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Cuando se apagaron las estrellas…

Por Javier Fernández López

Tenía 13 años. De pequeño me había criado con aquellas antiguas películas que marcaron un tiempo, una época. Iluminaron la imaginación de muchos niños que, por entonces, empezaron a soñar con qué podía haber más allá de las estrellas, qué mundos y qué aventuras puede haber más allá de nuestro cielo. A finales de los 90, sin yo ser consciente de lo que se estaba creando, volvió esa historia, ese sueño. La titularon La amenaza fantasma, pero yo no comprendía el título, pero con el tiempo las dudas se disiparon. A veces el mal crece sin que nosotros nos demos cuenta. En ocasiones, el villano puede parecer nuestro aliado.  Luego apareció El ataque de los clones, y ahí me vi cómo se iba forjando el mal, cómo los sentimientos traicionan el pensamiento y cómo el miedo se apodera de la voluntad.

Y llegó el año 2005. Entré a la sala y empezaron a apagarse las luces. La frase «Hace mucho tiempo, en una galaxia muy, muy lejana…» hizo acto de presencia. El sueño iba a terminar. La aventura llegaba a su fin. Y yo comencé a disfrutar de una las experiencias más gratificantes de mi vida. Una historia de amor eterno, un cuento acerca del miedo de perder al ser que más amas, una historia de venganza. Encontré de todo en esa película, grandes frases que se grabaron en mi cabeza, escenas fascinantes que me impactaron. «Así es como acaba la democracia, con un estruendoso aplauso», decía Natalie Portman (León, el profesional). Y ahí estaba el maestro, viendo como aquel niño que había criado era la imagen de su fracaso. El elegido fue devorado por sus miedos, por su sufrimiento, unos sentimientos que su maestro no pudo evitar.

La Venganza de los Sith es el broche de oro a una eterna, o lo hubiese sido si la maquinaria hollywoodiense no estuviese siempre dispuesta a seguir produciendo. Pero éste siempre será, personalmente, mi final. Me pareció magnífico que el final de una saga fuese el punto medio de la misma, cómo el elegido para ser un héroe se convirtió en uno de las mayores villanos de la historia, un malvado icónico. Como un niño que recibe su primer juguete, yo estaba ahí disfrutando, construyendo y ordenando las piezas como quería que hiciésemos George Lucas. Por esto fue aquello, por eso él hizo lo que hizo… pensamientos que paseaban por mi cabeza mientras visionaba un desfile de luces y efectos especiales, un espectáculo que no tuvo apenas reconocimiento en los Premios Óscar. ¿Y qué más da?

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Un niño de 13 años había salido del cine triste, decepcionado. Los padres creyeron que no le había gustado la película. No fue así, todo lo contrario. Sencillamente estaba triste porque el cuento había terminado. John Williams no volvería a acompañar los viajes espaciales con su música. No volvería a ver al maestro ni al elegido que caminaba por los cielos. El tiempo ha corrompido este sentimiento, y el cuento continuará en una nueva trilogía, aunque algo me dice que no me espere nada nuevo. ¿Será mi odio a J.J. Abrams? No lo sé, pero no creo que algo así se pueda mejorar.

El Episodio III es, en todos los aspectos, el piedra angular de la saga y el pilar en el que se cimienta todo el universo de Star Wars, o La Guerra de las Galaxias como la conocemos en España. Sé perfectamente que esto choca, que los más puristas dirán que el mejor episodio es El imperio contraataca. Yo eso no lo discutiré, porque no he dicho que el Episodio III sea el mejor. Y más aún, no tengo intención de discutir más sobre este debate, una discusión insípida y agotadora que me encontré justo cuando acabó la nueva trilogía. Sin yo saberlo, sin ser consciente de ello, me encontré con que esta nueva trilogía estaba muy mal valorada, pero no tanto por los críticos sino por los propios fans del universo Star Wars. Se había originado una auténtica guerra entre defensores de una trilogía u otra. Ni siquiera expondré mi opinión acerca de la trilogía original, no merece la pena.

Yo sólo sé que incluso siendo un niño vi en La venganza de los Sith lo que leí en Romeo y Julieta. Vi a Shakespeare, vi poesía. Vi tragedia, vi cólera. Vi miedo, vi odio. Vi a un viejo maestro, el más sabio de todos, luchando contra el mismísimo mal en la cámara del consejo, donde se tomaban las decisiones gubernamentales. La política hecha añicos por la lucha entre el bien y el mal. Pocas escenas he visto tan dramáticas como la Orden 66, donde todos los maestros Jedi van cayendo por los disparos de los que eran sus aliados, una conspiración que se originó en la sombra, un cáncer que nadie vio.

La operística del film consiguió su punto máximo cuando Anakin Skywalker y Obi-Wan Kenobi.

Obi-Wan: «Te he fallado Anakin, te he fallado. (…) Eras mi hermano, Anakin, ¡yo te quería!».

En medio de frases cargadas de fuerza, estos dos hombres protagonizarían una de las batallas más épicas y espectaculares de todos los tiempos, donde no serían tanto los efectos especiales sino el contexto lo que potenciaba lo que estábamos viendo. Anakin acaba en el lado oscuro trágicamente, inocente creyendo que podía cambiar el transcurso de los acontecimientos, cuando fueron sus actos, cada paso que dio, lo que llevaron a la muerte al ser que más amaba. Él luchó por la fuerza, pero no por la que le enseñaron sus maestros, ni tampoco Obi-Wan. No, él luchó por la fuerza del amor, y al final eso lo acabó destruyendo y corrompiendo. Obi-Wan lo miraba mientras se quemaba por las brasas y mientras se miraba a sí mismo, sabiendo del error que había cometido. Y más tarde llega el Emperador Darth Sidious, quien lo rescata y lo convierte en un ser mitad hombre y mitad máquina. Estamos ante una genial obra griega, donde el villano renace, quizá una referencia al famoso Deus Ex Machina, y por fin vemos la máscara. He ahí el sonido que todos reconocemos y, por fin, el despertar de Darth Vader.

Varias escenas quedaron para el recuerdo, pero la que más sin suda fue aquel poderoso diálogo entre el Canciller Palpatine (o Darth Sidious) y Anakin Skywalker en aquel teatro futurista propio de un videojuego de Final Fantasy. Palpatine conoce hasta dónde puede llegar Anakin y lo mueve por los senderos que él quiere, envenenando sus pensamientos con falsas promesas. Anakin está cegado por el amor, los sentimientos hacia Padme, y es entonces cuando va escogiendo un camino, un sendero que ni ella misma podría seguir.

Aún hoy sigo viendo con los mismos ojos la película, quizá incluso más positivamente, y no sé si los episodios anteriores son buenos o malos, si una trilogía es mejor que otra, esos debates los dejo para otro momento, porque a día de hoy ya me parece un debate que roza lo absurdo. Yo lo único que sé con certeza es que el Star Wars – Eposodio III – La Vengaza de los Sith es una maravillosa película, una cinta que merece un poco más de reconocimiento del que tiene. Por lo menos, que se tome más enserio, porque esto es cine, cine de verdad.

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