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Darren Aronofsky abusa de los ingredientes y condimentos

Por Enrique Fernández Lópiz

Antes de comenzar a escribir algunas ideas sobre la película Madre!, me he puesto a repasar las obras que ya he visto de Darren Aronofsky, cuyos comentarios plan resumen relato a renglón seguido. La primera que vi fue La fuente de la vida (2006), película quebrada y engendro Zen que no quiero recordar. Vi en 2010 Cisne negro, preciosista, barroca y paranoica, de huero efectismo y mentalmente asfixiante: mal rollo. En 2014 me “tragué” (fue así pues era inmasticable), Noé (2014), película tediosa y ridícula en el tratamiento de la conocida historia del arca, etc. Y para terminar de tropezar por cuarta vez en el mismo Aronofsky, me he permitido la licencia de ver este estreno técnicamente y actoralmente impecable, pero para mí igualmente indigesta, más que nada por un exceso de aliño simbólico-metafórico –si se quiere así-, como ahora procuraré explicar mejor.

Estamos ante una película que va contra todo bicho viviente, la sociedad, instituciones y el mundo en su conjunto: ¡contra todo! Y además lo hace por las bravas, con una agitada cámara enfocando a personajes, escenas y escenarios que van de mal en peor: desesperanza, desgobierno, decepción, surrealismo salvaje y Jennifer Lawrence, la pobrecita, soportando el despropósito de Aronofsky (y eso que al parecer es su pareja). Y en honor a la verdad, si no es por la Lawrence el film habría concluido en un sinsentido y despropósito totales. Ella es la única que pone un punto de cordura, de Principio de Realidad en su atormentado papel, alrededor suyo, la que dota de un poco de sentido a la cinta.

Y qué pena, pues este cine simbólico-surrealista y con estrambote ya fue inventado hace mucho. Por citar a tres genios, van los siguientes, a modo, si me lo permitís, de líneas pedagógicas y de recordatorio.

Empiezo por Luis Buñuel, 1962 y su Ángel exterminador, película donde los invitados a una mansión creen, por razones inexplicables, que no pueden salir del lugar; y al hacerse el enclaustramiento insostenible con días ya sin comida, medicinas u otros recursos básicos, la buena educación da paso al más primitivo y brutal instinto de supervivencia; una metáfora sobre la descomposición de una clase social encerrada en sí misma, un vasto, genial y fascinante universo que se da a la interpretación de cada cual. El propio Buñuel dijo: “Aquellos que esperen de mí una obra de tesis con un mensaje ¡pueden esperar! Pero que ‘El ángel exterminador’ es susceptible de ser interpretado, qué duda cabe. Todos tienen derecho a interpretarlo como quieran. Hay quien le da una interpretación únicamente erótico-sexual. Otros, política. Yo le doy más bien una interpretación histórico-social”.

Roman Polanski con Repulsión (1965) – guión de Gérard Brach-, construye una cinta repleta de texturas como las patatas echando raíces, un conejo pudriéndose en su fuente, la sangre resbalando viscosa, con estremecedores e inteligentísimos efectos de sonido como las campanadas de un convento, los timbres del teléfono y de la puerta, el continuo goteo o el perturbador tic-tac de los relojes; las grietas que aparecen por la casa, llenas de manos lujuriosas repulsivas; repentinas violaciones imaginadas; el corazón en el bolso, etc. Una obra maestra del cine de terror con una consistencia surrealista. Por cierto que para Polanski, Repulsión no es sólo el estudio de una patología […] sino también sobre la manera en que a diario ignoramos los signos que nos indican que alguien cercano está sumido en una crisis” (los ojos de Catherine Deneuve son el indicio clave de su/la locura). Y quiero introducir en este apartado polanskiano La semilla del diablo (1968), otra obra extraordinaria del maestro donde el espectador se ve inmerso en una pesadilla que le desborda y estruja el ánimo como pocas veces en una sala de cine; ella, Rosemary, la protagonista queda embarazada, pero sólo recuerda haber tenido sexo con una extraña criatura y su cuerpo está lleno de manchas: ¡horror! Sí, el genuino terror se hace presente, pero siempre sugiriendo, nunca mostrando.

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Finalmente, me quiero referir al maestro Stanley Kubrick y su sobresaliente y pavorosa película El resplandor (1980), film donde hasta los mínimos detalles y personajes vibran de inquietud en un mundo donde igualmente la enajenación mental distribuye su juego maléfico, provocando una profunda sensación de pánico ‘geométrico’ en el espectador. Menciono estas películas por no querer ser extenso y para traer a la memoria otras obras que con la impronta del caos, la locura y el miedo, han hecho historia en el cine de todos los tiempos, incluyendo la temática social ¿Es que Aronofsky no las ha visto? ¡Habría aprendido tanto!

La trama de Madre! la protagonizan una mujer y un hombre sin nombres, en los créditos se alude a ellos como “Madre” y “Él”, respectivamente. La pareja se ha instalado en una casa de campo para que él, escritor de poesía (Javier Bardem), pueda encontrar su musa de nuevo tras un período de sequía sin poder producir un mísero verso. La “Madre” (Jennifer Lawrence) se ocupa con gran esmero en rehabilitar la gran mansión. Inopinadamente, un buen día aparece un extraño (Ed Harris) llamando a la puerta y Él permite bajo la atónita mirada de su esposa que se quede a pernoctar allí. Al día siguiente aparece la esposa del extraño (Michelle Pfeiffer) que comienza a poner a prueba la paciencia y la cordura de la joven. Visitas inesperadas e inquietantes que abren la caja de los truenos para concluir en una situación extrema. Hasta este punto, o sea, en los minutos primeros, la obra mantiene la tensión y el interés, entre otras por sus distorsiones visuales y de sonido. El caso es que Él, su marido, para desbloquear su cabeza y agitar la inspiración y volver a escribir comienza a traer invitados a su casa, que se multiplican exponencialmente, cada vez son más. Todo se vuelve por momentos extraño y lo que sucede no parece tener mucho sentido. A lo que entiendo, los visitantes encarnan las flaquezas y temores de Madre, se enfrentan a ella por no tener hijos, cuestionan la relación con su esposo o ponen a prueba sus cualidades. A partir de este estado de cosas, una serie de acontecimientos en cadena absolutamente perturbadores se suceden.

El director y guionista Darren Aronofsky no se puede negar que hace un trabajo técnicamente correcto, sobre todo en el aspecto sonoro, los sonidos que ofrece la casa. Coloca la cámara pegada a la Madre, muy cerca de la cara de Jennifer Lawrence, lo cual da cierta sensación de incomodidad, remarcando el carácter sinuoso de la obra y la personalidad de ella. También en el plano artístico resulta de gran calidad, con momentos importantes como la recreación visual de un poema no leído. Bien la música de Jóhann Jóhannsson y excelente la fotografía de Matthew Libatique. Dirección buena. Entonces, desde mi modo de ver, el problema es que no sabemos qué cosa quiere contarnos Aronofsky con su película, como ahora iré desgranando.

En el reparto destaca por encima del resto una genial Jennifer Lawrence, cuya cara pasa la mayor parte de la película en primer plano reflejando su angustia; además, se observa cada uno de sus movimientos, podemos hacer un seguimiento de su punto de vista, lo cual nos hace centrarnos en sus emociones e intentar comprenderla, para entendiendo su actitud, miradas y gestos, entender mejor lo que de esta loca película se pueda entender; de ahí la cara de pasmo de ella a cada instante, pues su rostro “es el centro de gravedad (y expresividad) en esta extravagante cámara al hombro donde el espacio privado se va desintegrando en la entropía tras la llegada de unos inesperados visitantes” (Costa) ¡Genial la Lawrence! Javier Bardem lo hace bastante bien dando la réplica a su esposa como vanidoso y estúpido poeta que vive de adulaciones ignorando las cosas importantes de su vida. Están con gran nivel los veteranos Ed Harris en el rol de un supuesto médico en medio de una familia disfuncional; y lo está también una ya madura Michelle Pfeiffer como mujer malévola y de poco o nada fiar. Acompañan muy bien Domhall Gleeson, Brian Gleeson, Kristen Wiig, Cristina Rosato, Marcia Jean Kurtz, Ambrosio De Luca, Hamza Haq, Anana Rydvald, Arthur Holden, Bineyam Girma, Jaa Smith-Johnson y Xiao Sun.

Premios y nominaciones a fecha de hoy (20/09/17). Festival de Venecia: Sección oficial largometrajes a concurso.

De igual modo que en su film Noé, el director aborda una temática religiosa plagada de alegorías en una película que plantea un inicio sugerente e intrigante para terminar en un terrible caos, donde lo que predomina son los excesos narrativos. O sea, la película yo la califico de ejercicio virtuoso en lo formal, en el cual su estilo visual y el mismo relato, amén de su espacio simbólico, constituyen un tsunami avasallador que tiene como misión hacer que el espectador tenga una experiencia subjetiva, como en una atracción de feria plan ‘montaña rusa’, experiencia que progresa en frenético crescendo hacia un punto que resulta inexpresable. Como dice Martínez, la cinta se “se alimenta del odio que provoca. Crece con cada insulto. Se hace fuerte con la inquina (y debilidad) de los demás. […] es aberración, delirio, sueño, fiebre, tedio, exaltación, hambre y sueño”.

Como declaró el protagonista Bardem: “Hay varias lecturas en esta película y cada uno coge la que le guste o signifique más para él. Tiene muchos estratos y esa es su riqueza”. Así es, la trama está plagada de innumerables metáforas que muestran su descontento con la actual sociedad, su pesimismo en relación a los rumbos que el mundo viene tomando, los caminos de esta cultura que parece nos llevan al colapso social, financiero y ambiental. Pero esto, sumado todo lo demás es un demasiado. Como dice mi colega de ojocritico Iñigo Bolao Merlo: “Mucha metáfora y simbolismo demasiado apeguñados” (bonita palabra que viene a significar apegados, apretujados).

Algunos como Sánchez consideran la película “un soplo de aire fresco entre tanta corrección política”. Pero lo que resulta de ello es una encerrona a modo de totum revolotum o conjunto de cosas sin orden que tiende una trampa al pobre espectador que se ve dentro del manicomio rupestre en que deviene el film. Esto me parece desmedido e incluso desagradable, lo cual que no me extraña que le hayan silbado a discreción. No creo que el motivo sea que los espectadores de Venecia sean bien pensantes o pequeño-burgueses sin más, sino porque es fácil lanzar bombas fétidas a gogó y que se joda el de la butaca ¿Qué no deja indiferente? Por supuesto que no. Tampoco la niña del exorcista dejaba indiferente. Pero una cosa es epatar y otra diferente ofrecer un producto con un hilo conductor y una trama bien hilada. Y esta es una falla del guión, o sea, del propio Aronofsky que presume de haberlo escrito en sólo cinco días: ¡ya se nota! Y es que las prisas no conducen a nada bueno: “vísteme despacio que tengo prisa”, dice el refrán.

Otros dicen que Aronofsky es un transgresor y un autor de obras de difícil digestión –como ya señalé antes. Pues sí, y esta película es tan de todo eso, que no le hace falta mucho para convertirse en el centro del mejor escaparate, pues llamativa es, otra cosa es que el cliente compre el producto.

La película, en fin, resulta una pesadilla tan cándida como ambiciosa, las dos cosas a la vez, donde los grandes temas -la intimidad, la religión, la confianza de la pareja, lo que queramos meter dentro- circulan por una película de historia endeble e irracional. Parece como que Aranofsky se hubiera sentido tentado a meterse en el mismo centro del inconsciente, allí donde sapos, culebras y otros mundos oscuros anidan, expulsados de la conciencia por el sabio mecanismo de la ‘represión’ para dejarnos vivir medio en paz. Y lo que además no sabe Aronofsky es que es imposible acceder a ese mundo ignoto del inconsciente, pues ya Freud lo dijo claramente: sólo la terapia puede aproximarnos a él, sobre todo a través de esa vía regia que son los sueños. Por lo demás, ese mundo es primario: alógico, amoral, atemporal anespacial, está fuera de toda razón y se significa quizá en miríadas de ebullescentes y alocadas cargas contenidas por nuestras guardianas censuras que vigilan la salud mental. O sea, no se puede acceder ahí, ni siquiera Aronofsky, pero se ve que el tal señor “es un director de todo o nada, que apuesta fuerte, un creador que busca, pero no siempre encuentra” (Llopart), un creativo que ha pretendido un gradual descenso a los confines de la locura. Pero de eso se sabe poco y como ya advirtiera el eminente filósofo Ludwig Josef Johann Wittgenstein en el último aforismo de su “Tractatus lógico-philosophicus” (1921): De lo que no se puede hablar, es mejor callarse”, pues es preciso delimitar lo decible y lo indecible. No basta, como declara Aronofsky, con decir que su película es como “un misil nuclear lanzado contra un muro”, o que es “como si hubiese arrojado una granada de mano a la cultura popular”. Eso en psicoanálisis se diagnostica como ansiedad fálica y su contenido parece más propio de un adolescente inmaduro y no de un señor próximo a la cincuentena.

También el film, utilizando muchas referencias bíblicas, pretende referirse al lado oscuro de la naturaleza humana, a modo de retrato sórdido y surrealista de la decadencia, la vanidad y el egocentrismo de gran parte de la población, incluido el poeta, o sea, Él.

Y también parece haber querido el director hacer un alegato ecologista en defensa de nuestro planeta, planeta cada vez más explotado y masacrado, amén del colapso financiero y social. Pero aseguro que hay formas más convincentes y palmarias de hacerlo, sin tan exagerada pretensión metafórica. Esto es como echarle de todo al guiso pues, si todo es sustancioso y vitaminado, algo sale, aunque no sepamos bien el nombre ¿Gazpacho? ¿Cocido? ¿Sopa jardinera? ¿Sopa de pescado? Señor, dígame ¿está rico? De los asistentes en su estreno en Venecia dicen que fueron muchos más los que abuchearon que los que aplaudieron. Yo por una temporada me despido de Darren, justamente por su heterodoxia en la cocina.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=fgunxEf4SPg.

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