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Crónica de un engaño. A medio camino de todo

Por Enrique Fernández Lópiz

Mira por donde he tenido oportunidad de ver recientemente esta película británica dirigida por Richard Eyre con la profesionalidad que no le voy a negar; con un guión regularcete y estirado más de la cuenta del propio Eyre y Charles Wood, inspirado en una historia corta de Bernhard Schlink (quien también escribió la novela adaptada al cine El lector 2008); con una música de Stephen Warbeck que mal que bien tira de la historia; y una fotografía sin alharacas de Haris Zambarloukos.

En cuanto a las interpretaciones, es mi consideración que tanto Liam Neeson (actor siempre correcto en todos sus trabajos) como marido y Laura Linney (espléndida actriz) como esposa infiel, hacen un enorme esfuerzo por dar credibilidad a lo increíble, sin embargo Antonio Banderas sobreactúa (nada nuevo), y el papel de amante sin blanca y vividor, seductor, y con pretensiones de nobleza, le va un poco grande.

La historia es así: Peter (Liam Neeson) y Lisa (Laura Linney) constituyen un matrimonio de largo recorrido, más de veinte años, acomodados en una vida pequeño burguesa habitual. Ella se dedica con éxito al diseño de calzado femenino y él dirige su propia empresa. Tras presentar su última colección, Lisa viaja a Italia. Entre tanto ella padece una grave enfermedad y no sigo para no desvelar en entramado. El caso es que Peter descubre que su esposa le es infiel y contraviniendo el consejo y las indicaciones de todo el mundo que le anima a que pase página, él se empeña en descubrir al ínclito amiguito de la señora, conocerle, gastarse una pequeña fortuna y emplear tiempo y esfuerzo en ese afán. Y efectivamente, no ceja hasta que encuentra al amante y entabla una relación con él (Antonio Banderas), un impecable, mundano y playboy español. O sea, personajes demasiado previsibles; y todo ello con música y atmosfera de presunto thriller, algo a lo que ahora me referiré.

Creo que en su afán por crear un thriller, el director Eyre se da de bruces con una película mediocre, tipo novela de TV o casi, sin mucha entidad, eso sí, distraída, para pasar un ratito viendo la cosa con alguna sonrisilla en la comisura de los labios, plan culebrón, sin mucha capacidad para aportar matices a la historia ni mayores reflexiones.

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También me llama la atención que en el triángulo amoroso que dibuja el film, nadie parece saber nada del otro, como si fueran tres personajes cada por su lado. De una parte la rutina matrimonial de Peter y Lisa les hace vivir más bien autónomamente, las ocupaciones empresariales de Tom y el diseño de zapatos de Lisa les absorben el tiempo, y el amante Banderas parece estar a verlas venir, desconociendo la vida de su amante y aún más del marido de su amante: aislados, pues, cada uno en su mundo, desconocedores de cómo son los demás.

Es destacable también que Eyre pretende hacer un juego con el asunto del ajedrez –algo ya manido por cierto-, siendo que sólo consigue con ello perderse en una tupida red de metáforas sin mucha carga de profundidad, en las que intercala secuencias oníricas, montajes diversos, cambios poco claros, y revelaciones vagas que dejan al espectador con cierta sensación de haber sido llevado de la mano, sin posibilidad de reflexión o introspección sobre lo que está viendo, dada la carga dramática de la trama que está más cerca de una telenovela que de la intriga en sí.

A mí me parece que los buenos directores tienden a hacer cosas sencillas, claras, accesibles, entendibles, aunque tengan su evidente fondo que toda buena obra requiere. Y ese es esencialmente su mérito. Pues bien, en esta película Eyre tiende a la grandilocuencia, el gran drama, la facundia, las situaciones impostadas y la fatuidad. Pues que al final la historia es mezcla de drama romántico, buenismo, y la historia está a medio camino de todo, por todo ello, la película carece de una precisa definición.

Hay algo, finalmente, en lo que querría detenerme, para darle algo de final feliz a este comentario. Me refiero a una cuestión si se quiere psicológica o pedagógica del guión que rompe con el mito del cornudo despechado. Esto es, cómo el engañado marido, tras diversas jugadas (no de ajedrez pero parecido), y por las circunstancias a que estas jugadas o acciones le llevan, puede, según la historia, reconducir su inicial actitud vengativa y violenta, hacia un jaque mate sobre su rival, el amante de su esposa, expresado en un reconocimiento público en una reunión de amistades, del vínculo de él como “marido” de su esposa “versus” el rol de “amiga” que atribuye a la relación con el gigoló Banderas, que ha de encajar el golpe con estoicismo, quedando a salvo la dignidad y la integridad de Peter (Liam Neeson), ante la infidelidad y el aventurismo de su esposa Lisa (Laura Linney) con el guapetón Banderas. Entonces, esto significa una resignificación y una vuelta de tuerca a la solución fácil y criminal del engañado esposo que asesina al amante de su esposa, tal como suelen narrar los episodios clásicos y violentos en alguna –y no poca- literatura, y a veces en la realidad que preside este tipo de situaciones. O sea, un final decente y en cierto modo feliz e incluso civilizado. Y es que como se decía en una película que vi hace años y se me quedó grabado, lo fácil es ser el amante, lo difícil es ser el marido; el primero disfruta un ratito de la señora y siempre de cosas apetecibles (sexo, cenas, salidas, etc.), en tanto el segundo ha de brindar eso, más la convivencia y cuanto de difícil hay en ello. Entonces esta sí puede ser una lección a tener en cuenta, sobre todo en nuestra cultura latina tan dada al exabrupto y el impulso “jarra pellejo”.

Resumen: film de los que pasan sin pena ni gloria, que se puede ver si no hay nada mejor que hacer.

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