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Cuidado con esa soga del demonio, amigo

Por Íñigo Bolao

Todo parece tranquilo en una gran ciudad de los Estados Unidos: la gente pasea con normalidad, mira los escaparates de las tiendas, algún que otro coche circula por allí… De repente, la cámara de Alfred Hitchcock (1899-1980) nos conduce hacia la ventana de una vivienda de un edificio cualquiera desde la azotea. No sabemos lo que tiene de especial hasta que una persona grita y sentimos curiosidad por saber qué es lo que ha pasado.

Tras el grito, el director corta al hall de la vivienda, donde vemos que un joven estudiante universitario, David Kentley (Dick Hogan), acaba de ser asesinado con una soga por sus dos compañeros de piso, Brandon (John Dall) y Phillip (Farely Granger). Por las caras de la siniestra pareja vemos que el asesinato ha llevado su esfuerzo; aunque están exhaustos, el primero ha quedado satisfecho, mientras que el segundo se encuentra completamente espantado por la atrocidad que ha cometido, siendo incapaz de disimular su estado. «Ábre el arcón», le dice Brandon a Phillip para esconder el cuerpo de David. Y a partir de ese momento que se prepare el espectador porque se van a desatar 80 minutos de suspense puro y duro en una de las mejores películas de la filmografía de Hitchcock: La soga (1948).

Comenzando por la trama de la película, Brandon y Phillip, tras haber ocultado el cadáver de David, celebran una fiesta con varios invitados que conocieron durante sus estudios en la universidad, intentando no decir nada sobre el paradero de David, a quien todos, sin saber lo que ha sucedido realmente, esperan… cuando en realidad lo tienen delante de sus narices.

El invitado especial de la cena es el antiguo tutor de ambos estudiantes, Rupert Cadell (James Stewart en su primer papel en una película de Hitchcock), un hombre inteligente y culto que sostiene que el crimen perfecto no existe. Para demostrar que su antiguo mentor está equivocado, y en defensa de las ideas de que el crimen puede ser un arte y de que se puede llegar al “superhombre” nietzscheano, Brandon y Phillip decidieron asesinar a su compañero. No obstante, Rupert es el único que se da cuenta de que algo raro sucede en la cena, y que sus dos antiguos pupilos ocultan algo, siendo imposible para ambos disimular sus impulsos y sentimientos. ¿Se sabrá toda la verdad sobre los hechos acontecidos? ¿El maestro vencerá a sus discípulos?

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En su momento, y hasta nuestros días, La soga fue una de las películas más rompedoras de la historia del cine. Basada en una obra teatral escrita por el dramaturgo y novelista británico Patrick Hamilton (1904-1962) en 1929 y, a su vez,  en un crimen real acaecido en 1924, Hitchcock dirigió esta cinta recurriendo a un elemento que hasta entonces no había empleado ningún otro cineasta de una manera tan extremada y continua: el plano-secuencia. Aunque cada diez minutos hay un corte bastante sutil, habiendo más de un plano-secuencia, el film fue uno de los primeros en los que un director de cine lo empleó de tal manera que lo que vemos es una especie de teatro filmado en tiempo real bien orquestado por el cineasta.

Curiosamente, cabría decir que Hitchcock se propuso rodarla en un único gran plano-secuencia en tiempo real, pero no fue posible, ya que ni los productores lo vieron tan claro, ni el cine había avanzado lo suficiente como para poner en práctica esa excentricidad que, décadas después, un cineasta ruso, Aleksandr Sokúrov (1951), logró con El arca rusa (2002), una película en la que se muestran 300 años de historia de Rusia en el interior del Museo del Hermitage de San Petersburgo en un único gran plano-secuencia por medio de una cámara digital.

Años después de su estreno, el propio Alfred despreció La soga por el empleo de esta técnica y por lo teatral de la cinta, en parte porque él prefería emplear otros recursos y tenía un estilo propio. Aún así, al “Gordo” le gustaba sorprender a su público usando distintas formas de rodar en cada película, pero sin romper con el aspecto comercial, algo que se repetiría tanto en Vértigo (1958), Psicosis (1960) o Los pájaros (1963) por poner algunos de los ejemplos más representativos de la forma de hacer cine de “Hitch”.

Pero el constante suspense –con la presencia permanente de la soga como el recurrente macguffin de la cinta-, el empleo de dicha técnica y el buen trabajo del plantel de actores no son sólo los únicos elementos que hacen archiconocida a La soga entre los cinéfilos. La película tuvo un enorme escándalo en el país por el tratamiento, sutil, de la homosexualidad. En varias ciudades del país la película de Alfred fue retirada de la cartelera y la orientación sexual de los dos actores que interpretan a Brandon (Dall) y Phillip (Granger) contribuyó aún más a que los sectores más conservadores del país intentasen hacerla desaparecer.

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Ello se debe a que, por la mentalidad del público de la época, estaba en vigor un código por el cual las autoridades del país decidían qué películas se podían ver y cuáles no se podían ver en la gran pantalla: el Código de Producción Hays de 1934, que fue reemplazado en la década de los sesenta por el sistema de calificación de películas por edades. En el cine de la década de los cuarenta existía mucha preocupación por la sensibilidad del público que iba a los cines cada día, y faltaba poco para que se produjera la llegada de la televisión. De modo que el cine, que era el medio de masas que contaba con un mayor público, estaba muy vigilado por la autoridades y controlado por los grandes productores de los estudios.

Pero esta genial obra de suspense pudo librarse de la soga del código, llegando hasta nuestros días como un genial ejemplo de audacia cinematográfica. El “Gordo” siempre ha sabido sorprendernos incluso después de muerto, y lo seguirá haciendo con el paso de los años. La soga es una muestra genial y fue estrenada justo en una época en que la concepción tradicional y la ingenuidad del cine se resquebrajaban y surgía otra muy distinta. Como David al principio de la película, se murió la inocencia de un cine y de una época, y el “Gordo” se dio cuenta de ello para aprovecharlo y deleitarnos como ningún otro director hubiera hecho.

Comentarios

  1. Anna Montes Espejo

    ¡Por fin James Stewart se deshacía de su habitual papel de idealista romántico!
    Excelente el debate sobre la superioridad e inferioridad que sirven en bandeja Hitchcock y Hamilton, y magnífica la complicada posición en que dejan a Cadell.

  2. Miguel Ávalos

    OBRA MAESTRA, no hace falta decir nada más. Excepto felicitarte Íñigo porque tu crítica hace mucha justicia a esta oda de Hitchcock

    Un saludo para ti!

  3. Iñigo

    Anna y Miguel, muchas gracias por comentar. El tiempo con las películas y con todo en general, o es justo o, perdón por el taco, es un maldito cabrón, jejeje. Un saludo.

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