Image Image Image Image Image Image Image Image Image

Cuando los eventos de la vejez vienen juntos

Por Enrique Fernández Lópiz

Escribía el otro día en esta página, en mis comentarios sobre la obra de Ingmar Bergman Fresas salvajes, de mi interés sobre las películas que tratan el tema de la vejez. Y a su vez, en el tal comentario mencionaba esta película, dirigida por Alexander Payne en 2002, y refería cómo parece que a este director le inspira también el tema de la vejez, pues yo vi y comenté en estas páginas otro film suyo: Nebrasca, donde aborda la misma cuestión. Pues bien, hoy he decidido hacer mis comentarios sobre esta magnífica película, y escribir algunos aportes sobre la vejez y el envejecimiento.

En la película, Warren Schmidt (Jack Nicholson), es un empleado de una empresa de seguros que inicia su jubilación sin mucho ánimo y prácticamente desorientado sobre qué hará o qué será de su vida tras este episodio de quedar fuera del circuito laboral. Se toca en este film igualmente, la difícil a veces relación de los padres con los hijos, pues su única hija (Hope Davis), quiere contraer matrimonio con un individuo estúpido de escasos recursos en todo sentido, con la frontal oposición de Warren. Sabemos que la jubilación es propia de personas mayores, por lo general, y que es un momento difícil. También, entre los eventos vitales más frecuentes de los mayores está la pérdida del cónyuge, o sea, la viudez. Pues para que al pobre Warren no le faltara de nada, al poco de jubilarse fallece inesperadamente su esposa y queda viudo. Y en este punto, Warren sí queda sin norte y sin saber qué hacer en ningún sentido. Una de las felices ideas que se le ocurren es apadrinar un niño de seis años de nombre Ngudu Ubu, que vive en Tanzania, huérfano, al que ayuda económicamente en sus estudios escolares y al cual le escribe cartas en las que le cuenta la problemática y los acontecimientos por los que va atravesando. Y como el niño es pequeño, recibe respuestas de la monjita del colegio donde estudia. O sea, que le sirve a modo incluso de terapia, a la vez que de satisfacción por ofrecer ayuda a un niño necesitado y colaborar por primera vez en su vida de manera desinteresada en una buena obra. También, en los primeros momentos tras la muerte de su esposa, momentos de desorganización del hogar y caos en su vida, encuentra por azar unas cartas de ella por las que se entera que le ha sido infiel con uno de sus mejores amigos, jubilado también de su antigua compañía de seguros. O sea, tres golpes a la vez y todos en la cabeza.

A todo esto Warren había comprado por exigencias de su mujer un autocaravana de grandes proporciones y con todo lo necesario para viajar y habitar en ella. En un momento dado y tratando de hacer algo o de buscar algún sentido a su vida, emprende un viaje en busca de sus raíces. Cruza el estado de Nebraska en su caravana y llega finalmente a Denver, que es la ciudad donde vive su hija. El encuentro con la familia del novio, una familia extravagante y un tanto bizarra, le hace sentirse aún más seguro de que el necio joven que pretende a su hija, no es partido para ella, e intentará de nuevo con toda su fuerza que rompa su compromiso. Y mientras todo esto ocurre, él sigue manteniendo la relación epistolar con el pequeño huérfano africano. Así que esta película narra las desgracias de un tipo que ha perdido cualquier ambición por vivir y que se refugia en Ndugu, el niño a quien escribe asiduamente.

apropositodeschmidt2

El curriculum de esta película es muy meritorio. En el año 2002 recibió los siguientes premios y nominaciones: 2 nominaciones al Oscar: Mejor actor (Nicholson), actriz de reparto (Kathy Bates); 2 Globos de Oro: Mejor actor y guión. 5 nominaciones; Nominada Premios BAFTA: Mejor actor (Jack Nicholson); Festival de Cannes: Nominada a la Palma de Oro (mejor película); National Board of Review: Mejor actriz de reparto (Kathy Bates); Asociación de Críticos de Los Angeles: Mejor director, actor (Nicholson) y guión; American Film Institute (AFI): Top 10 – Mejores películas del año; Critics’ Choice Awards: Mejor actor (Nicholson): 4 Nominaciones; Círculo de Críticos de Nueva York: 5 Nominaciones.

Estamos ante una espléndida película de Alexander Payne, que sabe mezclar sabiamente secuencias dramáticas y negras, con un humor propio de gran maestro. Por lo tanto, una pulcra realización de este drama-comedia que evidencia la capacidad de Payne para poner el dedo en la llaga con humor, en las miserias y desdichas de esta sociedad de consumo competitiva y pobre moralmente, y retratando a un individuo patético con una vida mediocre. Creo que Payne sabe crear un estilo propio que luego seguirá en otras películas como la de Nebraska, a la que me he referido en estas páginas. Un guión certero muy bien escrito del propio Pyne junto a Jim Taylor, basado en la novela de Louis Begley. Fotografía espléndida de James Glennon y una música que acompaña muy bien el film de Rolfe Kent.

En cuanto al reparto hay sobre todo dos pilares, un Jack Nicholson que roza la perfección interpretativa y que hace un papel de hombre mediocre y sin muchas opciones en la vida; uno de esos papeles que nunca se olvidan. E igualmente destaca en su papel de secundaria la magnífica Kathy Bates, sin olvidar los papeles también muy bien interpretados por Delmont Mulroney, Hope Davis, Howard Hessemann, Len Criou o June Squibb, que conforman un equipo actoral de primerísimo orden.

Un hombre mayor que de pronto tiene que soportar la jubilación y la viudez, que queda solo, sin el apoyo de su única hija, y con estos mimbres Payne construye una cinta interesante y a la vez dramática, sin perder su veta de humor negro tan bien interpretada por Nicholson. En esta película hay dos viajes, el físico, el que el protagonista inicia con su autocaravana, y el psicológico, que concierne a su vida y a su condición de viejo solo y jubilado, y en ambos Warren Schmidt encuentra un camino de frustraciones, abandono, engaño, vergüenzas y fracasos. El personaje Schmidt toma conciencia de que nunca ha hecho nada relevante en su vida, ni tampoco ha sido muy generoso en lo que toca a ayudar a los demás, o sea, una vida gris y mediocre como la de tantos humanos que pueblan la tierra. Sólo Ngudu Ubu le cambiará el sentido y la visión de las cosas. Es, así, un film inteligente en el que empatizamos con el perdedor Schmidt, porque de alguna forma nos representa a una gran mayoría, dentro de un mundo que deja pocas opciones creativas, un mundo que nos fagocita y que alienta el conformismo e ignora o desprecia lo que es distinto u original, o al que tiene sus propias ideas (“No a la gente no gusta que uno tenga su propia fe”, que decía Georges Brassens).

Como decía el conocido psicoanalista Erich Fromm, lo cual que es aplicable al personaje como hombre y como persona mayor, esta sociedad trata de manera cosificada a la ciudadanía, y a los mayores particularmente, en una cultura que ha sacralizado el mercado. Los mayores viven enajenadamente; no se sienten portadores activos de sus propias capacidades y competencias, sino como algo empobrecido que está fuera de circuito. En la película esta enajenación se observa en el personaje, abandonado a su suerte por su anterior empresa, su hija fría, las circunstancias, e incluso su mejor amigo que le engañó en vida de su fallecida esposa. Lo que sí procura Warren, en una desesperada noche que pasa sobre el techo de su caravana, es intentar encontrarse consigo mismo, incluso buscar una escondida brisa de trascendencia. Warren, de pleno en la vida norteamericana de la productividad, del tener, como jubilado vive mal su alienante rutina, y a la vez está falto de amor (sólo una vez en el film hace un intento y le sale mal). Creo que esta película refleja una situación particularmente dramática para muchos mayores jubilados, pues como se ve en relación al joven que le sustituye en el trabajo y que no le hace ni caso, su valor utilitario ha desaparecido (se ha esfumado su valor como mercancía) y su papel socioeconómico se ha transformado en el de una persona “subsidiada” que está fuera del circuito de producción-consumo. La rutina del trabajo a la que estaba acostumbrado Warren, ha desaparecido, en tanto que no se le ofrecen opciones para ocupar su tiempo libre porque no ha aprendido a hacerlo. Y menos mal que aparece Ngudu Ubu para mitigar la angustia por la carencia de amor y de solidaridad, y por la soledad y la muerte con las que se enfrenta por primera vez en su vida.

Dice Carlos Boyero con gran acierto, en referencia a todo eso que decimos, que este film es un material muy dramático y lúgubre que, no obstante, “adquiere una fluidez, una complejidad y una gracia notables en manos de un director que sabe alternar las luces y las sombras, explotar el lado cómico de situaciones trágicas, combinar la piedad con la sorna, el realismo con el humor negro. Alexander Payne dispone de un transmisor excepcional de esas sensaciones, de un Nicholson en permanente estado de gracia que enriquece al personaje hasta extremos geniales, que lo hace patético y adorable, cercano y conmovedor, jocoso y profundamente humano… te hace reír, te emociona, te enamora“. Y es así, si no fuera por la maestría de Payne y la enorme interpretación de Nicholson, esta película habría podido ser auténticamente dramática en estado puro, sin un asomo de excedencia de oxígeno y por lo tanto asfixiante.

En esta obra se ve, y no es algo extraño de observar sino todo lo contrario, lo que en su momento señaló el eminente psiquiatra Carlos Ruiz Ogara, quien advirtió que en “el viejo, demasiado identificado con las pérdi­das (perso­nas, trabajos, épocas más felices y activas), se da lo que Green llamó ´narcisismo negativo´, la ´anorexia de vivir´; la vida ape­nas es atractiva y el self se siente carente de valor. Todo ello hace que en el balance responsable de la salud desde el punto de vista psicosomáti­co entre ´movi­mientos de vida´ y ´movimientos de muerte´, se tienda hacia las desorganizacio­nes progresivas, y se favorezca la eclosión y evolución grave de enfermedades que constituyen, desde el punto de vista existencial, un ´plan de muerte´”. Y yo digo que este plan de muerte en los viejos –hablamos en términos inconscientes- está muy determinado social y culturalmente, dado que el Yo del ancia­no en su adaptación a la realidad, renuncia a conseguir gratificaciones fácilmente, y no sabe bien cómo desenvolverse en un contexto tan hostil e inhóspito, más aun a una edad avanzada.

No es una película fácil por el desasosiego que transmite junto al alto nivel de frustración a que está sometido el personaje, y tras el humor “marrón” que transpira, late un elevado tono de amargura. Pero eso sí, esta obra es un retrato crítico sobre el hombre, y sobre todo de la vejez en este mundo globalizado y moderno, en esta sociedad que dicta casi “manu militari” sus normas y deja pocas salidas y poco tiempo para el autoconocimiento y la expresión de las emociones más genuinas del ser humano, algo tan preciso en la Tercera Edad. Yo recomiendo esta película, y lo hago porque creo que es una buena película, a la vez que transmite una buena enseñanza. Y entonces yo digo, amigos: “¡Cuiden a sus padres! ¡Cuiden a sus abuelos!” Ellos construyeron lo que hay hoy, y más que “niños” –como a veces suele decirse de los mayores-, son personas con mucha experiencia y sabiduría. Entonces, en vez de aplicar a la vejez la “Ley de la Moda”, según la cual los mayores serían obsoletos o estarían caducados, es preciso aplicar otra ley de mayor rango, la “Ley del Arte”, según la cual, con el tiempo se revalorizan, no sólo las obras de arte, sino también las personas. Pues eso.

It's only fair to share...Share on Facebook0Tweet about this on Twitter0Share on Google+0Share on LinkedIn0Email this to someone

Escribe un comentario