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Crudo retrato de un infierno

Por Jorge Valle

Hay una escena en 12 años de esclavitud, ya hacia el final de la película, en la que la cámara se detiene por un momento en la cara de Solomon Northup, cuya profunda mirada va recorriendo la pantalla hasta fijarse durante unos segundos en el espectador, haciéndole testigo directo de su sufrimiento, comunicándole sin palabras que sus fuerzas y ganas de vivir hace ya tiempo que flaquean. Por un instante el público se siente señalado, como si también fuera partícipe de aquel horror que parece lejano pero que aún tiene poder para doler y conmover. Pocas veces sale uno del cine tan abatido y desalentado como con la nueva película de Steve McQueen, pues ha asistido a un auténtico descenso a los infiernos por parte del protagonista, casi del mismo modo que el adicto al sexo Brandon en la soberbia Shame, aunque aquí sea incluso más indignante y doloroso. El director británico deja nuestros ánimos por los suelos, haciendo que el fundido en negro del final se tome con un suspiro aliviador: ya está, se acabó. Es decir, McQueen ha vuelto a conseguir su propósito con su cine crudo, sombrío y certero, un estilo que ya conquistó a la crítica con su ópera prima Hunger y la anteriormente mencionada Shame, y que ahora intenta acercarse al público con una cinta más comercial, grandilocuente y ambiciosa, aunque siga desprendiendo un cierto carácter intimista propio del mejor cine independiente.

La película está basada en las memorias de Solomon Northup (Chiwetel Ejiofor), un hombre libre que fue engañado y vendido como esclavo en una plantación de Louisiana en 1850. Su vida conforma uno de los retratos más brutales que se recuerdan sobre una época de la historia de EEUU que todavía escuece, como si las llagas de los latigazos no estuviesen curadas del todo. La esclavitud es un tema que ha sido abordado en multitud de ocasiones -el año pasado estuvieron nominadas al Oscar a la Mejor Película Lincoln y Django desencadenado- pero en 12 años de esclavitud uno tiene la sensación de que le están contando esta atrocidad por primera vez. No sucedía lo mismo en El mayordomo, la otra “gran” película sobre la esclavitud del año que buscaba ante todo el reconocimiento y voto de los académicos en un exasperado y ridículo intento de ganar la preciada estatuilla dorada. Y es que 12 años de esclavitud está por encima de cualquier premio –aunque presumiblemente arrase en todas las alfombras rojas de la temporada- pues no busca satisfacer al Tío Oscar, sino conmoverle con una crudeza pocas veces vista en la pantalla.

McQueen hace que todo resulte doloroso, pues hay escenas en las que el espectador no puede hacer otra cosa que cerrar los ojos y esquivar la mirada mientras se retuerce en la butaca por la frustración, la impotencia, la rabia y el espanto. Los golpes y los latigazos traspasan la pantalla; podemos sentirlos como si se estuvieran clavando en nuestras propias carnes. Y eso que a veces las miradas duelen más que los azotes, en especial la del protagonista, que busca exasperadamente mantener su dignidad, y cuyos ojos saltones y expresivos constituyen el mejor reflejo de las atrocidades que está soportando. El director, sabedor de la capacidad de Ejiofor para decirlo todo con la mirada, le aplica unos primerísimos planos que incluso llegan a resultar indignantes pero igualmente necesarios. El actor londinense compone uno de los personajes más profundos y tristes del año y no duda en desnudarse, tanto física como emocionalmente, para ponerse en la piel de un hombre al que de repente le arrebatan su mejor posesión: su libertad.

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Pero 12 años de esclavitud no es sólo un reflejo de la barbarie de la época, sino también un espejo de la condición humana que invita, o al menos debería, a la reflexión. En efecto, McQueen no se ahorra nada al mostrar las numerosas humillaciones y ofensas que tenían que soportar los esclavos negros, pero también incita con maestría al espectador a juzgar todo lo que está aconteciendo ante sus ojos. En este aspecto, destacan una serie de reveladoras escenas y brillantes diálogos que muestran a la perfección la falta de humanidad que no sólo asola el bando blanco, sino también el propio seno de la comunidad esclava, donde la búsqueda de la supervivencia no permite (casi) ningún resquicio para la bondad y el compañerismo. Ahí tenemos a Clemens (Chris Chalk), el primer compañero de Solomon que no duda en abandonarle a su suerte cuando su amo viene a rescatarle, o al propio Solomon cuyo abrazo de despedida con la pobre Patsey (Lupita Nyong’o) no deja de ser tan emotivo como desolador. Quizá este mundo hostil y despiadado, donde no hay espacio para la amabilidad y la benevolencia, queda perfectamente descrito por esa escena en la que el protagonista, que ha sido castigado por su desobediencia y desfachatez, cuelga de un árbol mientras intenta pisar el suelo con la punta de los pies para que la cuerda, que rodea su cuello, no le ahogue. Y ante su desesperación, la cámara nos muestra cómo los demás esclavos siguen con su vida como si nada ocurriera–tan sólo una mujer se acerca a darle un poco de agua-, cómo los niños juegan y gritan  como si estuvieran ya acostumbrados al horror diario.

Es comprensible, aunque no por ello defendible, que los esclavos buscaran ante todo su supervivencia, haciendo de la ayuda al prójimo un asunto secundario y eventual, pero cuesta mucho más entender la actitud de esos esclavistas blancos que se creían, porque la ley se lo daba, con derecho a tratar a otras personas como simples objetos, a obviar no sólo sus necesidades más básicas, sino también su propia condición humana. Y es que hay ideas y derechos  que no haría falta recoger en leyes; todo el mundo debería entenderlos y defenderlos como algo intrínseco a nuestra propia humanidad. Edwin Epps (Michael Fassbender), el amo de una plantación de algodón a la que finalmente irá a parar Solomon, constituye el mejor ejemplo de esta maldad sin escrúpulos, un modelo de lo más repugnante y despreciable de nuestra raza. El actor fetiche del director crea uno de los villanos más temibles y repulsivos que se recuerdan, imprimiendo una fuerza espantosa a su personaje que hace que el Calvin Candie de Leonardo DiCaprio parezca sacado de un cuento de hadas, y eso que la interpretación del actor estadounidense en Django desencadenado era magnífica. Fassbender ha vuelto a dar otro recital de veracidad y magnetismo que bien podría valerle su primera y merecida nominación al Oscar.

Pero no todas las personas con las que se cruza Solomon en esos doce años de cautiverio son malvados. El amo Ford (Benedict Cumberbatch) podría representar el contrapunto perfecto a Epps. Una persona que es bondadosa y amable con sus negros, aunque siga permitiendo y ejerciendo esa aberración solamente porque es un producto de la sociedad en la que vive. Aunque unos pocos blancos llegarán a cuestionarla –el personaje de Brad Pitt-, la inmensa mayoría tenía la firme convicción de que sus acciones estaban bien encaminadas, de que sus decisiones eran fruto de la racionalidad y la lógica, de que los blancos eran verdaderamente superiores a los negros. Incluso Epps, tras dos años de plagas en sus cosechas, no duda en achacar este castigo de Dios a la mezquindad de sus esclavos, no es capaz de asociar esta pena divina a su propio comportamiento. Aquí los malos no son conscientes de su propia maldad y eso es lo que les hace ser tan temibles, pues no tienen ninguna posibilidad de redención.

Todo el reparto está brillante –Paul Dano y Paul Giamatti también están perfectos como defensores y aplicadores de esta injusticia inhumana- pero uno no puede evitar sentir atracción, ya sea repulsiva o comprensiva, por el trío protagonista. A Fassbender y Ejiofor se une el desconocido rostro de Lupita Nyong’o en el papel más doliente y descarnado de la película. Esta actriz inyecta una energía admirable a su personaje en cada una de las contadas ocasiones en las que aparece. Hay una escena en la que Patsey le pide a Solomon que acabe con su vida, a lo que este se niega aunque posteriormente McQueen nos muestre un primer plano de Ejiofor en el que el espectador puede intuir, ante el horror que está contemplando el protagonista,  que se arrepiente de no haber aceptado la petición de su compañera. La escena en la que Patsey le ruega a Epps que le deje lavarse con el jabón es también desgarradora y sus consecuencias resumen perfectamente lo que McQueen pretende con su tercera película: hacer que el espectador experimente una crueldad extrema y despiadada que verdaderamente existió y que sufrieron personas que eran como nosotros pero que no pudieron disfrutar de la vida por culpa de esa absurda y descabellada idea de la superioridad de razas. 12 años de esclavitud es, en definitiva, una película tan doliente como necesaria, pues todavía hacen falta directores que nos muestren aquello que no queremos ni ver, y es que hay cosas que no podemos ni debemos olvidar, aunque duela recordarlas. 12 años de esclavitud es, para bien y para mal, una de ellas.

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