadado, siéntate en la butaca.

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