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De cómo Cukor le da la vuelta al calcetín del screwball comedy

Por Enrique Fernández Lópiz

Esta joya de película (Vivir para gozar) del gran George Cukor, es una adaptación de una obra teatral estrenada en Brodway de Philip Barry, adaptada magníficamente por Donald Ogden Stewart y Sidney Buchman, y dirigida por el maestro Cukor.

En la historia, un hombre de ideas avanzadas para su época, Johnny Case (Cary Grant), un hombre hecho a sí mismo, conoce y se enamora de la hija de un potentado burgués, Julia Seton (Doris Nolan), y decide casarse con ella rápidamente. Pero su acaudalado padre, debe examinarlo minuciosamente antes de dar su consentimiento. Linda, la extravagante hermana de Julia, encariñada de Johnny los apoya incondicionalmente. El talante encantador de Johnny conseguirá poner de su parte no sólo a Linda, sino también al otro hermano, Ned; pero será su currículum intachable lo que convencerá al pater familia para dar su consentimiento de boda.

Ahora bien, el joven Case desea vivir la vida libremente cuando está en plena juventud. Johnny ha ganado una importante suma gracias a una operación financiera y su plan es retirarse ahora, con 30 años, hasta que se agote y así poder disfrutar de su juventud y conocerse a sí mismo. Pero este “alocado” plan tropieza frontalmente con las costumbres de la alta sociedad de Nueva York y con las ideas de su futuro suegro en particular, que pretende que nada más casarse se ponga a trabajar en la oficina de un Banco de su propiedad y abandone sus fantasías para otro momento. Tampoco gustan estas ideas a su prometida Julia.

Su futuro suegro quiere organizar igualmente el viaje de boda a Europa, en un intento de que alternen diversión y negocios; e igual se entromete en otros detalles importantes para la pareja, como la espectacular fiesta que pretende organizar para anunciar la boda de su hija. La relación entre los novios se ve empañada por esta incompatibilidad de ideas en la que resalta con brillantez la figura de la hermana de la novia, la vivaz y rupturista Linda (Katharine Hepburn), quien comprende, se alía y también se enamora del joven soñador. Les acompaña en esta “impetuosa” idea el cínico pero sensible hermano de Julie y Linda, interpretado por Lew Ayres.

Ni que decir tiene que las interpretaciones de todos, actores y actrices, es maravillosa, destacando las de Cary Grant y Katharine Hepburn que son, sin duda, dos de los mejores actores (actor y actriz) del cine de todos los tiempos. Y no hay que olvidar los excelentes trabajos de Lew Ayres, el hermano díscolo, y las de Jean Dixon y Edward Everett Horton (como los Potter, amigos de Johnny Case).

Memorable dirección, no otra cosa se puede esperar de un George Cukor que comanda la nave con maestría, arropado por un magistral guión (Buchman-Steward como ya eh apuntado), con diálogos de primera división y una enorme carga de profundidad psicológica y de ternura.

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¿Y que es Vivir para gozar? ¿Una comedia? Veamos. En los años de la Gran Depresión americana, se popularizó mucho un subgénero cinematográfico conocido como screwball comedy. Resultaba ser que en aquellos momentos tan difíciles para la economía norteamericana los espectadores querían ver pelis con un alto contenido de crítica y sátira hacia las clases sociales altas, que al mismo tiempo fuesen esperanzadoras, y que sirvieran a modo de catarsis o vía de escape a tanto problema. El estilo screwball comedy se inicia a principios de los años treinta y continuaría su éxito hasta finales de los cuarenta. Estas cintas suelen tener un personaje femenino fuerte cuya relación con el protagonista centra la historia: diálogos rápidos y ocurrentes, situaciones grotescas, episodios que implican el noviazgo y el matrimonio, y una intención clara de provocar la diversión y la evasión del espectador. Además, una gran cantidad de estas screwball comedies, refieren conflictos entre clases sociales, como la oscareada Sucedió una noche (It happened one night) (1934) de Kappra, comentada por mí en estas páginas y considerada la auténtica primera screwball comedy; o Al servicio de las damas (My man Godfrey) (1936) de Gragory La Cava. Y se incluían algunas obras de teatro cómicas. La screwball comedy fue sin duda uno de los subgéneros cinematográficos más notorios y duraderos. Aún en el cine contemporáneo pueden observarse elementos de este subgénero. El formato screwball resultó de los esfuerzos de las grandes compañías cinematográficas para evitar la censura, de forma que estas comedias podían incorporar en la trama contenidos algo subidos de tono como la sexualidad antes del matrimonio e incluso el adulterio.

Pues bien, creo que esta película es en gran medida una screwball comedy, lo que no quita que tenga tintes de en su estilo y su contenido, cercanos al drama. Pero el estilo screwball le va que ni anillo al dedo, puesto que tiene muchos de sus ingredientes: la pareja protagonista tiene elementos cómicos innegables, es divertida, la historia es un puro enredo amoroso, se sitúa en un ambiente de clase alta a la cual se critica, convierte en bufones a personajes elegantes y respetables, etc. Pero quizá lo más interesante de este film es ver cómo Cukor da un paso adelante, situándolo en el terreno del drama, afrontando un tema muy interesante, tal la elección entre vivir una vida segura, acomodada (y aburrida) versus exponerse y correr el riesgo de ir tras los sueños personales, por más peregrinos que éstos parezcan.

Dicho lo dicho hasta aquí, quiero añadir algo en favor del importante sesgo que Cukor imprime a esta screwball que la hace tan original y portadora del sello de un genio. Cukor enfoca la trama inicialmente como una comedia, para irnos conduciendo sin prisa pero sin pausa por el terreno del drama. O sea, no es una screwball en estado puro con la que meramente nos quiere hacer reír. Pensemos que en el año de su estreno, este subgénero de comedia ya había sido muy explotado. Entonces la forma de Cukor consiste en reenfocar el tópico screwball, coger sus característicos personajes y situaciones, y súbitamente aplacar el alocado humor y ponerlos a reflexionar sobre su situación de vida. Ni más ni menos.

El momento álgido de lo dicho antes se escenifica en la cena de Nochevieja cuando se anunciará el compromiso de boda. Linda pide que se le permita a ella organizar la fiesta a su forma, pero ni su hermana la novia ni el padre le hacen ningún caso, considerándolo una extravagancia pues quieren una recepción fastuosa… aunque tediosa. Entonces Linda se niega a asistir produciendo el obvio malestar y enfado. La importancia de este episodio radica en que para Linda, Johnny es un espíritu libre, un soplo de aire fresco, una persona genuina y vital que se va presumiblemente a convertirse en todo lo contrario, en alguien aburrido y adocenado. Esto ya lo hemos podido ver antes cuando Linda aparece como la oveja negra o Ned como un empedernido bebedor. Al principio parece que estos elementos devendrán pura comedia, pero en la pedida de mano se comprobará que no es así. Es el propio Ned quien con un improvisado discurso de beodo, transmite al espectador que su vida como hijo varón único en una familia burguesa no ha sido fácil, lo que le ha convertido en un alcohólico fracasado. Linda tampoco acuerda que la frescura de Johnny se vea contaminada por un ritual falso y aburrido, en vez de disfrutar de una celebración más familiar y auténtica. Es como que Johnny va a ser fagocitado por su aburrida familia.

También los espacios juegan un gran papel en toda esta puesta en escena. Por ejemplo, si Johnny entró a la casa por la puerta de servicio, será por esa misma puerta por la que salga escapando al compromiso-trampa, tras romper con novia y suegro. También es significativa la habitación de juegos del piso alto en que se refugia Linda, la única legítima y apropiada para Johnny. Es un espacio alegre y natural en oposición al fasto aburrido de la planta inferior donde se está produciendo el festejo. Y en ese piso alto y lúdico confluirán accidentalmente los amigos de Johnny, el profesor Nick Potter y su esposa, el propio Johnny, el hermano, y, en fin, ahí Johnny se dará cuenta de que su camino no está en el terreno de un matrimonio abocado al fracaso, sino en vivir su vida, la que él ha imaginado para su juventud pujante. La parte final de la película se centrará en ese difícil dilema.

Cukor, de todos es sabido, era un maestro dirigiendo actores, y no iba a ser menos con el reparto de lujo que le toca en este film, pero sin caer en una apariencia teatral. Todos los actores, pues, están sencillamente geniales, sobresaliendo Cary Grant y Katharine Hepburn, que son actores que no fallan. Pero sin olvidar el cuadro de secundarios destacando Henry Kolker (el padre), Edward Everett Horton (un actor de pequeños-grandes papeles), y Lew Ayres en Ned.

Vivir para Gozar, pues, no es meramente otra screwball comedy, sino que Cukor la convierte, al dar la vuelta a este subgénero, mostrando la otra cara de la moneda. Manteniendo los mismos personajes y situaciones, nos confronta con una premisa dramática vinculada al mundo en el que se encuentran. Una acervada crítica al orbe del dinero, a la plutocracia y la burguesía neoyorquina del momento, y en el mismo mundo en que se había iniciado el simpático film. Es como coger un calcetín screwball, recrearse en él un rato, y luego darle la vuelta hacia el territorio de la reflexión, o sea, hacia el drama.

La película para la época es muy reivindicativa y un canto a la libertad de quienes desean hacer su vida y eludir el tentativo mundo materialista y del sueño americano encarnado en Julia, la novia de Grant, y en el rico futuro suegro, dueño de empresas, bancos y otras menudencias.

Parece mentira que en el año 1938 se rodara un film tan rupturista y anti convencional en el que una especie de híbrido “hippy-bohemio” (adelantado a la época) se enfrenta a la potente maquinaria del poder, intentando convencer a su prometida de que le siga en su “loca” carrera de marcharse de viaje y abandonarlo todo.

Y en toda esta trama, sólo la hermana de la novia, la maravillosa –lo digo una vez más- Hepburn (también su hermano) sintonizan con esta filosofía y ese afán de sueños, de libertad y de disfrute de la existencia, sin más ambición de lujos ni oropeles.

Es una película para disfrutar con buen cine, con cine que ahora es difícil de ver, lamentablemente.

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