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Crear conciencia en el momento oportuno

Por Enrique Fernández Lópiz

Steve Butler (Matt Damon) es un ejecutivo de una gran empresa que aterriza en un pueblo de provincias con su colega de trabajo, Sue Thomason (Frances McDormand). Steve es empleado de una gran compañía, al que han encargado junto a Sue para que convenza a los angustiados pueblerinos de un pueblo del profundo Sur, para que vendan sus tierras a su multinacional. O sea, su misión es adquirir las granjas de los lugareños y llevar a cabo perforaciones para buscar gas natural. Es un pueblo en estado de ruina donde no hay Plan de Empleo Rural ni nada que se le parezca. Solamente hay alguna ayuda estatal esporádica que no durará toda la vida. El protagonista intenta convencer a los habitantes del lugar de que han de vender sus terrenos a cambio de pingües beneficios que convertirán el lugar en un sitio próspero económicamente. Pero cuando Steve Butler se entera de los males que pueden provocar esas perforaciones, y sintiéndose traicionado por la pérfida “Global” –su Compañía de gas-, el protagonista, ya finalizando la historia, tendrá la oportunidad de considerar mejor lo que está haciendo hasta ese momento, y redimir la farsa a la que ha contribuido, reconvirtiéndose, iniciando una nueva vida y volviendo al seno del ámbito rural y natural. Butler es despedido de su trabajo en la empresa por no cumplir su cometido, o sea, por ser un hombre honesto y respetuoso con el ambiente, un sujeto en suma, íntegro. Además, para disfrute del espectador, se queda con la chica, la bonita maestra del pueblo a la sazón: ¡magnífico, a cultivar coliflores!

Tierra prometida se trata de una película muy cargada de cultura ecologista y buenrollista; nada que objetar, por cierto, lo único es que resulta un poco extravagante en los tiempos que corren. Gus Van Sant dirige con oficio y corrección, tal vez con falta de pasión, un filme en el que pasa casi de puntillas. Parte la obra de un texto original de Dave Eggers, cuyo guión escriben el mismo Matt Damon (el protagonista del film) y John Krasinski (su oponente ecologista en la cinta), quienes también producen la obra. Quizá conviene recordar que en 1997 Matt Damon y Ben Affleck obtuvieron un Oscar como guionistas del film El indomable Will Hunting. El caso es que Damon parece un individuo con criterio propio que tiene su opinión sobre el estado de las cosas que trata en la película. De esta guisa el libreto, o sea la historia, está centrada en el fracking, o sea la perforación del subsuelo para conseguir gas natural. Es un guión escrito con corrección, buenista y en el que el héroe queda a salvo de las veleidades del capitalismo a ultranza. Y aunque a mí esto me encanta, no obsta para que el desenlace resulte difícil de creer, y se encuentre más próximo a la utopía que a la realidad de lo que sucede según se observa en las noticias. O sea, un guión ajustado que, como escribe Marañón: limita las ilusorias pretensiones de conciencia ecológica de una película que es ante todo la historia de un ajuste de cuentas con uno mismo: ese tipo que creía odiar todo lo que en realidad le hacía mejor persona. Un guion que se conduce según el tradicional paradigma dramático de la toma de conciencia, pero que ha incorporado otros elementos y gratificaciones que parecen fuera de programa: desde el retrato de una comunidad donde la información ´googleada´ matiza la candidez de los habitantes hasta los ecos, levemente ´screwball´, en la rivalidad que enfrenta a los personajes de Damon y Krasinski ante la maestra local (Costa).

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Las interpretaciones de los actores principales son correctas. Por empezar, un Matt Damon siempre solvente en convencer como nadie con su mera presencia. Frances McDormand está estupenda y creíble en el papel de ayudante del ejecutivo Butler. Y acompañan con gran talento actores y actrices como John Kresinski, muy bien como rival de Damon; Rosemarie DeWitt, bonita y estupendo trabajo; Hall Holbrook, clásico y casi nonagenario de bien hacer como líder de los habitantes del pueblo. Y además, Lucas Black, Titus Welliver, Tim Guinee, Scoot McNairy, Terry Kinney, Johnny Cicco, Rosemary Howard, Sara Linsey, Lennon Wynn, John W. Iwanonkiw, Lexi Howard, Kristin Slaysman, Joe Coyle, Jenniferd Obed y Carla Bianco.

La fotografía buena de Linus Sandgren, la cámara bien colocada; y una acertada banda sonora de Danny Elfman, esta vez sin tanto protagonismo como en otras ocasiones.

Entre 2012 y 2013 obtuvo, entre premios y nominaciones: National Board of Review (NBR): 10 mejores películas del año. Festival de Berlín: Mención especial (ex-aequo con Layla Fourie de Pia Marais).

Es una historia sobre las preocupaciones medioambientales “versus” el dinero, la ambición, pero a la vez y curiosamente, la prosperidad de una localidad rural norteamericana abandonada de la mano del Dios o del Gobierno, si se prefiere. Pero no parece que el director y guionistas se decanten por alguna de esas opciones éticas: cuidar el ambiente o llenar el bolsillo. Más bien dejan la opción abierta y un tanto confusa para que cada cual elija. Así, resulta ser un drama silenciosamente absorbente, con un final dubitativo, si bien tiene su mensaje, obvio.

O sea, que la película tiene sus buenas intenciones y su menaje positivo y narrado con solvencia, que a veces quiere rozar un poquito a Costa Gavras, pues como escribe Boyero: Describe la catarsis de un hombre desgarrado entre lo que le dicta su conciencia y su sórdido deber profesional, alguien que debe ocultar en nombre del gran negocio los peligros para el ecosistema que acompañan a esas perforaciones del suelo, que debe convencer con engaños y manipulación para que vendan sus raíces a gente que está asfixiada económicamente, sin capacidad para negociar con los poderosos. Aunque al final el buen señor se recicla, se arrepiente y entonces la cosa se aproxima a las fábulas, al modo del cine de Frank Capra e incluso de John Eliot Sturges, con el beneficio de los buenos sentimientos y el “buen americano”.

Es, sí, una película original con sus innegables méritos. Lástima que el guión meta la pifia de incorporar el personaje del ecologista (Krasinski), que como dice Sánchez: encarna, él solito, un fastidioso «deus ex machina» que está a punto de derribar la civilizada humildad del resto del filme. Mas tiene su idea impulsora y motriz, consistente en: colocar al mundo viejo (y genuino) delante del mundo nuevo (y manchado de dólares) que prometen unos ejecutivos desde la comodidad de sus despachos (Martínez).

En resolución: es un filme recomendable que se instalará en el terreno del «thriller» de denuncia de corte progresista. Recomendable sobre todo para vigorizar el idealismo y los valores de una juventud un tanto neutra como la que tenemos ahora, pero sin demasiado entusiasmo en lo que a mí toca. Y es que la película queda sobrecargada en su final con un desenlace tópico de cuentecillo de hadas y poco convincente; que resbala en el escurridizo pantano de la verosimilitud. Tiene de bueno la denuncia y el debate sobre el fracking o los inconvenientes para el ecosistema de las perforaciones a gran profundidad, rompiendo la roca, para obtener gas natural, petróleo o lo que sea. En ese sentido, sirve para concienciar a la sociedad e incluso para forzar llevar hasta los tribunales a las grandes corporaciones y destapar sus mortíferas tácticas para enriquecerse. En nuestro país se está planteando este problema a nivel político y de intereses, en Canarias, Cantabria y otros lugares. En este aspecto, la película tiene don de la oportunidad.

Ver tráiler aquí: https://www.youtube.com/watch?v=paEOR0TWbSI.

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