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De cómo la antigua burguesía catalana dio luz al arte

Por Enrique Fernández Lópiz

El señor Esteve es una película cuya historia transcurre en la Barcelona del siglo XIX. En ella confluyen, como autores principales de la obra, dos pesos pesados del arte: Edgar Neville (nacido el Día de los Inocentes de 1899-1966) como director; y Santiago Rusiñol (1861-1931), autor de la novela que la inspira.

Empiezo por su director y guionista Edgar Neville, un polifacético aristócrata madrileño que cultivó diversos géneros artísticos con gran talento, sobre todo la literatura y la cinematografía. Por su filiación al bando nacional tras la guerra, no fue incluido como debiera en la nómina de intelectuales de la Generación del ‘27, como le ocurriría también a sus amigos escritores falangistas Miguel Miura, Tono, Enrique Jardiel Poncela o Álvaro de la Iglesia. Pero fue un hombre de éxito, lo que incluyó la carrera diplomática y docenas de rocambolescas actividades como las de dramaturgo, novelista, poeta, publicaciones en prensa y revistas, y el cine, pues sin duda fue uno de nuestros cineastas principales de las primeras décadas del pasado siglo, oficio que aprendió en los estudios de la Metro-Goldwyn-Mayer y habiendo disfrutado igualmente de las ventajas en Roma del complejo de estudios de cine Cinecittá. Como escribe Ríos Carratalá: “La actividad cinematográfica de Edgar Neville durante la posguerra fue intensa y productiva. Su proverbial capacidad de adaptación le permitió comprender pronto los mecanismos de una nueva realidad donde se podían hacer buenos negocios, que a su vez le facilitaron el camino para sacar adelante una producción con personalidad propia que todavía nos asombra”. Fue también un bon vivant rodeado de bellas mujeres y brillantes amigos, pues como él mismo dijera: “Nos damos la gran vida los que tenemos propensión a ello, los que gastamos todo lo que ganamos no en comprar valores ni en hacer negocios, sino en vivir como queremos”. Un personaje singular y para lo que aquí nos convoca un gran guionista y director de cine.

En cuanto a Santiago Rusiñol, padre de la novela modernista “L’auca del senyor Esteve” de 1907, fue un catalán nacido en Barcelona, también un creador variopinto: pintor, escritor, crítico, músico y dramaturgo en lengua catalana. Quizá por lo que más destacó sea por su actividad pictórica, muy influida por los impresionistas, con temática paisajista, tanto rural como urbana, retratos y composiciones simbólicas de inspiración modernista. Fue igualmente ideólogo del movimiento modernista catalán. Su obra literaria incluye poemas, novelas costumbristas, escritor para de prensa y personaje importante de la Renaixença literaria y cultural de Cataluña. La novela que inspira la película, quizá su obra más popular, fue adaptada por él mismo al teatro en 1917, y en ella dibuja una semblanza un tanto sarcástica del padre de familia de una pequeña tienda de comercio, enfrentado al hijo que quiere ser artista. Y hete aquí que el mismo Rusiñol trabajó desde su adolescencia en el negocio familiar de hilados, bajo la atenta mirada de su abuelo, siendo que su vocación era ante todo creativa. O sea, es una novela y una película autobiográfica de la vida de Rusiñol, un artista en toda regla. Aunque el principal mérito de la novela es que su autor sabe esquematizar la función histórica de la burguesía catalana en su momento álgido, pues alrededor de la figura del señor Esteve se configuró esa filosofía del sentido común que encarnó la cordura, la perseverancia, el orden, la puntualidad, la honradez y otros valores que devendrían símbolo de la clase catalana ulterior que, a la postre, fue el cimiento para que pudieran florecer las bellas artes; y este es Ramonet, el símbolo del artista.

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La trama del film cuenta el orgullo que el patriarca y dueño de una mercería pequeña pero selecta desde 1860, siente por su nieto. Con la idea de que se haga cargo del negocio, aconseja a éste que se case “con una buena muchacha, con buenos informes y cinco mil duros de dote, es práctica, no tiene pájaros en la cabeza”, así le dice el patriarca. Y tiene un hijo cuyo bautizo se celebrará por todo lo alto, es Ramonet, tercera generación. Transcurridos veinte años, el señor Esteve toma conciencia de que han cambiado los tiempos, lo cual que imagina que la mercería peligra y con ella la tradición familiar, pues su hijo tiene inclinaciones escultóricas que finalmente son reconocidas por el patriarca, augurándole que será lo que él quiere.

En 1948 Edgar Neville capturaba la mentalidad burguesa en Barcelona a través del linaje de los Esteve y su querida y entrañable mercería ‘La Puntual’. Neville siempre aparece como director del casticismo madrileño, pero tras su trilogía madrileña costumbrista con películas como La torre de los siete jorobados, 1944; Domingo de carnaval, 1945; y, El crimen de la calle Bordadores, 1946, acomete la dirección de películas en Barcelona, hace la adaptación de Nada, 1947 (que se desarrolla en una casa familiar opresiva) y este film de una Barcelona, no sólo como lugar urbano, sino con su espacialidad social ante todo. En ella expone cierto rechazo a la burguesía catalana, lo cual ya estaba presente en la novela de Rusiñol: “L’auca del senyor Esteve”. La historia se sitúa en una época crucial para el desarrollo industrial y económico de Barcelona. Siempre mirado a través del negocio familiar de la mercería que traslada al espectador ese proceder pragmático y austero de la vida, subrayando la figura del gestor del negocio. Pero llegará la hora en que el hijo del abuelo de familia, Ramonet, ya en su juventud, se incline más por el arte (el dibujo o la escultura), que por llevar la contabilidad o administrar los dineros.

De otro lado, Neville quiere conocer de primera mano Barcelona, ciudad a la que no estaba habituado, y se rodea de personajes que lo asesoran y conducen por la mentalidad catalana, pues Neville no quería fracasar con este film. De esa guisa, en la obra se observa esa sociedad barcelonesa: fiestas y costumbres como la fiesta de Gigantes y cabezudos, rituales y sobre todo, negocios. O sea, Neville modernizó el argumento de la novela incidiendo en algunos de los elementos sólidos de su filmografía, como eran los personajes costumbristas, el gusto por los decorados de época, el estilo realista y los pequeños detalles cotidianos.

Es buena la música de Jesús García LeozEduardo Toldrá. Meritoria fotografía en blanco y negro de Manuel Berenguer. Bien la puesta en escena y algunos exteriores, sobre todo al final en que se puede ver la Sagrada Familia.

En el reparto los papeles principales recaen sobre Manuel Dicenta, Alberto Romea y Carlos Muñoz que logran trabajos muy meritorios. Pero son los secundarios los realmente maravillosos, con un Pepe Isbert que hace de artista que decora la tienda o una simpática Julia Caba Alba; estos actores de reparto son los que aportan la gracia y la chispa costumbrista, con intervenciones breves pero muy jugosas, como afirma Andrea Morán. El coro de las tres primas como las genuinas entrometidas y cotillas (María Cañete, Mariana Larrabeiti y María Isbert), en clave casi surrealista. Y otros actores como Manuel Arbo, Carmen de Lucio o Rosario Royo.

La película fue recibida con buenas críticas y pensada hoy aporta una base antropológica sobre una clase social que estaba construyendo la Barcelona del siglo XX. Están presentes también el humor de Rusiñol que Edgar Neville tanto admiraba y del cual recoge frases muy significadas; un humor muy de la Cataluña de la época, alzaprimando el valor del dinero y su contabilidad para que ni un céntimo se pierda. Como cuando el padre recomienda al tutor del hijo que le enseñe “buenas ideas. Mirar por dónde van los cuartos, seguirlos, cogerlos honradamente, y después saberlos guardar para que no se los lleven los demás, y sobre todo que aprenda poco. Quiero que aprenda solamente lo práctico. Con las cuatro reglas tiene bastante. Y quiero decir sumar y multiplicar, que restar y dividir es un lujo y un adorno, sin el cual también se puede pasar”. Pura sátira, pero sin exceso de pulla, más bien con reflejos certeros de la Barcelona del momento.

La película no se ha conservado bien y sólo dos copias han sido restauradas concienzudamente, copias que son las que se conservan, un pecado éste de nuestra cinematografía que no cuida bien su patrimonio. Hay algún salto entre escenas y algún aspecto deficiente, pero resulta una cinta digna de verse y que curiosamente ha sido muy poco visionada, sobre todo en los últimos tiempos, siendo que es de Neville, uno de los grandes de nuestro cine.

Neville dejó de lado su Madrid natal para introducirse en la Barcelona del siglo XIX y realizar lo que él denominó una ‘tragedia grotesca’; desde la ironía y el costumbrismo, este film nos presenta las luces y las sombras de aquella burguesía catalana de antaño.

Sobre Edgar Neville y su filmografía: https://www.youtube.com/watch?v=8nNZwOTUEPk.

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