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Cuando una película alcanza la cumbre

Por Enrique Fernández Lópiz

El paciente inglés se desarrolla al final de la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En un convoy de asistencia sanitaria viaja un hombre en pésimo estado de salud por las graves heridas que tiene. La carretera, el esfuerzo del viaje y la gravedad del paciente aconsejan que no prosiga el itinerario fijado. Así, el herido es bajado del camión en un monasterio solitario y semiderruido, y Hana (Juliette Binoche), una enfermera canadiense, decide quedarse para cuidarlo. Con el cuerpo quemado en su totalidad por un accidente que ha sufrido en África, con apenas capacidad pulmonar, el hombre aún tiene resuello para entablar algunas breves conversaciones con su cuidadora y con algún otro personaje. El paciente es reacio a revelar información personal, y sólo a través de una serie de flashbacks se puede tener acceso a su trágico pasado. Poco a poco, el film revela que él es en realidad un cartógrafo húngaro, el conde László Almásy (Ralph Fiennes), que estaba haciendo un mapa del desierto del Sahara. Las consecuencias de una romance prohibido con una mujer, Katharine Clifton (Krsitin Scott Thomas), casada con otro personaje, Geoffrey (Colin Firth), fue lo que le llevó a su situación actual. En el monasterio convergerán otros personajes, uno de los cuales, David Caravaggio (Willen Dafoe), fue testigo directo de la historia del malherido hombre, que fue culpable con sus acciones de un severo testigo que él padeció a manos de los nazis. Se da también en la película el tiempo para que la enfermera Hana tenga un romance con Kip (Naveen Andrews), un zapador indio de origen sij del ejército británico.

El poco pródigo Anthony Minghella (1954-2009) desaparecido prematuramente, dirige como pocas veces, un film antológico que ya ha pasado a la historia de la cinematografía. Y si el trabajo de dirección es supremo, no lo es menos la labor del propio Minghella como guionista, adaptando la famosa obra del novelista canadiense Michael Ondaatje, The English Patient, que le habría de valer en el año 1992 del Premio Booker. La música de Gabriel Yared es excelente así como la magnífica fotografía de John Seale, tanto es sus planos largos de paisaje, como en los primerísimos planos.

El reparto está cuajado de estrellas que funcionan como un reloj. Destacan Ralph Fiennes como el paciente doliente, y hombre atormentado y locamente enamorado de una mujer a la que nunca pudo tener; Kristin Scott Thomas hace uno de los papeles de su vida, más bonita y expresiva que nunca, más amorosa que nunca; Juliette Binoche es un torbellino de vitalidad y belleza como enfermera abnegada, y sensual en su romance; Willem Dafoe hace una magistral interpretación como miembro del servicio de inteligencia canadiense torturado por los alemanes; Naveen Andrews está sembrado como amante sij de Hana; Colin Firth, muy bien como marido engañado; y acompañan de manera magistral Julian Wadham, Kevin Whetely, Clive Merrison, Nino Castelnuovo, Hichem Rostom, Peter Ruhring, Gordie Johnson, Torry Higginson y Jürgen Prochnow. Todo un espectáculo de reparto.

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En cuanto a premios y nominaciones es un film sin par. Entre ellos en 1996: 9 Oscar, incluyendo película, director y actriz de reparto (Binoche). 12 nominaciones. 2 Globos de Oro: Mejor película: Drama, bso. 7 nominaciones. 6 premios BAFTA, incluyendo película, fotografía, montaje. 13 nominaciones. Nominada al César: Mejor película extranjera. Nominada al Goya: Mejor película europea. Festival de Berlín: Oso de Plata – Mejor actriz (Juliette Binoche). National Board of Review: 2 Premios: mejor actriz sec. (Binoche y Scott Thomas). 2 Critics’ Choice Awards: mejor director y guión. Top 10 Películas del año. Asociación de Críticos de Los Angeles: Mejor fotografía. Es una de las películas más exitosas y reconocidas de la década de los noventa.

Cuando hace poco tuve la oportunidad de ver esta película, de la que tan bien me habían hablado, me quedé asombrado, pues parece mentira que una maquinaria de cine funcione de forma tan perfecta en todo sentido: dirección, guión, reparto, puesta en escena, montaje, música, fotografía; todo es bueno, sin fisuras. Ni que decir tiene la enorme carga dramática que Minghella sabe conferirle a la cinta; es un drama del que no se libra ningún personaje, y no obstante, todos luchan por sobrevivir psíquica y físicamente a tanta adversidad. Los escenarios son fantásticos, con unas tomas del desierto, de las ciudades árabes, etc., preciosas y de enorme calidad técnica.

Además, es una película con una veta romántica, lírica y poética que hipnotiza al espectador que queda clavado en su asiento. Yo diría que es una película de las que no se olvida, penetrante al máximo, apasionante que no va más, cargada también de desconsuelo. Su repaso de los hechos por parte de el “paciente inglés”, conde László Almásy, es de un emoción sublime que te agarra y te mete en la historia, lamentando que las cosas hubieran salido de esa manera.

Es una película imperdible, como dice Morales: “Imprescindible drama con sabor a clásico. Maravillosa e intensa historia, con un toque romántico realmente adecuado. Uno de los mejores dramas de los noventa“.

O sea, todo los que pusieron manos a la obra a la hora de realizar este film estaban sin duda en estado de gracia, pues su obra transporta a un singular mundo de realidad y sueño. Los actores y actrices bordan sus personajes, la fotografía es toda una recreación del desierto, otros parajes africanos y la misma Italia, cuando se ve con esos ojos. El guión teje primorosamente cada palabra y cada acción para que luego el nivel de la realización lo transmita con la maestría con que lo hace Anthony Minghella. Gran cine sin duda, enorme film. Visiones y ensueños perfectamente conjugados, palabras bellas, y una música suave, palpitante y tierna. Impulsos y bajas pasiones que devienen pasiones sublimes. Un avión sobrevolando las dunas. Amores adversos y amores felices.

También es una historia de personas afectadas por heridas de amor y de guerra; un hombre que lo ha perdido todo; una joven que se busca a sí misma en su abnegada entrega al cuidado de su paciente y que pretende hacer acopio de nuevas energías para continuar en medio del caos, en incipientes promesas de amor; seres lacerados, mutilados de cuerpo y de alma. Y flotando por encima de todo, el monstruo de la guerra que ha trastornado el mundo. Todos en busca de la paz extraviada, en pos de un pasado que no volverá, de un futuro muerto e imposible para unos y otros… solo un leve atisbo de esperanza.

Esta maravillosa película ya es un clásico de la cinematografía y para qué decir más; todo lo mejor que yo dijera sería poco. Por lo tanto, una recomendación: no tardéis en verla tanto como yo, pues las palabras no hacen justicia a lo que se siente cuando se contempla.

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