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Cuando Eastwood hizo adulto al western

Por Enrique Fernández Lópiz

Sin perdón es una de esas películas por las que siento veneración. La vi en un cine de verano, al aire libre y comiéndome un bocadillo de los que vendían en el lugar. La vi cuando se estrenó y no di crédito a lo que vi.

Yo siento gran interés y me encantan las películas del oeste o de vaqueros, lo cual creo haber dicho ya en estas páginas. Es una impronta infantil, cuando tantas películas del oeste había y tantas yo veía, acompañado de mis padres, a veces de mi pobre y trabajado padre que en ocasiones se dormía durante la proyección, pero que nos acompañaba.

En aquellos entonces los western eran muy diferentes al que ahora voy a comentar. Recuerdo que siempre empezaban con un vaquero a caballo montado sobre la grupa en la lejanía y al galope. Por lo común iba solo, pero podía venir acompañado incluso de algún comanche amigo y buen rastreador o conocedor del terreno. Por supuesto los malabares con las pistolas eran comunes, así como la certera puntería de los indios con sus arcos a distancias increíbles. Los caballos iban a un ritmo vertiginoso (evidentemente las películas estaba aceleradas de vueltas) y las peleas a puñetazos eran de antología, como para matar al más avezado boxeador. E igual el suntuoso Saloom preceptivo, con una iluminación a todo tren donde las cabareteras bailaban en un esplendoroso escenario hasta que se liaba el pollo. Entonces se ponía en marcha la balacera, y al final todo acababa cuando el duro-bueno, pistolero de pro, Sheriff o similar, bien acababa con todos los malos en una especie de ametrallamiento con un revólver tipo Colt a toda mecha, o bien los apresaba y encerraba en la precaria cárcel del pueblo, y entonces ahí venía la segunda parte de la peli: los hermanos o la banda que venían al galope de otros estados lejanos o ranchos, a liberarlos. Empezaba así la defensa del preso hasta que venía algún “juez de la horca” a tiempo. Como digo, el western de ese entonces era malabarístico con los revólveres girando entre los dedos del vaquero que atinaba con asombrosa puntería cualquier blanco, fantástico en sus recursos, con increíbles caravanas perseguidas a cien por hora por indios mayormente o bandidos, trenes asaltados al vuelo, duelos al sol, y suntuosos Saloom con mesas de juego y señoritas de vida alegre con cancanes.

Pero no creáis que de niño solo veía películas de segunda. No solo. Veía muchas del oeste buenas como: La diligencia, John Ford (1939); Centauros del desierto, John Ford (1956); también de John Ford, El hombre que mató a Liberty Valance (1962); Río Rojo, Howard Hawks (1947); Lanza rota, Edward Dmytryk (1954); Grupo salvaje, Sam Peckinpah (1959); El bueno, el feo y el malo, Sergio Leone (1966); Los siete magníficos, John Sturges (1969); La leyenda de la ciudad sin nombre, última película de Joshua Logan (1969). Y en fin, he visto docenas más. Así era mi admiración por este género único, desde mi más tierna infancia. Recuerdo, ahora que estamos en fecha, que para Reyes siempre pedía una cartuchera de pistolero o unas plumas de indio y un arco con flechas; eso era lo que más me gustaba.

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Pero esta película de Eastwood a la que me voy a referir ahora, cuando la vi, me pareció que marcaba un hito, un punto de inflexión. En aquel día de verano me quedé un poquito atónito. Era un western desmitificador y sombrío. Los pistoleros daban pena, incluso uno de ellos, el más joven y que tenía pretensiones de ser un gran virtuoso del revólver, no veía a más de cincuenta metros el pobre. El principal, Clint Eastwood, vivía arrepentido de su anterior vida de forajido en una humilde granja de cerdos, viudo y con varios hijos; para él lo único que explicaba su anterior violenta vida de pistolero era haber abusado del güisqui y de ahí al gatillo fácil de borracho pendenciero ¡El güisqui!, que en el western clásico simbolizaba la fiesta y la alegría en el Saloom antes del tiroteo, aquí aparece cargado de connotaciones siniestras y tortuosas para el personaje. El tercero en liza, Morgan Freeman también era un hombre retirado de la pistola en un ranchito con su esposa india. Los tres se unen para mitigar su pobreza obteniendo una recompensa que ofrecen las prostitutas de un pueblo próximo, a quien liquide a los hombres que las han maltratado y ultrajado brutalmente.

El sheriff del pueblo donde se desarrollan los acontecimientos (Gene Hackman) es un animal, una bestia inmunda y despiadada. Su crueldad ya se ve cuando se enfrenta a otro famoso pistolero magistralmente interpretado por Richard Harris.

Las prostitutas son señoras de tercera, pero señoras al fin, que se han asociado para vengar las agresiones de unos vaqueros pendencieros y beodos que sobre todo han malherido a una de ellas desfigurándole el rostro y el cuerpo a cuchilladas. El Saloom del lugar, a diferencia de lo que antes decía de otros western históricos, era una taberna infecta, apenas iluminada en la noche por un par de lámparas de aceite. Y los pistoleros no son de los que le dan a una moneda al aire de un solo disparo, sino que han de disparar docenas de veces para en una de ellas hacer blanco en el adversario. O sea, es como tuvo que ser esa época sórdida del far west en la América del norte, con gente ruda, inculta, brutal, supervivientes de vaya a saber qué historias personales y sociales, borrachos, crueles, machistas, belicosos, en fin, gente de lo más tosca y ruda, que fueron las mimbres con las que se urdiría el imperio norteamericano (para pensar).

Es una película con muchas frases épicas: “Cuando matas a un hombre no solo le quitas lo que tiene, sino todo cuanto pudo tener”. Una película grande en la que domina el magisterio de un Eastwood a tope con una excelente dirección. Un gran guión de David Webb Peoples. Fotografía ocre maravillosa de Jack N. Green, y una música de Matrícula de Honor de Lennie Niehaus.

El reparto es de primerísimo orden. A la cabeza la inigualable interpretación de Eastwood, y actores de la talla de Morgan Freeman, Gene Hackman (maravilloso), Richard Harris, Anna Thomson, Jaimz Woolvett y en general todo el reparto que conforma un coro maravilloso: Saul Rubinek, Frances Fisher, Anna Thompsom, Anna Levine o Anthony James.

En resolución, una obra que recuperó el western de nuevo en la década de los noventa, imprimiéndole un giro de realismo y verismo insólito en este género del cine. Una reflexión sobre la violencia y la desmitificación de los héroes, algo que ya Ford, a quien antes mencionaba, había apuntado de manera soberbia. A mí esta película me deja pasmado en el mejor sentido cada vez que la veo. Hace unas noches la volví a ver por enésima vez y no pude sustraerme a escribir estas palabras ante tamaña obra maestra.

Su curriculum de 1992 no sabría cómo calificarlo. Tal vez de superlativo. Veamos. 4 Oscar: Mejor película, director, actor secundario (Hackman), montaje. 10 nominaciones. 2 Globos de Oro: Mejor director (Eastwood), actor secundario (Hackman). 4 nominaciones. BAFTA: Mejor actor secundario (Hackman). 6 nominaciones, incluyendo mejor película. Círculo de Críticos de Nueva York: Mejor actor secundario (Hackman). Editores de Cine Americanos: Mejor Montaje (Joel Cox). Sociedad de Críticos de Boston: Mejor Película, Actor secundario (Hackman), fotografía. Asociación Críticos de Chicago: Nominada Película, Director, Actor y Actor secundario. Gremio de Directores de América: Mejor Director. Fotogramas de Plata: Mejor Película Extranjera. Círculo de Críticos de Kansas: Mejor Película, Director y Actor secundario (Hackman). Círculo de Críticos de Londres: Mejor Película del año. Asociación de Críticos de Los Ángeles: 5 premios incluyendo Mejor Película. National Board of Review: 10 mejores películas del año. Sociedad Nacional de Críticos de Cine: 4 premios incluyendo Mejor Película. Gremio de Guionistas de América: Nominado a Mejor Guión Original. Premios de la Academia Japonesa: Nominada a Mejor Película Extranjera. ¿Alguien da más?

Cuando llega la parte final, cuando el gran drama se ha producido y Eastwood debe vengar a su amigo, cuando en fin, decide ir al Saloom-tasca a matar a los asesinos, lo que allí vemos no es al pistolero certero que veía de niño, no hay apenas iluminación, no hay golpes a gogó ni vaqueros con la pose típica del duelo. El que entra en el oscuro local es un Eastwood dispuesto a todo, y lo que sucede sin apenas verse nada por la oscuridad y el humo es un tiroteo tremendo donde empiezan a caer unos y otros, y entonces más tiros y caen otros, y así hasta que en aquella tiniebla de Bar que parece la segunda guerra mundial, por una obra del Cielo, Eastwood está aún de pie con sus enemigos abatidos a un lado y otro del local.

Estoy casi seguro que de niño no me habría gustado esta película, pues en esa edad me gustaba algo más espectacular, más fantástico, fino y luminoso, y evidentemente más artificioso. Pero como dice el apotegma en I Corintios 13: 11 “Cuando yo era niño, hablaba como niño, pensaba como niño, razonaba como niño; pero cuando llegué a ser hombre, dejé las cosas de niño”. Y así fue con Eastwood y Sin perdón. Él dijo a las claras y como embajador de la cruda realidad, lo que tuvo que ser aquel lejano oeste. Eastwood hizo adulto al western, y yo también lo era ya.

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