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Conspiración de silencio

Por Enrique Fernández Lópiz

Finalizada la II Guerra Mundial, en 1945, John MacReedy (Spencer Tracy), un hombre mayor con un solo brazo, llega al pueblo de Black Rock en busca Joe Komaco, un japonés granjero que en transcurso de la guerra había salvado la vida de su hijo. El pueblo es un lugar desolado y desértico con unos vecinos que manifiestan un comportamiento chocantemente sorpresivo, hostil e incívico. Cuando MacReedy se interesa por Komaco se produce un silencio en el conjunto de los parroquianos y el asunto queda sin respuesta. Se ve a todas luces que su comportamiento huraño y violento oculta alguna verdad inconfesable sobre el valeroso japonés. Este extremo despierta la curiosidad de MacReedy que a toda costa y antes de marcharse del lugar, quiere averiguar el enigma que se esconde en Black Rock.

Hablaba no hace mucho en estas páginas de John Sturges (1910-1992) a propósito de Los siete magníficos, película de este importante director, un director que ya ha pasado a la historia del cine por filmes como La gran evasión, 1963, El último tren de Gun Hill, 1959, El viejo y el mar, 1958, Duelo de titanes, 1957; y antes de la película que hoy comentamos por Astucia de mujer, 1953, El caso O´Hara, 1951 o El magnífico yanqui, 1950 –considerada su mejor comedia- o La captura, 1950. Estamos hablando de un realizador importante que en esta película demuestra de nuevo su buen hacer, dotando a la historia de una tensión y ambiente denso que hace presagiar una tragedia que finalmente se desencadena en el transcurso de la cinta. Sturges, junto con Tracy y el excelente guionista Millard Kaufman fueron nominados ese año al Oscar por esta película, siendo que en el mismo 1955, Kaufman ya había rodado dos filmes más: La sirena de las aguas verdes y Duelo de espías. Es, así, no sólo un gran director sino un director prolífico, al menos en aquellos entonces. En Conspiración de silencio destaca, como hemos apuntado, el cuidado guión de Kaufman (con la colaboración de Howard Breslin y Don MacGuire) basado en un relato corto de Howard Breslin: Bad Day at Hondo, que cruza las vidas de los personajes del pueblo: individuos salvajes y beodos, todos contra un forastero que viene a perturbar su miserable vida de alcohol y violencia, donde está el malvado que manda y los pobres acólitos que obedecen para preservar el statu quo del podrido pueblo que mal habitan.

Como quiera que el protagonista busque a un ciudadano de origen japonés, la historia muestra a las claras las actitudes racistas y xenófobas del colectivo, y cómo estas actitudes provocan en el pueblo un encadenamiento de tragedias personales y colectivas, ilícitas y de todo punto de vista punible. La irracionalidad de los prejuicios y el fanatismo que conllevan adolecen de justificación y no hacen sino alimentar el rencor y engendrar odio, inseguridad e intranquilidad. El jefe del grupo de canallas, Reno Smith (Robert Ryan), ha creado un clima de sometimiento y despotismo que a toda costa quiere acabar con McReedy por entrometido. La llegada de McReedy ha hecho tambalearse los cimientos de la frágil organización de dominación que Reno Smith impone por vía de la amenaza y el miedo; aunque hay que recordar el papel de Walter Brennan, magnífico como defensor de MacReady.

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La historia dibuja magistralmente un personaje, el del forastero, de una gran lucidez y honestidad, a la par que valiente y aguerrido que es capaz de enfrentarse a la debilidad moral del resto de personajes. Así, hay memorables escenas en las que Tracy lucha con gran fuerza venciéndolo, contra el salvaje matón Coley Trimble (Ernest Borgnine); el implacable hostigamiento del jeep que conduce MacReedy por parte de Coley; y la denuncia de la impotencia de Reno al haber confiado en cómplices en los que anida la traición. La excelente música de André Previn y la gran fotografía de William C. Mellor arropan todo el entramado dándole cuerpo y entidad.

En cuanto al reparto poco hay que decir con un elenco tan selecto donde destaca por encima de todos la maestría de Spencer Tracy que borda el papel de hombre maduro, valiente y honesto, contra los malvados llevados a la pantalla con excelencia; así, Robert Ryan, Lee Marvin, Ernest Boorgnine, Dean Jagger, o John Ericson, así como la pizpireta Anne Francis o el meritorio Walter Brennan. Sturges sigue paso a paso el tremendo descubrimiento de MacReedy y el acoso a que se ve sometido, y lo hace con un ritmo pausado y poco a poco, lo que mantiene la atención del espectador hasta el final y lo absorbe en la trama, un clima opresivo que va in crescendo en un ascenso que no cesa hasta el clímax final.

En resolución, es una película cuyo visionado se agradece por su calidad, por su carga emocional de profundidad, por su sentido trágico y sus notables aspectos técnicos, y por ser una gran obra negra con tintes de western, de lo que resulta una sustanciosa obra llena de suspense, odio y violencia.

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