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Cuando el cine es despropósito

Por Enrique Fernández Lópiz

Déjà vu es una película dirigida por el excesivo Tony Scott en clave mediocre, con un guión confuso de Terry Rossio y Bill Marsilii. La música, sin pena ni gloria, es de Harry Gregson-Williams; y es buena la fotografía de Paul Cameron.

El reparto está encabezado por la estrella Denzel Washington, y junto a él Val Kilmer (de policía ultramoderno), James Caviezel (el malísimo), Paula Patton (la bella protagonista), Bruce Greewood, Adam Goldberg, Elden Henson, Erika Alexander y Matt Craven. No es lo que hagan mal, es que se han metido en un berenjenal sin sentido en cuanto a guión y dirección: ¡pobres!

Es un thriller con mezcla de acción, ciencia ficción, drama y terrorismo, y yo añado “cuento de hadas”, o sea, que ya la calificación y la temática se pone un poco difícil de entrada.

En la historia, el agente Doug Carlin (Denzel Washington) es un individuo con especiales dotes para la intuición y el instinto sobre qué aspectos de una investigación son verdaderamente importantes y cuáles accesorios. Él descubre que una explosión que ha provocado numerosas víctimas en un Ferry de Nueva Orleáns, no ha sido algo fortuito sino una acción terrorista planificada. Debido a su agudeza para analizar y distinguir lo realmente importante, proponen a Carlin formar parte de un equipo de investigación ultra secreto, que utiliza una máquina de tintes futuristas que permite volver al pasado para reconducir acontecimientos pasados.

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En lo que toca a la acción, los efectos de disparos, explosiones, etc., no están a la altura de los tiempos. De otra parte, esta película no para de girar y girar en el tiempo y en torno a los acontecimientos, lo que puede parecer a una trama de corte existencial en plan ciencia-ficción, cuyas ideas parecen sacadas de una Física ultrasónica que tal vez se dé en un futuro de cinco o seis mil años. Entonces el asunto o “rollete” queda para motivo de conversación con los amiguetes sobre este extraño asunto de reconducir acontecimientos pretéritos retornando al pasado y modificando las causas que los produjeron. Pero estas discusiones son, obviamente, más propias de adolescentes que de gente madura que vive la realidad conforme es.

Claro está que no podía faltar el amor. Y esto ocurre cuando una bella muchacha, negra para más señas (Paula Patton), aparece muerta. Es tan bonita Paula que da pena que esté muerta, y para eso, su cuerpo de belleza yerta y sin vida es mostrado lo suficiente como para que el espectador viva la sensación de gran pena ante la princesa de cuerpo presente ¡Pero para eso está un príncipe también de color llamado Denzel Washington! Príncipe que con un beso ha de resucitar a la bella Paula y despertarla del eterno-bello sueño en que se halla. No se sabe bien cómo lo logra, pues la peli ni tiene sentido ni parece importarle a su guionista ni al director que lo tenga. El caso es resucitar a la joven, que se enamore de Denzel y, ya puestos, impedir que acontezca el horrible atentado terrorista, todo lo cual que ocurre con absoluta impunidad. Así que mira por donde, detrás de la fachada -de mediocre libreto- de ‘Déjà Vu’, yace el clásico cuento de hadas La bella durmiente del bosque, bello cuento nacido de la tradición oral y del que nosotros conocemos sobre todo la versión del francés Charles Perrault. Pues ya conocemos la traslación que del mismo hace el “ingenioso” Tony Scott.

Lástima, porque la película prometía, especialmente por sus espectaculares escenas y su escalofriante secuencia inicial. Todo hace presagiar al inicio algo bueno, algo de entidad, una obra con peso específico, una trama que no fuera, como señala Bellón, ver como “Denzel Washington investiga con ayuda de un aparato experimental capaz de sintonizar el pasado como quien pilla La Sexta”. Y lástima también, pues en ese viaje en el tiempo, ni siquiera sigue el viejo mapa de la celebérrima obra de H.G. Wells, La máquina del tiempo, obra en la que por cierto también prima la finalidad moralizadora. Y es que esta ya manida tradición de viajar por el tiempo, en esta peli tiene serias restricciones, lo cual deja un estrecho margen a la verosimilitud de lo que cuenta.

En esto último que digo, esta película es como la saga de Marty McFly en Regreso al futuro I, II y III (1985, 1989 y 1990), pero en clave terrorista. Y lo más gracioso, no se trata de un terrorista Yihadista o revolucionario marxista o mafioso, sino de un norteamericano en toda regla y para más señas patriota a más no poder, que opina que los daños colaterales van a favor de la libertad ¿Alguien da más nivel de delirio y despropósito?

Estimados lectores, el que avisa no es traidor.

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