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Danzad, danzad, malditos

Por Enrique Fernández Lópiz

Esta película cobra actualidad en los tiempos de crisis y necesidad que vivimos. La historia se desarrolla en los Estados Unidos en la época de la Gran Depresión de 1929, crisis que se habría de prolongar durante la década de los años treinta. La película retrata, así, un entorno de miseria y abatimiento, de suicidios, de locura por la ruina que de pronto se vino encima, no sólo económica, también moral; personas de toda edad y condición desesperadas que no saben qué hacer para subsistir. Entonces, y esto es lo que puntualmente cuenta la película, muchos de esos sujetos, hombres y mujeres, se anotan en una maratón de baile esperando ganar un premio final de 1500 dólares de plata, y de paso encontrar un lugar donde dormir y comer mientras dure el concurso. En las escenas presenciamos cómo los espectadores jalean a los concursantes y se lo pasan bien viendo cada día el sufrimiento de los competidores en esta batalla por la subsistencia y por continuar con el baile el mayor tiempo posible.

La película está excepcionalmente dirigida por Sidney Pollack, una dirección que consigue transmitir la crudeza, la desesperación, la dramática batalla de las parejas por mantenerse a flote día tras día en ese maldito baile, para ganar un dinero de mera supervivencia al que además, le descuentan los gastos de manutención, sanitarios, etc., lo cual que se queda al final en la mitad. El guión de James Poe y Robert E. Thompson basado en novela de Horace McCoy es magnífico, con unos diálogos portentosos, pequeñas clases de filosofía y literatura mordaz, y la nueva utilización de los flashforward, y un ritmo que sobrecoge con un final a pelo, sin edulcorantes o aditivos, en toda su crudeza. Acompañan la música de Johnny Green y la fotografía en blanco y negro estupenda de Philip H. Lathrop.

Si repasamos un poco a los intérpretes, podemos decir que contamos con un equipo de lujo con una Jane Fonda maravillosa, un Michael Sarrazin expresivo en su parquedad y gesto lastimero, y unos geniales Red Buttons y Susannah York (aspirante a actriz que posiblemente acabará prostituyéndose). Pero quizá destaca por su papel de insensible y manipulador maestro de ceremonias y presentador del terrible concurso, Gig Young, que consiguió el Oscar al mejor actor de reparto en aquel entonces de 1969.

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Son, pues, 121 minutos de un enorme drama en una época igualmente dramática en la que los habitantes de los EE.UU. quedaron desconcertados y misérrimos tras la debacle de 1929; ver a personas jóvenes, de mediana edad y mayores, todos a una intentando sobrevivir y cubrir sus necesidades más elementales como un lugar para cobijarse o un plato de comida; es realmente turbador ver esa realidad tan radicalmente precaria, y aunque los tiempos son otros y tienen sus aspectos diferentes, esta época que no toca es igualmente trágica y conmovedora, por cuanto se ven casos también calamitosos de familias que son desahuciadas, gente que no tiene qué comer, los comedores de caridad abarrotados, los niños infra-alimentados, personas incontables sin empleo y los jóvenes emigrando en tropel para buscarse la vida allende nuestras fronteras. Y entonces yo digo que ¡Danzad, danzad, malditos!, que es el grito de este antiguo film, que se actualiza y cobra plena vigencia en esta época en la que unos locos de las finanzas e incluso una locura general de consumo y adoración por el dinero y el mercado, nos ha traído estas consecuencias que son en realidad una plaga de carencia, penuria y drama social y moral.

Además, cuando estamos viendo el film, nos damos cuenta que los personajes apenas salen del lugar donde se celebra el fatídico concurso. Un mundo enclaustrado, sin salida, dentro de un círculo infernal, una sociedad que ni sabe a dónde ir ni puede ir a ningún lugar porque todo está yermo. Y ante nuestros ojos aparece una galería de individuos misérrimos, perdedores, gentes que recorrerán la pantalla desnutridos y atónitos, cada uno con un sueño roto y una ocasión perdida en su pobre existencia de poco menos que mendigos. Hasta el terrible maestro de ceremonias, es un canalla que, empero, ante este panorama, no deja de tener algo de buen corazón.

A quienes hayan visto o vayan a ver esta recomendable película, o lean estas líneas, creo que deben pensar y reflexionar que hoy, en vez de maratones como el de este film, hay también otras modalidades equivalentes como las “operaciones triunfo” o el “gran hermano”, o tantos programas que por suerte yo no veo en TV, que son la evidencia viva de cómo se sigue privilegiando el espectáculo cuasi bochornoso y la rentabilidad máxima de la basura, y cómo estos programas, más que felicidad o bienestar, dejan un reguero de frustraciones y descorazonamientos, finales precipitados y terribles, más que la esperanza, el “éxito” y el definitivo salto que prometen. Y todo ello, dirigido por gente que creo que no merecen la audiencia y el aplauso que se les brinda semana tras semana.

En conclusión, Danzad, danzad, malditos fue una realidad penosa del pasado, pero revive como metáfora cabal de lo que hoy sucede en esta crisis desgarradora que ya está durando demasiado. Sean valientes y vean esta hiel tejida en celuloide que nos ofrece Sydney Pollack.

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