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Cuando los arquetipos del Far West cristalizan

Por Enrique Fernández Lópiz

He tenido la suerte de volver a ver Raíces profundas dirigido con gran oficio por Georges Stevens, el oscareado director de películas tan emblemáticas como: El amor llamó dos veces, 1943; Un lugar bajo el sol, 1951; Gigante, 1956; o El diario de Ana Frank, 1959, por mencionar algunas. En este film, Stevens dirige un clásico del western, excelente y dotado de intensidad y fuerza, a pesar de su previsible trama y sus recursos que hoy ya se ven un poco trasnochados. Pero no es sustancial este último comentario que hago. Raíces profundas me sigue manteniendo la atención como otras veces, pues Stevens consigue, a pesar del tiempo transcurrido y de los nuevos western (p.e. Sin perdón, 1992, de Clint Eastwood: ), mantener vigente la típica consagración del pistolero que ayuda y defiende a los humildes y débiles, frente a los poderosos y peligrosos matones que pretenden quitarles las tierras.

La película tiene un guión clásico de A.B. Guthrie Jr. basado en la famosa novela de Jack Schaefer, Shane (El desconocido). Dicho guión desarrolla una historia con diversos niveles de lectura: lucha de granjeros y agricultores, triángulo amoroso, el encuadre propio del oeste y la enigmática personalidad del protagonista; y además, se utiliza más el diálogo que en otros western. La música de Victor Young fue grabada en sonido estereofónico y está basada en un tema central sobre el cual su autor crea variaciones que evocan añoranza, la nostalgia, la inseguridad o el arrojo; añade canciones tradicionales como Abide With Me. La fotografía de Loyal Griggs es rodada en “Vistavisión” y le da grandeza al relato, combinando planos breves y otros de mayor duración, a fin de provocar cambios en el ritmo visual y amplificar el efecto visual de la narración; de igual manera ofrece escenas extracampinas (fuera del campo) que amplían la perspectiva de la trama.

La novela y la película cuentan la historia de un pistolero errante, Shane, que llega a una granja donde vive el matrimonio Starrett y su hijo. Al principio el matrimonio lo recibe de manera amable, dejándole que tome agua de su pozo. Pero es entonces cuando se aproximan unos jinetes amenazadores y creen que Shane es una avanzadilla del grupo, lo cual que el marido, Joe Starrett, a punta de rifle, le obliga a marcharse. Shane se marcha pacíficamente y al poco regresa y con su sola presencia intimida a los jinetes pendencieros. Shane acaba siendo contratado por la familia para el trabajo de la granja, y será, a la postre, quien los defienda de los pendencieros que pretenden arrojarlos junto a otros granjeros de sus tierras.

De nuevo, el film narra el enfrentamiento entre un terrateniente ganadero que se cree en el derecho de poseer toda la tierra, de nombre Rufus Ryker (y su hermano Morgan), y los modestos colonos agricultores granjeros que se instalan en pequeñas parcelas de terreno y que no tienen experiencia con las armas ni pueden defenderse de la beligerancia de los poderosos.

Además y para que no falte de nada, resulta ser que al terrateniente Ryker y su hermano contratan a un temible pistolero que responde al nombre de Wilson, para que sirva de sujeto persuasivo que, efectivamente, mata al pobre e ingenuo granjero Torrey, lo cual atemoriza al resto. Como toda buena película del oeste que se precie, el final reserva el duelo de Shane contra Rufus Ryker, su hermano y sobre todo el malvado Wilson.

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Hay un detalle que no es menor. Me refiero a la elegancia con la que Shane se introduce como un miembro más en la familia Starrett, ganándose la confianza del esposo Joe, el cariño y la idealización del niño Joey y el afecto de la esposa Mariam. Sin embargo, conforme avanza la historia, hay un momento en el que Shane se siente en el deber de abandonar la casa, pues se da cuenta de que ha sobrepasado el límite de “la norma familiar”, resultando incómodo para su conciencia los sentimientos recíprocos entre él y Joey al modo padre-hijo, y sobre todo, los sentimientos como hombre hacia Mariam y viceversa. Esta parte del film tiene una especial fuerza.

El reparto es de lujo. Por empezar, un figurín y a la vez duro Alan Ladd interpreta dentro de su repertorio típico sobrio y acertado, al aventurero Shane. Cumple en su papel de esposa del granjero la bonita Jean Arthur que se despidió del cine con esta película. Muy bien por el granjero interpretado por un sembrado Van Heflin que sabe dar la contraparte al protagonista Ladd. Brandon De Wilde es el niño que como tal no lo hace mal, aunque el director Stevens habría podido sacar mejor partido del muchacho. Y no podemos olvidar al eterno malvado, temible y cruel pistolero de tantas películas del oeste que en este film para mí es el mejor, el mítico Jack Palance. Ben Johnson estupendo como ganadero despótico, y acompaña un reparto muy bueno con figuras como Edgar Buchanan, Elisha Cook Jr., John Dierkes y Emilie Meyer.

Como ya he dicho reiteradamente, soy un gran aficionado al western, y éste, aunque no sea de mis favoritos, no tengo por menos que admitir que es una buena película. En ella, se alzapriman los valores de la honestidad, la honradez, la caballerosidad y la fe en las convicciones. De otro lado, la paisajística propia del lejano oeste se hace patente con una gran fotografía como antes apunté. Y algo que no puede faltar: el duelo final entre el pistolero bueno y el pistolero malo, o sea, entre Alan Ladd y Jack Palance, que aunque le falta un poco de garra, no deja de tener su emoción. Esta emoción se agudiza por cuanto a él asiste con sus abiertos ojos debajo de las mesas, el niño que se encuentra en el Saloom ansioso por ver cómo se decidirá el desenlace. Tras el magnífico duelo, Morgan hiere a Shane a traición, pero éste se mueve con rapidez gracias a la advertencia del pequeño Joey. Shane sale victorioso y abandona el pueblo cabalgando y dejando la duda en el espectador de si va malherido o en trance de muerte, mientras el pequeño Joey se despide de él que se pierde en el horizonte sobre su caballo.

Todo esto conforma un film de calidad, de los que sí se quedan en la retina y que se pueden ver repetidamente, según mi experiencia, pues yo he visto esta obra al menos cuatro o cinco veces.

Entre premios y nominaciones, este film tiene en su haber en 1953: Oscar: Mejor fotografía color. 6 nominaciones, incluyendo mejor película y director. Premios BAFTA: Nominada a mejor película y actor extranjero (Heflin). En 1993, Shane fue incluida entre los filmes que preserva el National Film Registry (Registro Nacional de Filmes) de la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos, por ser considerada «cultural, histórica o estéticamente significativa».

Como decía, el western tiene sus invariantes, sus personajes prototípicos. Y este es uno de ellos, justo en una época en la que estaba cristalizando el género que arrancó a principios del siglo XX, concretamente con el film de Edwin S. Porter de 1908 Asalto a un tren; allá por los años treinta (considerado por algunos el primer western), o con películas como La Diligencia, 1939 de John Ford; más adelante, en 1962, Centauros del desierto, (1956); o, Quién mató a Liberty Valance, todas de Ford; e igual, por mencionar otras: Río Rojo, de Howard Hawks (1947); Lanza rota, de Edward Dmytryk (1954); Grupo salvaje, de Sam Peckinpah (1959); en fin, con todas estas obras y muchas más, va cuajando el género de forma definitiva. Entonces, esta cinta es de la época dorada en la que ya se han consolidado los arquetipos del Far West.

Y hablando de arquetipos quiero apuntar dos ideas. La primera alude a la opinión del teórico argentino Ángel Faretta, un hombre que ha construido una teoría de la modernidad a través del cine. Pues bien, Faretta considera este western que aquí comento es el primero en el que los personajes ya se saben parte de una mitología particular: ser personajes de un género cinematográfico único creado y propio de la América del Norte, con unos cánones y unas componendas propias, con sus invariantes, sus personajes prototípicos, etc., a modo de arquetipos (Eastwood se inspiró en este film para su conocido Western Jinete pálido de 1985).

Y hablando de arquetipos, quería recordar aquí que este término fue desarrollado por el conocido `sicoanalista Carl Gustav Jung, para quien los arquetipos son imágenes oníricas y fantasías que correlacionan con especial similitud motivos universales pertenecientes a mitos, religiones, leyendas, etc. Y aunque Jung habla del héroe, la bruja, el sabio, y otros más abstractos como el ánima o el animus (lo femenino y lo masculino), la sombra, el sí-mismo o la persona; a pesar digo, de que los arquetipos jungianos son universales y bien reconocidos, yo me atrevería a afirmar que el género western ya creó desde los tiempos de este film y luego con el tiempo y la perspectiva que da el género, otros nuevos arquetipos entroncados definitivamente en nuestro “inconsciente colectivo” y en nuestra tradición como: el pistolero, el cowboy solitario, el sheriff justiciero, el indio salvaje, el ganadero aguerrido, el humilde granjero del oeste americano, etc. Personajes que ya forman definitivamente parte de nuestro imaginario y de nuestro acervo cultural y con los cuales fantaseamos, soñamos o imaginamos perfiles bien definidos. Pues bien, este film ya nos sirve en bandeja perfiladamente, muy bien delineados, buena parte de estos arquetipos, para que los disfrutemos y veamos en acción.

Finalmente quiero aconsejar a quienes no han visto esta película, que lo hagan cuando puedan. Merece la pena.

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Comentarios

  1. Alberto

    Muy buena crítica Enrique, enhorabuena. Me ha gustado leer particularmente lo que comentas respecto al abandono por parte de Shane del hogar familiar por considerar que ha traspasado determinadas “fronteras”, y al tema de los arquetipos muy presentes en este género.

    Y qué lástima que Jean Arthur lo dejara tan pronto, magníficas películas de ella he disfrutado, Sólo los ángeles tienen alas, Vive como quieras, Caballero sin espada, me vienen ahora a la memoria. Por cierto que después de retirarse estuvo dando clases de actuación y una de sus alumnas fue una tal Meryl Streep y se cuenta que cuando la vio actuar en una obra del colegio comentó que le pareció estar viendo una estrella de cine o algo así.

    Respecto a la película a mí me parece magnífica, yo es de las que tengo enraizada, ése grito del niño al final “Shaaane” “Shaaane”, caray, enraizado del todo ;)

    Saludos

    • Enrique Fdez. Lópiz

      Vaya Alberto, me alegran mucho tus palabras y yo aprendo de ti muchas cosas, por ejemplo cómo Jean Arthur descubrió a Meryl Streep, ¡asombroso! Y qué bueno que disfrutemos escribiendo de cine, leyendo y sobre todo viendo pelis que parecen perdidas en el Olympo de la cinematografía. Gracias amigo, un abrazo!! Enrique

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