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Cuando lo bueno viene en el último tercio del film

Por Enrique Fernández Lópiz

Hay un tema que particularmente me interesa por diversos motivos que no son del caso: los cereales. Sobre todo la manipulación genética que se está produciendo en los mismos por parte de las grandes empresas semilleras, y de otra parte me interesa y preocupa la especulación que cada vez más se hace con el trigo, maíz, cebada, etc., lo cual encarece un producto vital para la subsistencia humana. Ambos elementos son abordados en esta película, si bien tangencialmente, pero esta temática habría dado para mucho más.

Pero veamos. Esta cinta es dos cosas a la vez. De un lado y hasta la parte final de la misma, se queda en un rosario de espacios comunes e incluso insustanciales. Pero tampoco hay que negar la mayor. Ya en el segundo tercio de la película, resulta que la historia, inopinadamente y cuando ya apenas se esperaba más, se “adentra en el oscuro terreno de las verdades reveladas hasta adquirir el tono negro y profundo de los relatos que importan” (Martínez). Y es aquí cuando el film cobra un valor que no había tenido hasta entonces.

En esta película A cualquier precio, un terrateniente y granjero del medio oeste norteamericano de nombre Henry Whipple (Dennis Quaid), además de ser un agricultor es igualmente un aprovechado que no da puntada sin hilo, o sea, que aprovecha hasta un entierro para hacer negocios de compra de tierras, etc. Como individuo conservador y siempre tirando para lo suyo, su mayor anhelo es que alguno de sus dos hijos herede sus campos y los explote con la moderna tecnología que incluye maquinaria de última generación, GPS, productos químicos de todo tipo, semillas modificadas genéticamente, y más. Uno de los hijos que ya no aguantaba al padre, pone pies en polvorosa hacia la tierra austral plan aventurero para escalar el Aconcagua mendocino. El otro, el que se queda y en el que tiene puestas todas sus esperanzas, Dean (Zac Efron), tiene también otros planes que no incluyen el negocio familiar: sueña con triunfar como piloto de carreras. Así las cosas, cuando ya me empezaba a cansar un poco la cosa, un involuntario crimen transforma este áspero drama familiar, en una tragedia sin paliativos que se cierra con una alta porción de impudor y cinismo. O sea, el film se desliza por unos derroteros impensables que lo tiñen de interés en su parte última.

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El prometedor director de origen iraní nacido en Carolina del Norte, de aliento y modales amaneradamente ‘indies’ y especializado en excelentes retratos de la inmigración en Estados Unidos que es Ramin Bahrani, es un realizador con ideas avanzadas que ejecuta una dirección correcta en este film, si bien no puede desprenderse de ciertos tics que lo alejan de ese rupturismo que pretende. El propio Bahrani junto a Hallie Elizabeth Newton escriben un libreto que en lo formal está ortodoxamente escrito y que aborda “el medio Oeste americano, la familia, la desolación y la nada […] como metáfora perfecta del vacío inmenso que puebla y despuebla (las dos cosas a la vez) el tiempo que nos ha tocado vivir” (Martínez). Buena música de Dickon Hinchliffe y luminosa fotografía de Michael Simmonds.

En cuanto al reparto Denis Quaid está muy bien y hace un papel redondo, un rol muy problemático en el cual sus habituales armas de seductor transpiran tragedia y desesperanza. Zac Efron está igualmente muy bien, no sólo como rebelde sin causa a lo Dean –al principio-, sino como el joven que vive un acontecimiento muy trágico que produce una progresiva opacidad en su mirada, que rompe los estereotipos y prejuicios sobre su hacer actoral. Acompañan muy bien y sintónicamente Heather Graham, Clancy Browm, Kim Dickens, Maika Monroe, Sophie Curtis, John Hoogenakker y Laura Atwood.

En 2012, en el Festival de Venecia fue presentada en la Sección oficial largometrajes a concurso; y en el Festival de Toronto en la Sección oficial fuera de concurso.

A mí me ha parecido bien. No es una obra de altos vuelos pero está tejida con buenas mimbres, yendo más allá del típico melodrama familiar de odio y cólera. Bahrani es más contenido, menos impulsivo. No obsta para que esta película salvaguarde los fundamentos del relato clásico americano de saga familiar indestructible a pesar de los infortunios y fatalidades del destino. Además, contextualizada en los tiempos que corren, ofrece un panorama triste de la cambiante cara del estilo de vida americano.

La película, como dice Costa, “es una auténtica rareza, bajo cuyas imágenes luminosas acaba emergiendo algo inesperado, que el cineasta maneja como si aún siguiese vigente ese sueño utópico de un nuevo Hollywood capaz de no subestimar al espectador adulto: un mundo donde la ficción podía sentir más respeto por las verdades terribles que por las dogmáticas mecánicas de castigo y/o redención de los manuales de guión”.

Yo la aconsejo, tiene fondo, sus recovecos de interés, buenas interpretaciones y un Ramin Bahrani que sin estar en su mejor momento en esta cinta, siempre merece la pena ser visionado cuando hace una película.

Tráiler: https://www.youtube.com/watch?v=tJPD5YB2c3M.

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