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Como la vida misma

Por Jorge Valle

¿Quién no ha soñado alguna vez con su alma gemela? Una persona con la que compartir inquietudes, pensamientos, preocupaciones… alguien a quien mirar a la cara como si se tratase de un espejo que reflejara nuestro propio interior, alguien que entre de repente en nuestra vida y desordene todos nuestros esquemas, para luego volver a recomponer los pedazos de nuestra alma, ya perdidamente enamorada, en un sentido que solo cobre sentido cuando esa persona está a nuestro lado. Hace 18 años el director Richard Linklater retrató de forma magistral ese carácter mágico del amor en la terriblemente romántica Antes del amanecer (1995), en la que unos jovencísimos Ethan Hawke y Julie Delpy daban vida a Jesse y Céline, un turista americano y una estudiante francesa, respectivamente, que coinciden por casualidad en un tren con destino París. Él, cautivado por la belleza de la joven, logra convencerla para bajarse en Viena y disfrutar de una noche en la capital austriaca, que a partir de entonces se convertirá en testigo de un romance que ya forma parte de la historia del cine por la sutileza, la simplicidad y la naturalidad con la que están narradas las emociones de esta pareja. Y ante la duda de cómo sería su vida su hubieran podido pasarla juntos, empiezan a imaginar todo tipo de situaciones y circunstancias que tendrían que superar si formaran parte de la vida del otro, mientras reflexionan sobre el paso de los años, la muerte o el amor. Pero el tiempo, que constituye a lo largo de toda la trilogía el mayor enemigo de esta pareja –y por extensión, de todas las demás- les tenía jugada una mala pasada: al amanecer del día siguiente deberían regresar cada uno a su casa, poniendo fin a su breve pero intenso idilio. No volverían a verse –o quizás sí- pero habían conectado y establecido un vínculo irrompible. Habían encontrado a su alma gemela.

Mas el azar, el mismo que les sentó juntos en ese tren y les separó horas después, les volvería a unir nueve años después en Antes del atardecer (2004). En esta segunda parte de la trilogía, Linklater traslada a los protagonistas a París, donde ella vive desde hace tiempo y él ha ido a promocionar su primera novela. Ha pasado casi una década desde su primer y único encuentro, pero parece que nada ha cambiado entre ellos. Mientras recorren las calles de la capital francesa, hablan y hablan hasta darse cuenta de que los sentimientos que nacieron esa noche y que enterraron justo en el momento de separarse siguen intactos. Jesse y Céline parecen empaparse de la magia y el romanticismo que siempre ha desprendido la ciudad parisina. En esta ocasión, los actores protagonistas participaron activamente en la construcción de la historia y de los magníficos diálogos que vertebran la cinta. Algo que se nota en la total sincronía que alcanzan ambos con sus respectivos personajes y también en la complicidad que han conseguido entre ellos. Hay una escena en Antes del amanecer en la que Jesse y Céline entran en una tienda de vinilos y escuchan la canción Come here. El juego de miradas, sonrisas y gestos permite al espectador, que no oye nada más que la voz de Kath Bloom, comprender todo el entramado de emociones y pensamientos que está recorriendo las mentes de ambos, que parecen conectadas. Aunque quizás lo están realmente, pues el grado de complicidad que alcanzan es increíble. Y es precisamente esa capacidad de expresar tanto sin decir nada lo que hace de esta trilogía un exquisito manjar para el paladar, a veces demasiado exigente, de las personas que amamos el cine y su capacidad de emocionarnos con tan solo un mínimo gesto, de identificarnos con las historias y los personajes que aparecen en pantalla, pues muchas veces son y sienten como nosotros. Y es que todos somos Jesse y Céline; su historia, trágica y triste a ratos, romántica y llena de vida en otros, es la historia de todos. Por eso creer en su éxito es creer en el nuestro.

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Esta magia del amor que recorre las dos primeras entregas da paso a una realidad más dura y compleja en Antes del anochecer (2013). Los sentimientos de ambos han madurado, son más reales, profundos y complejos, lo que hace que esta tercera parte sea también más compleja y difícil de narrar. El encanto de la pareja se mantiene, pero Linklater va más allá en su particular exploración del amor, que aquí está desprovisto de su atractivo (casi) idealizado. Nueve años después de su encuentro en París, Jesse y Céline están casados y disfrutan de unas relajantes vacaciones en Grecia junto a sus dos hijas. Han llegado a la edad adulta y el tiempo, que no perdona, ha erosionado poco a poco, física y psicológicamente, su relación. Ambos tienen que salvar esos obstáculos que se imaginaron aquella mágica noche en Viena y tomar decisiones que determinarán el rumbo de sus vidas. Y con las decisiones llegan las dudas y los errores, pendientes de explotar justo en el momento más agridulce. La tendencia a culpar a los demás, y en especial a la persona que más cerca tenemos, de nuestras equivocaciones, ante el sufrimiento que conlleva reconocerlas como propias, desgasta progresivamente la longeva relación, que ya no es un cuento de hadas, sino que está repleto de altibajos emocionales y pequeñas disputas personales. Hay una escena en la que Delpy y Hawke, sentados en una terraza frente al mar, contemplan el sol esconderse tras la línea del horizonte, mientras se preguntan si su amor está también al borde del ocaso. Sabemos que nada aguanta impasible el tiempo, que las llamas del amor pueden devenirse en cenizas, pero esa maduración de la pasión y el afecto tampoco tiene que por qué ser un tormento. Linklater localiza esta tercera entrega en el idílico paisaje griego, metáfora ineludible del amor: lo que en su día fue esplendoroso hoy se torna en ruinas que todavía siguen atrayendo turistas y acaparando fotografías, es decir, este amor adulto y ruinoso que todavía se prodigan Jesse y Céline no debe ser entendido como algo decadente, sino como una etapa más –eso sí, mucho más gris- en el largo y empedrado camino de la vida.

Por su realismo y naturalidad, por su simplicidad y por su belleza, este estudio de Richard Linklater sobre el amor y las relaciones de pareja ha cautivado a un espectador que conoce a fondo a los personajes, pues ha crecido y madurado al mismo tiempo que ellos. De nuevo, la asombrosa capacidad del cine para plasmar la vida y hacernos sentir mejores. Los largos planos secuencia que utiliza el director potencian aun más la naturalidad de la puesta en escena, haciendo que la cámara se vuelva invisible, como si nosotros también estuviésemos caminando junto a Jesse y Céline. Ethan Hawke y Julie Delpy se han fusionado con sus personajes, de manera que los diálogos, que vuelven a ser el principal apoyo de la película, derrochan ingenio, agilidad, inteligencia y química. Antes del anochecer supone la culminación de un estilo, de una manera de entender el cine y, por qué no también, la vida. Puede que sea la entrega más agridulce de la trilogía, pero también la más humana. Los personajes observan, hablan, caminan, se escuchan, discuten, ríen… mientras siguen creciendo como personas y como amantes. Todo es tan real que asusta y fascina a partes iguales. Y este tríptico apasionante, desarrollado a lo largo de 18 años, se cierra con un final tan nostálgico como esperanzador, tan imperfecto como inmejorable. Como la vida misma.

Comentarios

  1. Toni Ruiz

    Enhorabuena por tu estupendo análisis de esta trilogía. Cuando comentaste mi artículo sobre ‘Antes del anochecer’ ya intuí que eras un enamorado de estas tres enormes películas. Me alegra haberlo corroborado.

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